Convocatoria abierta

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Número 13: "Las huellas de lo efímero"

Fecha límite de recepción de artículos: 7 de junio de 2019
Publicación del número: diciembre de 2019

Texto de la convocatoria:

«La Modernidad significa lo efímero, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte en que la otra mitad es lo eterno y lo inmutable».

Charles Baudelaire

“La modernidad”, en El pintor de la vida moderna (1863)

En su presentación de la modernidad, Baudelaire concibe la belleza imperecedera asociada a los monumentos en paralelo a la belleza efímera de la ciudad de la era industrial. A pesar del tiempo transcurrido, y aunque la arquitectura efímera siempre ha acompañado a la duradera y ‘permanente’, lo cierto es que en la historiografía arquitectónica y urbanística convencional todavía no se presta una atención suficiente a la primera, relegándola a una posición menor.

Sin embargo, tanto en el campo de la arquitectura como en el del urbanismo o de los estudios culturales, se están desarrollando importantes investigaciones sobre la naturaleza, el papel y las trazas de lo efímero. Obviamente, no nos referimos tan sólo a las huellas ‘físicas’ de las construcciones temporales sino también a los legados intangibles que permanecen en el paisaje cultural y en el imaginario de nuestra sociedad, nuestra arquitectura y nuestras ciudades.

Una de las aspiraciones tradicionales de la arquitectura y el urbanismo es la de la intemporalidad, la permanencia, la obsesión por la eternidad (Aaron Betsky). Pero también es cierto que la buena arquitectura, tanto la culta como la popular, es aquella que ha sabido adaptarse a su tiempo, comprender lo que en alemán se define como Zeitgeist, el ‘espíritu del tiempo’. Las arquitecturas efímeras siempre han sido un reflejo de su contexto histórico: desde la Antigüedad, pasando por el Barroco o la Modernidad, hasta la actualidad. Se ha escrito mucho sobre la arquitectura ‘ocasional’ asociada a celebraciones públicas, actos religiosos, escenografías políticas o cinematográficas, festivales, mercados temporales, viviendas nómadas, arquitectura de emergencia en el contexto de las catástrofes naturales o los conflictos bélicos, etc. Pero el campo de lo efímero va más allá, sobre todo cuando se asiste a la proliferación de las arquitecturas provisionales, desde las asociadas a los grandes eventos de la era de la modernidad -como los Juegos Olímpicos, las Exposiciones Internacionales o los campeonatos de fútbol- hasta las que tienen que ver con las capitales culturales (John Gold). Por otro lado, muchas de esas arquitecturas pueden convertirse en permanentes, aunque a veces no es fácil distinguir entre las que fueron proyectadas como contenedores efímeros y las concebidas con voluntad de permanencia. En cierto modo, la diferencia entre estructuras temporales y permanentes es, cada vez más, sólo una cuestión de tiempo (Robert Kronenburg). Por todo ello, parece razonable preguntarse por la naturaleza y calidad de lo efímero en la historia, en la actualidad y, por qué no, en el futuro de nuestras ciudades.

Es un lugar común oponer la arquitectura de la ‘ciudad ordinaria’ (duradera) a la de la ‘ciudad extraordinaria’ (efímera) que se manifiesta con los grandes o pequeños eventos. Pero también se puede argumentar que precisamente es lo que ocurre en esa ciudad de los momentos excepcionales lo que hace que la vida urbana sea vital (Schuster). Celebraciones o eventos de todo tipo permiten experimentar otras formas de arquitectura y urbanismo que, a menudo, se convierten en paradigmas de cada momento histórico y cultural, como es el caso de los Serpentine Pavilions en Londres.

Algunas de las mejores muestras de arquitectura y urbanismo han ido asociadas a eventos temporales. Los Juegos Olímpicos y las Exposiciones Internacionales son seguramente los más conocidos. No son pocos los pabellones de exposición que se han convertido en piezas clave de la historia de la arquitectura, como el Pabellón de Cristal de Bruno Taut en Colonia (1914), el de L’Esprit Nouveau de Le Corbusier en París (1925) o el de Alemania en Barcelona de Mies van der Rohe (1929), pasando por el Patio & Pavilion de Alison y Peter Smithson (1956), el Pabellón Philips de Le Corbusier en Bruselas (1958) o el Pabellón de España en Nueva York de Javier Carvajal (1964), hasta llegar a los más recientes, como el de Portugal en Lisboa de Álvaro Siza (1998), el de Suiza en Hannover de Peter Zumthor (2000) o el Blur Building en Neuchâtel de Diller & Scofidio (2002), por citar sólo algunos.

Los pabellones de exposición poseen unas características muy singulares que les permiten tornar su aparente fragilidad en fortaleza. Su carácter efímero, su gran libertad programática y su origen en concursos de arquitectura son oportunidades que favorecen su entendimiento como verdaderos laboratorios arquitectónicos y urbanos. Por otro lado, muchos de esos eventos responden a estrategias para impulsar y catalizar operaciones de gran calado en las ciudades que los acogen. El impacto de los proyectos vinculados a eventos olímpicos y exposiciones internacionales está demostrado. No se entienden las transformaciones urbanas de París sin tener en cuenta el impacto de sus sucesivas exposiciones, así como el que tuvieron en la consolidación de los focos culturales de Londres, la apertura al mar de Barcelona del 92 o las mutaciones asociadas a la Exposición de Sevilla ese mismo año, en Lisboa 1998 o en Zaragoza 2008 (Expo Cities - Urban Change BIE 2018). Las estrategias de ordenación de las piezas urbanas constituidas por los conjuntos expositivos y los equipamientos deportivos y culturales corresponden a visiones y paradigmas de la cultura urbanística internacional del momento. Y no sólo como ‘reflejo’ o traducción mecánica de los principios de cada periodo histórico, sino como avances o ‘forerunners’ de lo que viene después (Stephen Ward). Si bien es cierto que también se asiste a la proliferación de lo que Daniel Boorstin llama los ‘pesudoeventos’, creados y estructurados por los medios de comunicación frente a los eventos ‘espontáneos’, ‘festival markets’, etc. Se trata de propuestas ‘menos auténticas’ que tienen que ver con las estrategias de competición entre ciudades asociadas a la globalización (David Harvey).

Decía Alejandro de la Sota que el legado de la arquitectura moderna no es tanto el de las huellas físicas como el de las ideas, una afirmación que, con toda seguridad, es extensible más allá de los límites de la modernidad. El presente número de la revista ZARCH, que lleva por título “Las huellas de lo efímero”, pretende recoger esas huellas cristalizadas en ideas, reivindicando su capacidad para traspasar la realidad física del hecho arquitectónico o urbanístico y trascender el tiempo, trasladándonos más allá de la inmediatez de su existencia y alcanzando la inmortalidad entre generaciones venideras.

Múltiples cuestiones se prestan a la reflexión y pueden tener cabida en este número 13 de ZARCH. Todas ellas deberían favorecer un debate más amplio para entender el valor y potencial de lo efímero, así como la naturaleza de los eventos temporales y su capacidad para producir cambios relevantes y duraderos en la arquitectura y las formas urbanas de nuestras ciudades.

Javier Monclús, Enrique Jerez

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