Convocatorias anteriores

 

Número 13: "las huellas de lo efímero"

(Publicacion prevista diciembre de 2019)

Texto de la convocatoria:

«La Modernidad significa lo efímero, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte en que la otra mitad es lo eterno y lo inmutable».

Charles Baudelaire

“La modernidad”, en El pintor de la vida moderna (1863)

En su presentación de la modernidad, Baudelaire concibe la belleza imperecedera asociada a los monumentos en paralelo a la belleza efímera de la ciudad de la era industrial. A pesar del tiempo transcurrido, y aunque la arquitectura efímera siempre ha acompañado a la duradera y ‘permanente’, lo cierto es que en la historiografía arquitectónica y urbanística convencional todavía no se presta una atención suficiente a la primera, relegándola a una posición menor.

Sin embargo, tanto en el campo de la arquitectura como en el del urbanismo o de los estudios culturales, se están desarrollando importantes investigaciones sobre la naturaleza, el papel y las trazas de lo efímero. Obviamente, no nos referimos tan sólo a las huellas ‘físicas’ de las construcciones temporales sino también a los legados intangibles que permanecen en el paisaje cultural y en el imaginario de nuestra sociedad, nuestra arquitectura y nuestras ciudades.

Una de las aspiraciones tradicionales de la arquitectura y el urbanismo es la de la intemporalidad, la permanencia, la obsesión por la eternidad (Aaron Betsky). Pero también es cierto que la buena arquitectura, tanto la culta como la popular, es aquella que ha sabido adaptarse a su tiempo, comprender lo que en alemán se define como Zeitgeist, el ‘espíritu del tiempo’. Las arquitecturas efímeras siempre han sido un reflejo de su contexto histórico: desde la Antigüedad, pasando por el Barroco o la Modernidad, hasta la actualidad. Se ha escrito mucho sobre la arquitectura ‘ocasional’ asociada a celebraciones públicas, actos religiosos, escenografías políticas o cinematográficas, festivales, mercados temporales, viviendas nómadas, arquitectura de emergencia en el contexto de las catástrofes naturales o los conflictos bélicos, etc. Pero el campo de lo efímero va más allá, sobre todo cuando se asiste a la proliferación de las arquitecturas provisionales, desde las asociadas a los grandes eventos de la era de la modernidad -como los Juegos Olímpicos, las Exposiciones Internacionales o los campeonatos de fútbol- hasta las que tienen que ver con las capitales culturales (John Gold). Por otro lado, muchas de esas arquitecturas pueden convertirse en permanentes, aunque a veces no es fácil distinguir entre las que fueron proyectadas como contenedores efímeros y las concebidas con voluntad de permanencia. En cierto modo, la diferencia entre estructuras temporales y permanentes es, cada vez más, sólo una cuestión de tiempo (Robert Kronenburg). Por todo ello, parece razonable preguntarse por la naturaleza y calidad de lo efímero en la historia, en la actualidad y, por qué no, en el futuro de nuestras ciudades.

Es un lugar común oponer la arquitectura de la ‘ciudad ordinaria’ (duradera) a la de la ‘ciudad extraordinaria’ (efímera) que se manifiesta con los grandes o pequeños eventos. Pero también se puede argumentar que precisamente es lo que ocurre en esa ciudad de los momentos excepcionales lo que hace que la vida urbana sea vital (Schuster). Celebraciones o eventos de todo tipo permiten experimentar otras formas de arquitectura y urbanismo que, a menudo, se convierten en paradigmas de cada momento histórico y cultural, como es el caso de los Serpentine Pavilions en Londres.

Algunas de las mejores muestras de arquitectura y urbanismo han ido asociadas a eventos temporales. Los Juegos Olímpicos y las Exposiciones Internacionales son seguramente los más conocidos. No son pocos los pabellones de exposición que se han convertido en piezas clave de la historia de la arquitectura, como el Pabellón de Cristal de Bruno Taut en Colonia (1914), el de L’Esprit Nouveau de Le Corbusier en París (1925) o el de Alemania en Barcelona de Mies van der Rohe (1929), pasando por el Patio & Pavilion de Alison y Peter Smithson (1956), el Pabellón Philips de Le Corbusier en Bruselas (1958) o el Pabellón de España en Nueva York de Javier Carvajal (1964), hasta llegar a los más recientes, como el de Portugal en Lisboa de Álvaro Siza (1998), el de Suiza en Hannover de Peter Zumthor (2000) o el Blur Building en Neuchâtel de Diller & Scofidio (2002), por citar sólo algunos.

Los pabellones de exposición poseen unas características muy singulares que les permiten tornar su aparente fragilidad en fortaleza. Su carácter efímero, su gran libertad programática y su origen en concursos de arquitectura son oportunidades que favorecen su entendimiento como verdaderos laboratorios arquitectónicos y urbanos. Por otro lado, muchos de esos eventos responden a estrategias para impulsar y catalizar operaciones de gran calado en las ciudades que los acogen. El impacto de los proyectos vinculados a eventos olímpicos y exposiciones internacionales está demostrado. No se entienden las transformaciones urbanas de París sin tener en cuenta el impacto de sus sucesivas exposiciones, así como el que tuvieron en la consolidación de los focos culturales de Londres, la apertura al mar de Barcelona del 92 o las mutaciones asociadas a la Exposición de Sevilla ese mismo año, en Lisboa 1998 o en Zaragoza 2008 (Expo Cities - Urban Change BIE 2018). Las estrategias de ordenación de las piezas urbanas constituidas por los conjuntos expositivos y los equipamientos deportivos y culturales corresponden a visiones y paradigmas de la cultura urbanística internacional del momento. Y no sólo como ‘reflejo’ o traducción mecánica de los principios de cada periodo histórico, sino como avances o ‘forerunners’ de lo que viene después (Stephen Ward). Si bien es cierto que también se asiste a la proliferación de lo que Daniel Boorstin llama los ‘pesudoeventos’, creados y estructurados por los medios de comunicación frente a los eventos ‘espontáneos’, ‘festival markets’, etc. Se trata de propuestas ‘menos auténticas’ que tienen que ver con las estrategias de competición entre ciudades asociadas a la globalización (David Harvey).

Decía Alejandro de la Sota que el legado de la arquitectura moderna no es tanto el de las huellas físicas como el de las ideas, una afirmación que, con toda seguridad, es extensible más allá de los límites de la modernidad. El presente número de la revista ZARCH, que lleva por título “Las huellas de lo efímero”, pretende recoger esas huellas cristalizadas en ideas, reivindicando su capacidad para traspasar la realidad física del hecho arquitectónico o urbanístico y trascender el tiempo, trasladándonos más allá de la inmediatez de su existencia y alcanzando la inmortalidad entre generaciones venideras.

Múltiples cuestiones se prestan a la reflexión y pueden tener cabida en este número 13 de ZARCH. Todas ellas deberían favorecer un debate más amplio para entender el valor y potencial de lo efímero, así como la naturaleza de los eventos temporales y su capacidad para producir cambios relevantes y duraderos en la arquitectura y las formas urbanas de nuestras ciudades.

Javier Monclús, Enrique Jerez

 

Número 12: "El aprendizaje de la arquitectura"

Publicado en junio de 2019

Texto de la convocatoria:

Desde un punto de vista general, los procesos de aprendizaje y enseñanza de la arquitectura no difieren respecto de otras profesiones y disciplinas. Como en cualquier dinámica pedagógica, el aprendizaje se produce básicamente en dos etapas: la percepción y la comprensión. Durante la primera captamos una determinada idea, fenómeno o realidad. La segunda engloba todos los mecanismos por los cuales no sólo captamos una cierta información, sino que la asimilamos, retenemos y somos capaces de aplicarla en nuevas circunstancias y bajo premisas diferentes; esto es, somos capaces de ser creativos. A su vez, la percepción puede producirse a través de experiencias o mediante conceptos abstractos –sentir versus pensar–; la comprensión, a través de una acción práctica o reflexionando sobre ello –actuar versus reflexionar–. Los contenidos curriculares de cualquiera de los Planes de Estudio que conducen al título de Arquitecto contemplan multitud de actividades formativas y metodologías docentes que responden precisamente a estos procedimientos, con independencia de la materia concreta.

No obstante, cabe preguntarse si enseñar y aprender son actividades equiparables. Quien enseña sigue un modelo sistemático de actuación, que se elabora anticipadamente para dirigir y encauzar el aprendizaje de conocimientos y habilidades. Sin embargo, quien aprende lo hace tanto de manera explícita como tácita. Aprende del qué –contenidos– pero también del cómo –actitudes–. Escoge, valora y relaciona de manera inesperada e incluso casual. En todo proceso de aprendizaje, por tanto, se conjugan lo estratégico con lo caprichoso, lo razonable con lo autobiográfico. En consecuencia, en las escuelas estas dos actividades, aprender y enseñar, deberían estar presentes y coexistir de manera que quien quiera enseñar aproveche el impulso y las ganas de quién quiere aprender y viceversa. Por eso, todas las asignaturas, pero especialmente los talleres de arquitectura y urbanismo, deberían ser espacios de cooperación. Deberían obedecer a una labor colectiva, en la cual el profesor orienta, resuelve dudas y abre horizontes. Pero son los y las estudiantes quienes llevan la iniciativa y proponen soluciones para someterse a discusión. Se persigue así un aprendizaje integrador, transversal y cooperativo, en el cual los y las estudiantes asumen un papel activo, tanto en la búsqueda de respuestas como en la producción de conocimientos.

De cualquier forma, no es óbice advertir que, en el campo concreto de la Arquitectura y el Urbanismo, su naturaleza multidisciplinar y las altas atribuciones profesionales –y responsabilidades penales– de los profesionales generalistas que la ejercen comportan una mayor complejidad de los entornos de aprendizaje. Como ha apuntado la profesora e historiadora norteamericana Joan Ockman, las escuelas de arquitectura están experimentando una gran transformación desde principios del siglo XXI. La globalización, la tecnología digital, el papel social y político de los arquitectos, la responsabilidad ambiental, y una economía educativa cada vez más impulsada por el mercado se encuentran entre las vigorosas fuerzas que transforman las escuelas. Las preguntas provocadas por la urbanización global, la inestabilidad económica y la creciente conciencia de la crisis ambiental han estimulado el replanteamiento de las metodologías de diseño y el potencial del trabajo multidisciplinar y colaborativo. Proyectos de investigación como Spatial Agency, de los profesores y arquitectos Jeremy Till y Tatjana Schneider, han puesto precisamente de manifiesto las múltiples y experimentales formas colectivas de practicar la profesión, actuales y pasadas, profesionales y/o académicas. Precisamente, tres de los conceptos más utilizados por los participantes del pabellón español de la Bienal de Venecia de 2018 –comisariado por Atxu Amann–, dedicado a los nuevos entornos de aprendizaje, son: experimental, social y colaborativo.

Es por todo ello que para la Unión Internacional de Arquitectos (UIA-UNESCO) la educación del arquitecto constituye uno de los mayores desafíos para el entorno construido y su equilibrio medioambiental, patrimonial y cultural. Las universidades y centros de formación tienen la responsabilidad de mejorar la formación teórica y práctica de los futuros profesionales para que les permita cumplir con las expectativas de las sociedades del siglo XXI. Por ello, los métodos de formación y aprendizaje deben ser variados, de modo que potencien la riqueza cultural y permitan flexibilizar los planes de estudio para responder a las demandas y requisitos de los clientes, los usuarios, la industria de la construcción y la profesión, manteniéndose alerta sobre las motivaciones políticas y financieras que originan estos cambios. Es por eso que conviene promover el debate, la reflexión y la investigación de estos asuntos entre los más variados entornos educativos, tanto los académicos como los profesionales, tanto los disciplinares como aquellos que se sitúan en la periferia de la formación.

En este contexto, se trata de proveer a los estudiantes de los conocimientos, instrumentos y habilidades necesarias para ejercer la profesión, en sus múltiples y variadas derivadas, más allá del arquitecto proyectista o constructor. Se trata también de encontrar una didáctica que explicite y acote los problemas y potencialidades arquitectónicas y urbanas. Se persigue de este modo un ejercicio de la profesión capaz de referirse a sus raíces disciplinares y formas propias; pero también con capacidad para transformar la sociedad y mejorar colectivamente nuestro entorno habitado. De este modo, es necesario conjugar las múltiples disciplinas artísticas y científicas que confluyen en la ideación y construcción del medio físico, en todas sus escalas: desde el territorio y el paisaje, hasta las ciudades, los edificios y todos los elementos que configuran el espacio íntimo de nuestros hogares.

El presente número de la revista ZARCH pretende ahondar en estas y otras reflexiones sobre la pedagogía de la arquitectura, aprovechando la celebración de las sextas Jornadas de Innovación Docente JIDA en la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Zaragoza, en un momento en el cual se cumplen 10 años de la instauración de los estudios de Arquitectura. Al mismo tiempo, se cumplen 50 años del “mayo del 68”, motor de los importantes cambios en las estructuras universitarias de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Con motivo de ambas efemérides, las jornadas JIDA abordan la docencia en los centros emergentes españoles, y a ello se suma este monográfico desde una óptica más global de la educación del arquitecto. Se pretenden reunir investigaciones que indaguen en el cambiante rol del arquitecto y sus implicaciones docentes. Que se planteen la relevancia y la presencia que tienen aún hoy día las grandes tradiciones docentes que emergieron de la dicotomía Beaux-Arts – Bauhaus, y que encontraron en las prácticas radicales y activistas de la década de 1960 su máxima contraposición, como en los últimos años ha mostrado el proyecto Radical Pedagogies, de Beatriz Colomina. Y, finalmente, que incluyan en estas y otras cuestiones el rol actual de profesores y estudiantes, y las dinámicas dentro y fuera del aula en la didáctica de la arquitectura.

Con todo ello se desean aportar nuevos puntos de vista a cuestiones que tienen que ver tanto con el futuro próximo de la profesión, como con la manera en la cual se formarán –y autoformarán– los futuros arquitectos. Como ha apuntado el profesor y antiguo decano de Columbia (GSAPP) Mark Wigley: “una buena escuela fomenta una forma de pensar que se basa en todo lo que se conoce para saltar con energía hacia lo desconocido”. En un mismo sentido se ha pronunciado Josep Quetglas, al afirmar que: “la enseñanza debe ser inactual: enseñando una profesión tal como ya no se ejerce, y enseñándola tal como aún no se ejerce. Ese es el precio para conseguir que los profesionales así formados sean capaces de adecuarse y definir su papel frente a cualquier circunstancia, por cambiante e inesperada que sea”. La enseñanza, por tanto, debe ser extemporánea y vanguardista al mismo tiempo. No debe adiestrar, sino formar. No persigue informar, sino ampliar el conocimiento y preparar intelectual, moral y profesionalmente. El mercado exige rentabilidad inmediata, aplicabilidad y eficacia; la docencia, paciencia, y grandes dosis de utopía para, desde ellas, tratar de responder a esas exigencias.

Berta Bardí i Milà, Daniel García-Escudero, Carlos Labarta

 

Número 11: "Anatomías arquitectónicas primitivas"

Publicado en diciembre de 2018

Texto de la convocatoria:

El 29 de enero de 1927 Walter Benjamin andaba perdido por la calle Shabolovka de Moscú buscando a su amada Asha. En la búsqueda se topó con la torre de una nueva estación de radio. Anotó en su Diario de Moscú el descubrimiento, que describió como una estructura muy distinta a las que ya conocía. Aquella anatomía de barras metálicas que se hilaba en el cielo de la capital rusa era la torre del ingeniero Vladímir Shúkov.

En éste nuestro tiempo, de arquitecturas resueltas con pieles y envoltorios nos proponemos volver a descubrir aquellas arquitecturas de visible anatomía. Anatomías que ambicionan dar origen a un lugar. Estructuras arquitectónicas que recuperan el concepto hegeliano de una anatomía primitiva. Un primitivismo que apela a lo más básico y esencial, que hace de la estructura la revelación del espacio que lo habita. Una estructura que aspira a un orden que da origen a su ocupación como lugar. Un orden que ha viajado desde una modernidad que jerarquiza los espacios, a una contemporaneidad que parece no aceptar tales jerarquías.

Ambicionamos para nuestro atlas de anatomías, estructuras que fueron construidas y las que quedaron en un dibujo. Nos interesa la anatomía de visibilidad radiográfica que Mies soñó para el primer rascacielos de Berlín y sus torres del 848 frente al lago de Chicago. La anatomía con la que Kahn quiso hacer bailar al viento en el centro de Filadelfia o la que alumbra el museo de Kimbell. La mesa sobre la que Ishigami duerme o la constelación de pilares blancos que dibujan la habitación de un laboratorio universitario. Anhelamos estructuras cuya interioridad se manifiesta en la expresión de su ocupación y estructuras que se instalan como exoesqueletos en la exterioridad del propio lugar al que dan origen. Si Paxton hizo de una estructura alámbrica el lugar interior de un palacio de cristal, Foster dio forma al Gherkin gracias a una anatomía de malla diagonal en la misma ciudad de Londres. Pretendemos pues, saber de todas aquellas anatomías arquitectónicas que se han convertido en el alma visible de nuevos lugares que soñaron los arquitectos con desconocidos ingenieros, a los que ahora ya no queremos olvidar. Todos ellos convirtieron la novedad de la técnica en la anatomía primitiva de un nuevo mundo y a la estructura en verdadera arquitectura.

Tras el inesperado descubrimiento arquitectónico, el filósofo alemán volvió a encontrarse con su amada.

Javier Pérez Herreras, Eduardo Delgado Orusco

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