Convocatorias anteriores

 

Número 9: "Arquitectura, mirada y cultura visual"

(Publicación prevista diciembre de 2017)

Texto de la convocatoria:

En el libro La percepción del mundo visual, redactado por James J. Gibson por encargo de las Fuerzas Aéreas estadounidenses al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el autor hace una distinción entre lo que denomina el mundo visual y el campo visual. El primero se corresponde con la manera habitual de mirar, omniabarcante y dinámica desde el punto de vista espacial y físico, mientras que el campo visual es estático y restrictivo espacialmente. El mundo visual es la realidad tridimensional que contemplamos mientras que el campo visual es una apariencia bidimensional de esa realidad, la interpretación óptica de nuestros ojos. Surge así una polarización entre lo que las cosas son y lo que nosotros vemos e interpretamos visualmente de ellas, entre lo descriptivo y lo interpretativo. Como mecanismo de registro visual, la fotografía refiere a la realidad —“lo que nos rodea y resiste” según la conocida definición de María Zambrano— y combina una naturaleza documental propia de los signos naturales —lo que Roland Barthes denomina conciencia ‘espectatorial’ que la distingue de la conciencia ‘ficcional’ de la pintura y otras formas de expresión— con un lenguaje abierto a la connotación e interpretación de esa realidad. El lenguaje visual, fotográfico o no, articula la representación de lo que vemos con la percepción más o menos subjetiva que de ella se deriva. El lenguaje visual, como canal sensitivo, debería por tanto dar cabida a la emoción y a la apreciación artística. El arte, escribía Paul Klee ya en 1920, “no reproduce sino que hace o construye lo visible”.

En el ámbito de la arquitectura y el espacio urbano, la imagen fotográfica es en primer lugar el instrumento informativo, documental y analítico por excelencia y ha servido —desde su nacimiento en el siglo XIX pero especialmente con el advenimiento moderno— para articular ineludiblemente su naturaleza, su devenir disciplinar y su propia historiografía. Pero, con la consagración postmoderna de la cultura visual de masas —el contemporáneo y veloz sometimiento de lo retiniano— se le ha conferido seguramente un poder sobrevalorado que ha puesto en sordina otras fuentes de conocimiento y de comprensión espacial. La “lluvia ininterrumpida de imágenes”, en palabras de Italo Calvino, ha tenido como consecuencia la ruptura entre imagen y realidad —agravada por el apremio de lo virtual— y ha pervertido este discernimiento cognitivo haciendo que vislumbremos en primer lugar la apariencia epidérmica de las cosas y no tanto su esencia e identidad. Si mirar no es únicamente describir sino percibir y por tanto expresar, este opresivo imperio de lo visual demanda urgentemente la reelaboración crítica de unos principios operativos que le doten de credibilidad. La vulgarización de lo visual demanda así un esfuerzo pedagógico que persiga la aprobación de un lenguaje visual coherente, riguroso y sensible.

Mirar por tanto no es una acción inocua. “No hay ojo inocente”, sentenciaba Ernest Gombrich. La mirada apreciativa favorece seguramente la construcción, reconstrucción más bien, de unos principios estéticos individuales y colectivos. La mirada —y la fotografía como mecanismo operativo de expresión visual— ha de recomponer así su valor heurístico que nos ayude a explorar disciplinarmente métodos no verbales de conocimiento. Ante un campo visual ofuscado e insensible debido a su saturación, la consiguiente agnosia visual demanda seguramente una pedagogía que recomponga los vectores del mundo visual y que explique desde una memoria cultivada las fértiles relaciones espaciales y objetuales del mundo físico. “Pensamos en imágenes antes que en ideas. Las ideas se destilan en imágenes. Las ideas son imágenes”, escribe Federico Soriano. Pero no siempre la imagen es el resultado de un acto de mirar consciente e intencionado. Dice también Soriano: “En realidad, mirar ya no es recordar, ni pensar. Las miradas son volubles, informales, inconsistentes. No tienen valor permanente. Ninguna es imprescindible. Son fugaces, intrascendentes”. Si ya en 1927 László Moholy-Nagy alertaba que el analfabeto del futuro no iba a ser “el inexperto en la escritura sino el desconocedor de la fotografía”, podríamos releer hoy esta premonición como un incentivo para la actividad educativa y académica. Nos interesa repensar la imagen como resultado del acto de mirar, y “lo fotográfico”, tal y como lo entiende Rosalind Krauss, como expresión de los procesos que configuran y decantan lo visual.

Parece pertinente por consiguiente abrir el espectro científico de la revista ZARCH a un debate que, si bien no nos resulta ya necesariamente novedoso, sí que sigue abierto a reflexiones de calado que respondan a su innegable dimensión interdisciplinar. La arquitectura, la ciudad, el paisaje… lo construido, en suma, se concibe y articula mediante la mirada pero no hemos desentrañado aún el papel que esta mirada ha desempeñado y desempeña así como sus influencias operativas. Se pretende por tanto conformar un número monográfico que aborde no necesariamente aspectos particulares y específicos relativos a la fotografía como disciplina auxiliar e instrumental en relación al espacio que habitamos sino aportaciones ambiciosas y novedosas vinculadas por ejemplo y no de forma excluyente a temas como los siguientes:

  • La mirada emocional: dimensión fenomenológica y espacial de las narrativas visuales en arquitectura
  • La mirada del paisaje urbano: redefinición del paisaje cultural como paisaje de cultura visual e (in)cultura de masas
  • La mirada como herramienta analítico-operativa y estrategia docente en la formación del arquitecto
  • La mirada híbrida: narrativa gráfica e interacciones visuales entre la cultura oficial y la cultura popular
  • La mirada proyectiva: hacer para ver, ver para construir
  • La mirada desenfocada: originalidad y convención del proyecto moderno
  • La mirada informada y la comunicación visual: crítica y divulgación de la arquitectura como imagen
  • La mirada técnica y la construcción gráfica y plástica de la visualización en y de la arquitectura
  • La mirada historiográfica: la construcción histórico-cultural a partir de imágenes y textos
  • La mirada patrimonial: definición y conservación del imaginario patrimonial contemporáneo
  • La mirada evocadora: el espacio construido como escenario visual para las prácticas artísticas y sociales
  • La mirada tipológica y estructuralista: instrumentalización funcional y cosificación iconográfica de la arquitectura
  • La mirada privada de lo doméstico asomada a la vida colectiva de lo urbano: de la cámara oscura a la ventana indiscreta
  • La mirada como gramática visual: signos y códigos de la definición espacial
  • La mirada ética: verdad, ficción y simulacros de la (hiper)realidad construida y virtual
  • La mirada encapsulada: tiempo, memoria, archivo e historia del imaginario arquitectónico
  • La mirada interior y silenciosa: el vacío espacial y la arreferencialidad crítica
  • La mirada gestual: plásticas formales del imaginario arquitectónico

Seguramente, asumida la relevancia de la mirada en términos generales y desde múltiples perspectivas, así como sus discontinuidades y contradicciones, podemos entender también una actitud más recelosa y crítica, como apunta Martínez Santa-María, que merece la pena considerar finalmente: “en el transcurso de la formación de la mirada será necesario entonces aprender a no mirar, negarse a ver, desestimar lo corriente”.

Iñaki Bergera

 

Número 8: "Ciudades y formas urbanas"

(Publicado septiembre de 2017)

Texto de la convocatoria:

La reflexión sobre las formas urbanas cuenta ya con una dilatada tradición y ha dado lugar a contribuciones esenciales por parte de diversas disciplinas. Resultan destacables las aproximaciones más consolidadas en los países anglosajones, que podrían identificarse con el Urban Morphology Group fundado por el geógrafo urbanista Conzen y sus colaboradores británicos, y las líneas desarrolladas en el sur de Europa, donde el protagonismo recayó en los análisis de la arquitectura urbana, especialmente en cascos históricos de las ciudades italianas, impulsados por Saverio Muratori, Gianfranco Ganiggia, Aldo Rossi o Carlo Aymonino.

Este amplio bagaje metodológico, que se ha consolidado como herramienta útil para analizar, comprender y proyectar las ciudades, no ha perdido vigencia, y se ha fortalecido con iniciativas como la del Internacional Seminar on Urban Form. En el Congreso organizado por la recién constituida rama hispánica de esta organización (ISUF-H), pronunciaba Fernando de Terán una conferencia inaugural centrada en la cuestión de la forma urbana. Ante las tendencias de numerosas disciplinas que admiran y ensalzan la pérdida de forma, la apuesta por geometrías fluidas y cambiantes, y en un contexto en el que la amorfosis puede identificarse como la forma natural de las últimas fases del capitalismo financiero global que nos impera, se preguntaba de Terán “¿a quién le interesa la forma urbana con la que está cayendo?”. Y planteaba finalmente el autor que la defensa de la organización espacial sigue siendo un reto prioritario en el trabajo y estudio de la ciudad, ese entorno en el que todas las sociedades a lo largo de la historia hemos tendido a organizar con cierta regularidad.

El discurso morfológico ha superado sin duda el ensimismamiento en el mero análisis de determinados tipos edificatorios. De hecho, ya en 1961, en La Ciudad en la Historia, Lewis Mumford exponía que la elección entre los bloques de apartamentos de gran altura para las áreas centrales de las ciudades o viviendas unifamiliares en las comunidades periféricas resultaba “un dilema gratuito y una falsa alternativa”. Y comparaba esta opción con la supuesta necesidad en aquellos años de los urbanistas de elegir entre ‘cinturones verdes’ o ‘cuñas verdes’, y exponía con claridad que lo importante era acabar con la extensión indiscrimada de la ciudad y abogar por conservar la matriz verde de la ciudad y la pauta ecológica ciudad-campo. Por ello, el análisis de la forma urbana nos debe preocupar en la medida en la que nos permita plantear estrategias transformativas, desde el planteamiento de continuidad con lo existente, y proponer una satisfactoria interrelación ciudad-agricultura-naturaleza.

En efecto, en el campo morfológico, María José Rodríguez Tarduchy y otros autores han identificado con claridad que en el desarrollismo el problema no era precisamente el bloque abierto sino, probablemente, “el planeamiento parcial que, en la forma en que hoy se concibe, ha fracasado en el control de la forma urbana”. Y en efecto, la desatención a estos aspectos ha desacreditado la construcción urbana, quizá por una incapacidad de formular procesos integrales de mayor complejidad.

Manuel de Solá-Morales (De cosas urbanas, 2008), y con él otros muchos autores, han puesto el acento en el estudio de la epidermis de las ciudades como medio para abordar sus estructuras más profundas. Ese interés no reside tanto en el estudio de los elementos o las ‘cosas urbanas’ en sí mismo, sino en el entendimiento de sus relaciones, en la identificación de las fuerzas y lógicas que son catalizadoras de las distintas formas de la ciudad. Y en estas claves generadoras de ciudad, la disciplina se ha enriquecido notablemente con miradas que introducen en el análisis global aspectos tan determinantes como el paisaje, el patrimonio cultural y, sobre todo, la dimensión ecológica de los hechos urbanos.

La convocatoria de este número 8 de la revista Zarch “Ciudades y formas urbanas” es una invitación a compartir trabajos e investigaciones que contemplan concepciones renovadas, exploraciones que plantean las relaciones entre análisis e intervención urbanística, y que, desde distintos enfoques y coordenadas, proponen nuevas formas de habitar los nuevos entornos y formas renovadas de re-habitar los espacios ya construidos. Propuestas, en definitiva, que nos reafirmen en el convencimiento de que podemos conseguir entornos urbanos vitales en un contexto de sostenibilidad planetaria.

Pablo de la Cal Nicolás

 

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