Conversación con Rafael Moneo

Rafael Moneo acaba de inaugurar una exposición en la sede de La Coruña de la Fundación Barrié que recoge una importante muestra de su trabajo como arquitecto desde 1962 hasta hoy. La selección documenta cincuenta años de ejercicio profesional ininterrumpido,  filtrados a través del hilo conductor de unos dibujos que revelan la impor tancia que para él ha tenido la representación de la arquitectura como herramienta de proyecto. Unos dibujos que también permiten leer, entre sus esmeradas líneas, cuáles han sido los temas por los que se ha decantado la cultura arquitectónica a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y cómo ésta ha ido evolucionando en manos de los arquitectos.

Ya en la Bienal de Venecia de 2012 Moneo participó aportando exclusivamente dibujos de algunas de sus obra realizadas en Madrid, quizá en un gesto deliberado, puede que buscando desviar la atención de lo que de espectacular puedan tener las imágenes en nuestra moderna sociedad del espectáculo, preconizada hace ya muchos años por Debord. Mirando retrospectivamente también su labor como profesor, me viene a la mente que a la Cátedra de Composición de la ETSAB había llegado con un curso impartido en 1976 junto a Juan Antonio Cortés titulado

“Comentarios sobre dibujos de 20 arquitectos actuales”, unas lecciones que pretendían reconstruir los mecanismos proyectuales de los arquitectos a los que estaban dedicadas siguiendo las pistas que daban los dibujos. Y en uno de sus textos de la última década, quizá menos conocido pero lúcido y revelador, Idear, representar, construir, propone un particular recorrido por la historia de la arquitectura a través del dibujo, desde la Puerta de los Leones de Micenas hasta el Museo de Tel Aviv de Preston Scott Cohen.

Rafael Moneo abre personalmente la puerta de su estudio, amable y enérgico. Antes aún de sentarnos, va a buscar uno de los libros azules recién recibidos que atesoran los dibujos expuestos en la Fundación Barrié. Comenzamos comentando uno de ellos, un desplegable que corresponde al concurso de remodelación del casco antiguo de Zaragoza, de 1969. Rafael Moneo pide que suban del archivo los planos originales del concurso, a falta de la planta publicada, que está en la exposición, y la mesa de reuniones queda inmediatamente cubierta por unos planos inmensos, dibujados unos a tinta sobre papel vegetal y otros a lápiz en papel de croquis, a los que, casi cincuenta años más tarde, tratamos con el respeto con el que se despliega un viejo pergamino.

CD. Muchas gracias, Rafael, por recibirme y enhorabuena por la reciente exposición de la Fundación Barrié, que hemos seguido estos días por la prensa. El catálogo es exquisito. Bueno, he dicho catálogo porque se ha publicado acompañando a la exposición, pero es mucho más que un catálogo convencional, es un libro muy valioso, editado con gran sensibilidad, con la sobriedad del artesano... Me ha gustado mucho el concepto: revisar su obra a través de estos dibujos tan elocuentes... y el desafío de renunciar a las fotografías atractivas, confiando el contenido a unos pocos textos y a los propios dibujos, me parece un acto de integridad.

Comentábamos hace un momento que ha incluido el proyecto de remodelación del centro histórico de Zaragoza. En aquellos años, hablar de ciertos criterios de actuación en los centros históricos, como el intento de que el casco quedara entroncado con el resto de la ciudad –en este caso concreto trabando con él una sucesión de espacios públicos como prolongación del Paseo de la Independencia– o el esponjamiento de algunos edificios de interés, representaba una toma de posición claramente “a la italiana”. ¿Qué recuerda de aquel proyecto?

RM. La verdad es que lo hicimos muy cuidadosamente. Si pensamos en la situación actual, nos damos cuenta de que las cosas se han terminado haciendo de manera completamente distinta a lo que nosotros proponíamos. Los dibujos del concurso mostraban una doble intención: por un lado, entender y asumir el significado del Coso como parte del anillo perimetral que rodea la ciudad y, por otro, conseguir que la trama viaria del casco antiguo se conectara con él. Para nosotros, el encuentro del Coso con el Paseo de la Independencia era un punto importante que resolvíamos de una manera un poco más compleja de lo que parece a simple vista. Hacíamos pasar el tráfico rodado del Paseo de la Independencia por debajo del Coso sin interrumpir  el tráfico en él, manteniendo a la cota del Paseo el movimiento de los peatones mediante una pasarela –muy de aquellos años– y creando dos plazas grandes a uno y otro lado del Coso separadas por un edificio bajo. El resultado es que se esponjaba el tejido de la ciudad en este entronque del Paseo de la Independencia con el casco antiguo y se evitaba que el eje del Paseo terminara bruscamente interrumpido  al llegar al Coso. Lo que hay ahora es más violento, me parece, al no contar con la posible continuidad  del Paseo. Lo que me parece que se puede calificar de violento es este encuentro en “T”. Nosotros tratábamos de descubrir el modo de injertar el Paseo de la Independencia en el centro histórico ayudándonos de esa pasarela y de las dos plazas, haciendo que se prolongara a ambos lados del Coso y estableciendo la continuidad del tejido.

Había otra cosa muy importante, que era la aparición de lo que nosotros llamábamos “Nuevo Coso”. En la sección  se ve muy bien. Se trataba de ayudarnos con una calle paralela al Coso, que aparecía como resultado de conectar la actual calle Cuatro de Agosto con la calle Verónica, derribando  la manzana que impide que ambas se conecten y que la primera desemboque en Jaime I. Lo que conseguíamos era separar los dos sistemas de circulación que bordean perimetralmente el casco histórico: el primero contiene hacia el norte el casco histórico y el segundo, abierto hacia el sur, abraza el ensanche.  Ambos ahora tienen un tramo común, que es, precisamente, el Coso. Nosotros creábamos entre ambos un anillo, al duplicar  el Coso, que daba lugar a una circulación mucho más permeable y fluida, evitando esos cruces con semáforos que no funcionan tan bien. Los diagramas de tráfico lo explican claramente. Es una solución que parece simple, pero en realidad es bastante sofisticada, solo se entiende cuando se ve el proyecto como resultado de una reflexión más global que pretendía incluir el centro histórico en un esquema viario más amplio para toda la ciudad.

CD. Sí, quizá la primera impresión que transmite la planta que se suele publicar siempre al hacer referencia a este concurso, tan esmerada, es la de un proyecto que atiende sobre todo a la escala pequeña, parece dibujada tanto desde la perspectiva del automovilista como desde la del peatón, teniendo en cuenta sus distintas percepciones de la ciudad y los diferentes usos que ambos hacen de ella. Pero junto a esta propuesta de delicada cirugía urbana, más puntual, al ver ahora el resto de los dibujos, se entiende que la trascendencia de la intervención es mucho mayor, afecta a todo el sistema de tráfico. Y, curiosamente, lo que posibilita que la conexión con el centro se haga más permeable es la decisión de desdoblar el Coso, que ha actuado siempre de brecha entre el centro histórico y el ensanche. Conociendo solo la planta del concurso, no había entendido que este dibujo contenía una intervención que implicaba una repercusión tan grande para Zaragoza, aunque verdaderamente está todo aquí dibujado.

RM. Aquí se ven incluso también las salidas de los aparcamientos que había  debajo de las plazas. En realidad, este dibujo, que parece el más representativo, que es el que más se ha publicado, es un dibujo de consumo visual, tiene el interés del valor del dibujo como instrumento de proyecto, pero los otros dibujos son más importantes para entender la intervención, que es muy ambiciosa.

Ese edificio bajo que se ve ahí, elevado sobre el Coso, servía de eslabón más que de fondo de eje y propiciaba  la extensión del Paseo de la Independencia hacia la plaza del Pilar. Se producían  también algunos derribos, pocos, con el fin de ir creando un itinerario en el que, apoyándonos en lo ya existente, fuera apareciendo  alguna intervención de mayor importancia que evidenciara una cierta estructura urbana. Se trataba de resolver, con calles más pequeñas, el pequeño injerto que consistía en ir cambiando  de escala. Por ejemplo, nosotros intentábamos dar interés a la plaza del Pilar, diferenciando claramente sus distintas partes, fragmentándola. Tratábamos de aislar el espacio público del Ayuntamiento del de la Basílica, definiendo un atrio precintado delante de ella, a modo de nártex abierto, permitiendo que la plaza frente al

Ayuntamiento mantuviera su autonomía. Y lo mismo ocurría con la Seo... Rompíamos la unidad  de esta plaza continua que es lo que encontramos hoy.

Era un proyecto que hicimos con mucho cuidado, contenía una reflexión importante sobre la ciudad, no fue un proyecto que resolviéramos apresuradamente para presentar a un concurso. También es verdad que es un proyecto que desarrollé con Manuel Solà, que era una persona que trabajaba con mucha hondura y con la voluntad de hacer bien las cosas.

CD. Estudiando con cuidado estos dibujos, se reconoce una educación y, derivada de ella, unas intenciones muy diferentes a las de otras propuestas desarrolladas por arquitectos urbanistas que se habían formado en EEUU y volvían a España con planteamientos bien distintos. Me refiero a Francisco Longoria, por ejemplo, que también se presentó al concurso con J.R. Menéndez de Luarca y G. Salvador, y que obtuvo el primer premio. Precisamente este proyecto defendía mantener la unidad del casco urbano y se hacía eco de las directrices marcadas por el Plan General de Zaragoza que intentaba evitar “la aspiración especuladora de apertura de una nueva Gran Vía, prolongación del Paseo de la Independencia hasta la Basílica del Pilar”.

RM. Sí, muy diferente. Aunque ya se veía que el proyecto que ganó el concurso no se iba a poder a hacer. El nuestro era ambicioso, aunque a primera vista pudiera parecer sencillo. Visto así,  retrospectivamente, se entiende que la conexión de esta gran vía que es el Paseo de la Independencia con el casco histórico tenía valor, que esta cuña que entraba en la ciudad antigua, con este itinerario que la esponjaba y que respetaba y regeneraba lo existente, era beneficiosa para la ciudad. Si se hubiera construido algo de lo que hay aquí propuesto, hubiera sido muy distinto para Zaragoza. Muy distinto en el sentido de que la solución que hay ahora crea un telón desafortunado que deja atrás la ciudad antigua, es una solución que es muy difícil que tenga éxito. Es una estrategia muy diferente a la nuestra, que nace del reconocimiento de una escala más pequeña, de la escala del Coso. Nuestra voluntad era la de llevar el Paseo de la Independencia hasta la plaza del Pilar, haciendo que esa espina peatonal se prolongara como un camino más amable entre Alfonso I y Jaime I. Una vez resuelto este problema, la cuestión se trasladaba a la higienización  de esta zona, poniendo  el énfasis en las plazuelas existentes, que podrían adquirir vida propia. Esta alternativa, que suponía la aparición de un eje peatonal que atravesaba todo el casco mediante un itinerario que conducía hasta el Pilar casi imperceptiblemente,  funcionaba muy bien. Creíamos que era un proyecto que tenía interés.

CD. La verdad es que esta planta que acaba de calificar tan perspicazmente como de “consumo visual” es un plano dibujado con una minuciosidad sorprendente. Casi se podría mirar con lupa, contiene muchos proyectos en uno, está todo pensado, todo casi resuelto.

RM. La escala a la que está dibujado, 1:1000, es precisamente la que te permite reflexionar sobre la cuestiones de escala relativamente menor. En realidad, uno es capaz de describir todos los proyectos que hay aquí.  Viendo esto, cualquiera se puede imaginar el posible tratamiento  que se daría a la plaza de la Seo, que concedería más importancia a la Seo y a la Lonja. Yo me puedo imaginar muy bien esta plaza de aquí, con estas diferencias de nivel, con estas rampas, con este edificio sin embargo más bajo... Por ejemplo, ¿cómo enmarcar con una verja la catedral?  ¿cómo se puede trocear este espacio tan incierto de manera que se subraye el valor que tiene el Pilar como edificio, la Seo, la Lonja, San Juan de los Panetes? ¿cómo establecer los espacios y las relaciones entre volúmenes de modo que, acentuando el valor de los edificios, no pierdan su sentido en una lectura más conjunta y más global de todo? Pues todo esto es lo que pretendía el proyecto.

CD. Ya que estamos hablando de intervenciones en cascos históricos, y que este primer número de la revista ZARCH está dedicado a “Las trazas del lugar”, quizá no estaría mal comentar brevemente el proyecto de Údine. En estos días la prensa udinese se está haciendo eco de una cierta polémica sobre el proyecto que le ha encargado el grupo Rizzani de Eccher para construir un edificio de viviendas en el lugar donde se encuentran los almacenes UPIM. En la prensa he leído opiniones de arquitectos que lamentaban que haya tenido usted que cambiar y adaptar su proyecto inicial para cumplir con las ordenanzas municipales. Uno tiene la impresión de que en Italia –como también en España– las rígidas normativas que se imponen para proteger los centros históricos de las ciudades resultan siendo perniciosas, la buena arquitectura es consecuencia de trabajar con criterio y buen sentido, no se garantiza con la imposición de una serie de restricciones. ¿Qué piensa usted al respecto?

RM. Sí,  ha habido una cierta polémica que ha aparecido en el Messaggero Veneto, bueno, se han publicado algunas opiniones respecto a la intervención.  Nosotros hicimos un proyecto primero un poco más libremente, tratando de controlar los tamaños de unas piezas de vivienda que permitieran permeabilizar los pasos desde el Ayuntamiento  a la Catedral.  Eso se vio que no cumplía con las normas del Plan Regulador para el centro, y entonces pasamos a desarrollar un edificio más convencional,  si se quiere, porque el anterior tenía la singularidad  de la escala, proponía unas piezas aisladas de carácter más doméstico. Algo parecido a las torres de vivienda de Zaragoza. El primer proyecto que hicimos se resolvía en términos de escala menuda, tratábamos de minimizar mucho, de triturar los volúmenes. Pero las piezas que proponíamos, al ser viviendas, no cumplían las distancias mínimas que dictaba el Plan, si se entendían como edificios independientes y no como piezas de un solo edificio. Era un proyecto que estaba muy trabajado, el distintivo era la escala pequeña. Mientras que este otro edificio que hemos propuesto ahora se inserta en la ciudad  como un antiguo palazzo con un espacio abierto detrás. Ahora ese palazzo cumple urbanísticamente con todo lo que dice el Plan.

CD. En el primer proyecto las piezas de vivienda se agrupaban hacia la via Sarvognana y la catedral, dejando muy esponjada la manzana hacia la plaza del Ayuntamiento. Quedaba aislada una pieza de distinto carácter, imagino que como testimonio del uso comercial actual, que consolida la esquina de via Cavour.

RM. En la propuesta primera hacíamos  mucho énfasis en esa esquina, siguiendo  las indicaciones  de los arquitectos municipales de Údine, que habían insistido en ello. Quedaba por tanto ese edificio comercial que reforzaba el chaflán, más presente hacia la plaza, y esas otras tres piezas de vivienda retrasadas, un poco como en el proyecto de Aragonia en Zaragoza, no exactamente, pero algo parecido. Aquí hicimos muchas pruebas, hemos trabajado muchísimo...  en la foto de la maqueta se ve muy bien en qué consistía la estrategia.

La nueva propuesta tiene algo mejor que la anterior y es que se cierra volumétricamente  hacia la calle y deja unos patios más abiertos  hacia la parte de atrás, creando un remanso para todos esos jardines con esa “U” que se abre hacia el Duomo. En la planta baja del segundo proyecto se ve cómo la alineación oblicua a que lleva ampliar via Antonio  Belloni da pie a introducir un paso diagonal en del edificio que contribuiría a conectar la piazza del Duomo con via Cavour. Y esta voluntad de entender la planta baja del edificio como extremadamente permeable es la que ha dado lugar también a propiciar un segundo paso, desde los jardines de Palazzo Morpurgo a via Savorgnana.  Ese otro edificio que deja el Duomo más aislado es posterior, es de los años cincuenta.

CD. En el artículo que ha escrito para publicar en la prensa italiana ha recordado el importante debate en torno a lo que Rogers llamó “preesistenze  ambientali”  como argumento para hacer hincapié en las delicadas cuestiones disciplinares que se ponen en juego cuando el arquitecto tiene que intervenir en centros históricos como el de Údine. En este sentido, también se puede reconocer en las reflexiones teóricas que ha desarrollado desde el ejercicio de su profesión –por hacer referencia al título de la exposición de la Fundación Barrié– una actitud de claro ascendiente italiano, aunque en mi opinión, lo que comenzó revelándose como afinidad con la cultura arquitectónica italiana de los años cincuenta y sesenta ha alcanzado en sus proyectos un nivel de consistencia mucho mayor, más atemporal que las propuestas italianas de aquellos años. Pienso, por ejemplo, en el Proyecto de Ampliación del Museo del Prado, un perfecto ejemplo de proyecto que nace de la voluntad de integrar en él las “preexistencias ambientales”, y de reactivarlas, más que cualquiera de los proyectos del propio Rogers, que acaban siendo siempre mucho más susceptibles de ser datados.

RM. Sí, el proyecto del Prado va algo más allá, efectivamente. Es cierto que en Italia el debate fue muy intenso, pero luego tuvo poca repercusión en la arquitectura, se realizaron pocos proyectos que pusieran en práctica esas ideas, no hay tantos ejemplos de intervenciones en los centros históricos porque prácticamente todas han ido quedando bloqueadas. Pero este caso de Údine es diferente, aquí se trata de una reposición, hay una posibilidad de reversibilidad muy distinta. Una cosa es intervenir donde todo lo que hay tiene valor y no tiene sentido realizar una transformación, porque de lo que se trata es de mantener lo que ya hay, y otra muy distinta es este caso, en el que la reversibilidad es la clave y lo que se propone es poder prescindir de un edificio que a nadie le gusta, un edificio muy torpe del año 1961 que se construyó sobre uno anterior que era mejor. No creo hacer un juicio crítico abiertamente peyorativo sobre la sede del UPIM si afirmo que, construido en plena discusión a propósito de cómo actuar en los centros históricos, se levantó sin atender a consideraciones tan esenciales como el respeto a la escala, a las volumetrías, al trazado que define la escena urbana, a la elección de los materiales... En fin, como ves estamos ante la paradoja de estar hablando de un edificio que no manifestó una especial voluntad de integración en la escena urbana. Ahora, volver a actuar en un solar tan característico del centro histórico de Údine daría lugar a comprobar que la reversibilidad en el diseño urbano de la ciudad es posible y que errores urbanísticos cometidos en el pasado pueden subsanarse si se tiene el coraje y se dan las circunstancias para ello, como ocurre en esta ocasión en la que el Grupo D’Eccher se propone prescindir del edificio del UPIM y construir uno nuevo.

Pero aún no sé si el proyecto acabará saliendo adelante. Tenemos a favor que nuestro cliente es una empresa local respetada, relativamente  próspera. Ellos han comprado el edificio del UPIM y tienen que construir un edificio nuevo, no pueden arriesgarse a hacerlo mal. Tratarán de hacerlo lo mejor que puedan, siempre que cubran sus expectativas de renta. Pero no sé dónde terminará todo esto. Hemos estado trabajando dos años enteros en ese proyecto, es una propuesta que está bien. No es un proyecto que pretenda destacar, todo lo contrario, la intención es sustituir discretamente lo que hay, que no gusta, por una cosa que estará más encajada. A mí me gustaría hacer este proyecto de Údine porque yo creo que va a mejorar mucho la situación actual, me parece que, sin proponer un cambio radical en la volumetría, incide lo suficientemente sobre el trazado urbano como para hacerlo más permeable. Realmente ayudaría mucho, mejoraría mucho la situación actual.

CD. No conozco Údine, pero la idea que tengo es que se trata de una de esas ciudades florecientes del norte de Italia especialmente atractivas porque registran, en su pequeña escala, el marchamo de lo que fue una historia intensa.

RM. Údine es hoy una pequeña ciudad industrial, una ciudad de 100.000 habitantes, bastante próspera. Fue una ciudad de relativa importancia en la República de Venecia, con castillo, señores..., tiene incluso un palacio de Palladio... Después de la segunda guerra mundial se ha ido transformando en una ciudad con cierta prosperidad económica industrial. Pero no es Mantua, por ejemplo, que es una ciudad mucho más rica monumental e históricamente. Údine me parece también una ciudad con menos aliento económico que Mantua..., y mucho menos que Verona. Podría parecerse a Vicenza, aunque Vicenza tiene a su favor todo lo que tiene de Palladio, que es lo que la transforma. O a Pordenone...

Es un sitio muy atractivo, es una ciudad preciosa... Hay una plaza más veneciana, está el Castello,  un edificio muy importante que domina toda la ciudad, no falta el mercado, ni la loggia típica, similar a las de Padua y Vicenza. A todo esto se añadió el Ayuntamiento que construye D’Aronco, uno de los arquitectos italianos más representativos del Liberty, aunque el edificio no es muy Liberty, es más bien clásico, con ese clasicismo  italiano muy distinto del francés, una pieza monumental que busca el encaje en el centro histórico ya consolidado. El edificio del Ayuntamiento es, como ves, muy definitivo, un edificio de principios del siglo XX, muy potente, potentísimo, aunque con ese porticado metido ahí un poco de mala manera... Para nuestra sensibilidad de hoy este pasaje tampoco es muy exitoso, porque interrumpe una calle que es muy bonita, completamente porticada, donde se producía el mercado espontáneo de la ciudad. Sin embargo, el pórtico que introduce  el Ayuntamiento  la ha cambiado, la verdad es que resulta más efectivo al verlo dibujado en planta que en la realidad. Luego están también la piazza della Libertà, la via Cavour, que termina en el Ayuntamiento...  Hay una parte nueva, de finales de los años treinta, y otra de los años cincuenta. Y tiene Údine también un Duomo, es un Duomo hermoso... En el plano se aprecian también las traseras de los palacios, que tienen algo de jardín.

Por último está el UPIM, el edificio sobre el que tenemos que actuar. El nuevo edificio que proponemos se adapta al trazado viario de la ciudad, respeta íntegramente las alineaciones sobre via Cavour y via Savorgnana  y amplía la via Antonio Belloni, esa que ves ahí, mejorando  la visibilidad de la torre del Ayuntamiento desde la Piazza del Duomo.

CD. Una de las cuestiones más delicadas que aborda el proyecto me parece ser la voluntad de que este nuevo edificio, que acoge un programa residencial y que ya no es, por tanto, un edificio público, no renuncie sin embargo a aparecer con dignidad en la escena urbana sin perder tampoco la discreción que corresponde a un edificio de viviendas. En la memoria explica que ha intentado evitar la aparición de un elemento tan doméstico como los balcones, que darían entrada a la presencia de lo individual en la fachada, y los ha sustituido por terrazas embebidas en la volumetría del edificio y protegidas por persianas tradicionales, algo que resuelve muy bien el problema y ayuda a que el edificio conviva con las tipologías de fachadas que se encuentran en las casas de Údine.

RM. Algo de eso intentamos también en Ávila. El de Ávila también era un edificio que, al pasar de ser un hotel, que siempre es un edificio más público, a una casa de viviendas, planteaba el problema de que las viviendas no se reconocieran en la plaza, sino que aparecieran con una condición más regular, o genérica, o como queramos llamarle. En este proyecto de Údine, los huecos, enmarcados en piedra y embebidos en ese terso plano de la fachada enfoscada, no deberían distanciarse tanto de aquellos con los que nos encontramos en via Cavour, o en via Savorgnana. Y lo mismo ocurre en lo que se refiere al color del enfoscado, ni que decir tiene que debería estar próximo a los que nos encontramos en este ámbito urbano. Por otro lado, el proyecto actual responde estrictamente, en cuanto a la volumetría, a lo establecido en el Plan General de Údine, es decir, no sobrepasa la cota 22.75 definida por la cornisa del Palazzo D’Aronco, ya que la cota del peto de la terraza en la planta más alta está a cota 18.55. Sin embargo, esta voluntad de hermanarse con la condición pública del centro de la ciudad que se manifiesta en las fachadas del edificio, sea sobre via Cavour, via Savorgnana  y via Antonio Belloni, se transforma en algo más libre y aleatorio en el patio sobre los jardines de Palazzo Morpurgo, que se abren a los espacios abiertos en torno a la Piazza del Duomo. Allí el nuevo edificio admite su condición doméstica y se suaviza, al hacer uso de un cerramiento continuo de persianas, propiciando un fondo a los citados jardines tanto más grato que los actuales paramentos de UPIM.

CD. ¿Cree que la ciudad de Údine va a aceptar mejor esta segunda versión?

RM. Entiendo que la gente pueda querer más esto. La nueva propuesta es más conservadora. Y la gente suele ser conservadora. Porque en la propuesta anterior de lo que se trataba era de igualarse con el jardín de la parte trasera del solar rompiendo la escala, fragmentando los volúmenes del edificio, permeabilizando los pasos desde la plaza del Comune a la del Duomo. Pero esto no sé si la gente lo entiende tanto. Ahora se propone una solución con la misma superficie pero con un volumen más cerrado, que respeta las alineaciones con una fachada más tersa, como las que vemos en los cascos tradicionales, seguramente este proyecto tiene más este carácter más tradicional en cuanto a su morfología. Aquí en la maqueta se ven esos tres niveles abiertos. Y esta esquina, que se resuelve, en lugar de con un artificio arquitectónico vistoso, con un vacío, confiando a la actividad comercial la capacidad de señalar el interés que todo esto tiene. Hay un pasillo muy grande que se incorpora a las calles y que facilita la permeabilidad.

En realidad estamos en manos de la superintendencia.  Si lo viera bien, si se animase a decir que la propuesta está bien, seguramente el Ayuntamiento no pondría objeciones, porque la verdad es que está bastante a favor del proyecto. La última palabra la tendrán los dos, pero el Ayuntamiento no va a hacer nada sin el consentimiento  de la superintendencia.

El proyecto, arquitectónicamente, daría lugar a mostrar cuánto el esfuerzo hecho durante la segunda mitad del siglo XX para establecer criterios con los que construir en los centros históricos se manifiesta satisfactoriamente en él. Todo lo que se ha dicho acerca de cómo trabajar en los cascos históricos no ha dado lugar –ni hace falta, ni es posible– a un cuerpo de doctrina claramente definido, pero sí es verdad que aquellas reflexiones han dado como resultado toda una serie de consideraciones, se han decantado una serie de criterios, de ideas, que al final no habido tantas ocasiones de poner en práctica. Una cosa es la conservación y otra cosa muy diferente es la intervención en un contexto en el que por circunstancias determinadas, de ruina o de degradación, resulte necesario actuar sin dañar la identidad del lugar, sin violentar lo que la gente tiene asumido que es ese lugar. Aunque, por otro lado, también hay que servir y trabajar con unos medios de construcción de los cuales no se puede prescindir tan fácilmente. No es un problema iconográfico, se trata de buscar el modo de actuar en beneficio de un uso más positivo de los centros históricos.

Llaman a la puerta y aparecen tres personas transportando un mockup de unos 2 x 2 m que irrumpen en el estudio perturbando el silencio que suele reinar en él. Son las pruebas para sustituir uno de los techos de Bankinter. La gran pieza queda apoyada verticalmente en la mesa, siempre llena de libros, que ocupa el espacio cilíndrico de la sala de reuniones cuya volumetría es uno de los distintivos característicos  de la colonia racionalista de El Viso. Rafael Moneo, que a lo largo de nuestra conversación ha atendido a varias llamadas de teléfono y ha respondido a algunas consultas de sus colaboradores sin perder nunca el hilo del discurso, se queda por primera vez pensativo y ausente, observando la pieza que ha transformado violentamente el espacio de trabajo. La reflexión teórica sobre la conservación y la intervención en los centros históricos de las ciudades ha quedado interrumpida abruptamente por la necesidad de atender a las obligaciones que demanda la profesión. No podría imaginar un final más oportuno para cerrar esta conversación.

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