El patrimonio natural y territorial. De la protección a la gestión y regeneración del paisaje cultural

En la protección del patrimonio se partió de los monumentos de valor histórico y artístico, y se amplió posteriormente al conjunto de edificios históricos de las ciudades. Más adelante se extendió al territorio y al paisaje, así como a aspectos inmateriales e intangibles. Dicha ampliación plantea muchos problemas, entre ellos de gestión.

Dos líneas de desarrollo del concepto de patrimonio han tenido que ver, por un lado, con el medio natural y, por otro, con el territorio y el paisaje. La creación de parques naturales y la extensión del patrimonio a la agricultura y a los espacios rurales han sido decisivos en esa dirección.

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Patrimonio natural

Las montañas eran, en general, espacios repulsivos, por las dificultades que representaba para los viajes y por el riesgo de asaltos y robos. Se miraban con temor y se procuraba atravesarlas rápidamente. Si se veían obligados a pasar por ellas, los viajeros del siglo XVIII observaban con atención si había campos cultivados y las posibilidades para ello, o si tenían bosques u otros recursos que pudieran ser aprovechados. Así lo hacía Antonio Ponz en su Viaje de España, en la segunda mitad del Setecientos1. Al igual que otros ilustrados, Ponz se deleitaba especialmente en los alrededores de algunas ciudades convertidos en sitios deliciosos por el trabajo humano agrícola, campos a los que alguna vez califica como un jardín.

el Romanticismo cuando las montañas atraerían la atención de los intelectuales, y aparecen explícita e intencionadamente en la obra de algunos naturalistas y artistas como Horace-Bénédict de Saussure, Louis-François Ramond y otros. En España las atravesaron y estudiaron, entre otros, Antonio J. Cavanilles y Simón de Rojas Clemente Rubio. La ascensión a las montañas era utilizada por estos naturalistas viajeros para hacer observaciones geológicas, botánicas y geográficas, y para tener un buen panorama del territorio. La obra de Alexander von Humboldt es muy significativa. Por esas fechas empiezan a valorarse los ‘monumentos de la naturaleza’, expresión que sería utilizada ya por Alexander von Humboldt en 1804.

La distinción entre lo bello y lo sublime, que teorizaron Edmund Burke y Emmanuel Kant, encontraba en las montañas, y en la fuerza de la naturaleza, la emoción que provocaba este último sentimiento. Los viajeros se sorprendían de las aterradoras alturas y profundidades que veían en las cordilleras, de las rocas colgadas y amenazadoras, de las tormentas espantosas, del grandioso y magnífico espectáculo de la naturaleza, que elevaba las facultades del alma y de la mente.

La atención a la naturaleza se amplió a mediados del siglo XIX con el movimiento positivista y el desarrollo de la ecología. Las relaciones entre el hombre y la naturaleza empezaron a ser consideradas con una nueva luz, como se hizo en el libro Man and nature. Or , Physical Geography as Modified by Human Action (1864) de Georges Perkins Marsh.

Durante el siglo XIX se iría prestando amplia atención a las montañas europeas y americanas. Los ingenieros forestales, que en España llevaron el significativo nombre de Ingenieros de Montes, por la abundancia de los bosques en ellos, se ocuparon amplia y eficientemente de la conservación de las masas boscosas, de su repoblación y mejora, y de la construcción de obras de ingeniería para modelar la naturaleza. La atracción de la montaña se hizo sentir igualmente en el movimiento excursionista, en la educación y en los viajes en general.

Desde los años 1870 se inició también la protección de espacios naturales de especial relevancia, con la declaración de parques naturales. El primero, el del Parque Nacional de Yellowstone (Estados Unidos), al que seguirían los de Yosemite, Sequoia (1890) y otros más en ese país, en Canadá y en diferentes naciones. En diversos países de América los parques nacionales se vincularon al paraíso perdido, a la naturaleza sacralizada, al orgullo nacional, a la idea de una Nación fuerte y en construcción, cuyos tesoros naturales habían de ser conservados.

A comienzos del siglo XX diferentes países comienzan a legislar sobre la protección de lugares y monumentos naturales. En España la primera ley de creación de Parques Nacionales (1916), permitió aprobar los de Covadonga y el Valle de Ordesa, seguidos con posterioridad por la calificación de diferentes Sitios y Monumentos Naturales de Interés Nacional. A partir de los años 1950 se crearían nuevos Parques Nacionales, hasta un total de 15, diez de ellos en la Península y el resto en Canarias y Baleares.

De manera similar sucedió en otros países. En Brasil, la preocupación por la preservación de las áreas naturales se refleja en la adquisición del área de las cataratas de Iguazú por el gobierno de Paraná en 1916, y la creación del primer Parque Nacional, el de Itatiaia, en 1938. En Argentina, los parques naturales se crean a partir de 1934, considerando al mismo tiempo la belleza de esos lugares y la protección de la naturaleza. Al igual que en EEUU, las elites argentinas y de otros países consideraron que la naturaleza debería ser considerada como un elemento activo en la construcción de la nacionalidad; había que preservarla para dejarla en herencia a las generaciones venideras.

Desde mediados del siglo XX se ha ido poniendo a punto y aplicando una legislación cada vez más amplia e integradora para la protección de los espacios naturales.

Pero a partir de mediados de la década de 1970, las políticas neoliberales han podido tener, también aquí, una incidencia negativa, dando lugar a una desregulación del patrimonio natural. Es lo que ha ocurrido en Brasil, donde durante los años 1980 hubo avances en la preservación de áreas naturales (por ejemplo, la Serra do Mar y otras áreas en el estado de Sâo Paulo). Pero en la década de 1990 la generalización de política neoliberales afectó también a ese dominio, con la disminución o ‘flexibilización’ de la protección, y el aumento de las presiones económicas sobre ellas, por ejemplo de carácter urbanístico. De manera similar ha ocurrido en México, donde recientemente se han tomado medidas para quitar el carácter de Parque Nacional al Nevado de Toluca. Al mismo tiempo, en España algunos alcaldes y concejos municipales se oponen a la declaración de un paraje como parque nacional porque consideran que la mayor protección frenaría la actividad económica local.

Han aparecido también otras figuras de protección patrimonial, que han ido permitiendo ampliar las actuaciones, llenándola de mayores contenidos y dimensiones culturales. En España la Ley de 2 de mayo de 1975 dedicada a ellos menciona por primera vez la figura del Parque Natural, diferente al Parque Nacional. Esa nueva figura de protección tenía su origen en el Parque Natural Regional francés, fue diseñada para territorios donde la presencia del hombre es importante, especialmente a través de la agricultura. En 1989 se promulgó la Ley de Conservación de los Espacios Protegidos y de la Flora y Fauna Silvestre de 1989, seguida por las medidas adoptadas en Andalucía en 1989 para el Inventario de Espacios Naturales Protegidos, y por otros como los Planes de Ordenación de los Recursos Naturales y los Planes Rectores de Uso y Gestión. Se ha señalado que todos ellos tienen, a diferencia de la legislación francesa que sirvió de referencia, un sesgo biologista, con énfasis en aspectos biogeográficos, y con menor atención a la agricultura.

A escala internacional, la Guía Operativa para la Implementación de la Convención del Patrimonio Mundial, aprobada por la UNESCO en 1992, utilizó el concepto de paisaje cultural, y puso más énfasis en el territorio y en los cultivos.

La atención a la naturaleza y al paisaje representa el predominio de la visión amplia, a una escala diferente a la del monumento o el conjunto del centro histórico urbano. Pero no solo eso, también supone la admiración y el sentimiento por la belleza del paisaje. Es asimismo, y cada vez más, la preocupación por preservar la naturaleza, amenazada por la acción humana intensa en los países industrializados, por la extensión de la huella ecológica; es la conservación de la biodiversidad, es la garantía del futuro del planeta y de la Humanidad.

En la actualidad, un cierto número de los espacios naturales protegidos y calificados por la UNESCO son bosques. De los 900 espacios calificados como Patrimonio de la Humanidad, un centenar son masas boscosas, que ocupan más de 75 millones de hectáreas. Aun así, se considera que son insuficientes; y sobre todo, se constata que en su calificación han primado, en general, los valores excepcionales y no la preocupación por las áreas más sensibles, frágiles y amenazadas del planeta. En este sentido, se están haciendo grandes esfuerzos para considerarlas como reservas de la biosfera, como medios frágiles que pueden ser afectados por los cambios en las prácticas de conservación, la presión urbanística, los usos agrícolas y ganaderos, el aumento de la explotación turística y los recorridos de visitantes.

La naturaleza tiene otros valores que se van reconociendo progresivamente en las políticas patrimoniales. La misma UNESCO ha acometido la calificación como Patrimonio de la Humanidad de sitios de especial interés geológico, como los acantilados fosilíferos de Joggins, en Canadá, con fósiles del Carbonífero y restos de los primeros reptiles y de las selvas pluviales; o el sitio tectónico suizo de Sardony, de 329 km², que permite observar la orogenia alpina con pliegues y cabalgamientos.

Los geólogos y geógrafos han ido señalando hoy la existencia de lugares de gran interés geomorfológico (o ‘geomorfositios’), que deberían ser conocidos y valorados por el gran público. Tienen valor científico porque permiten la reconstrucción de la historia geológica de la Tierra, y pueden ser considerados como verdaderos monumentos naturales, de escalas espaciales diferentes y, a menudo, imbricadas. Una reciente compilación de estudios permite tomar conciencia y avanzar en la reflexión sobre “las funciones sociales de los sitios de interés geomorfológico, especialmente en el plano de la comprensión del paisaje, de la valoración patrimonial y de la educación sobre el medio ambiente”.

Se ha tratado de valorar y cuantificar el significado científico de las morfologías físicas (relieve, estructuras litológicas, modelado, rasgos paisajísticos naturales, singularidades geofísicas y biogeográficas ) y los rasgos culturales añadidos, y con todo ello su valor patrimonial, para tratar de mejorar la gestión y el uso público. La delimitación de reservas naturales geológicas permitiría el reconocimiento de lugares especialmente apropiados para la enseñanza general de estos elementos del patrimonio geomorfológico. Hay igualmente procesos de patrimonialización de la naturaleza a partir de los restos paleontológicos de interés científico. O del valor histórico y estético de las canteras, algunas explotadas desde época romana. Todo lo cual lleva a un enriquecimiento en la protección de la naturaleza.

El territorio como patrimonio

Poco a poco todo el territorio se ha ido convirtiendo en objeto de atención y de protección. Así lo hizo la Ley francesa de 7 de enero de 1983, al señalar que “todo el territorio francés es patrimonio común de la Nación”.

El territorio puede considerarse un patrimonio natural y cultural heredado, construido durante siglos por el hombre. Se habla hoy de la la “nueva cultura del territorio”, la cual puede permitir descubrir, como se dice en un reciente Manifiesto, “la forma para que en cada lugar, la colectividad, pueda disfrutar de los recursos del territorio y preservar sus valores para las generaciones presentes y futuras”.

El reconocimiento del valor patrimonial del territorio, fue aumentando con la atención al patrimonio agrario y rural en general; y se reforzaría más tarde, también con la defensa del patrimonio minero, así como del marítimo litoral y del fluvial.

El descubrimiento del patrimonio del medio rural

El interés por el medio rural, y la atención a elementos antes descuidados del campo, hicieron que uno y otro se fueran convirtiendo también en patrimonio cultural, en un proceso lento y que estuvo vinculado a factores diversos. Hay que recordar el papel de las revistas excursionistas y regionalistas en el descubrimiento y valoración de las riquezas de las áreas rurales, por razones culturales e identitarias y con vistas a la revalorización de espacios locales que tenían escaso crecimiento económico.

La llegada de visitantes al medio rural sería también facilitada por la difusión del automóvil, y tuvo algunas consecuencias. Con frecuencia, la diversidad del paisaje y los contrastes se perciben mejor cuando los viajeros de afuera recorren una comarca o región. Muchas veces no son las miradas habituales y utilitarias de los habitantes de la localidad las que descubren los paisajes, sino las que proceden del exterior y que se aproximan a ellos con preocupaciones diferentes a las que tienen los propios residentes. Para éstos, la percepción del visitante de afuera puede contribuir a que tomen conciencia del valor de lo que poseen, y a convertir en patrimonio una parte de ello.

Los visitantes exteriores realizaban dibujos, obtenían fotografías, recogían testimonios, que daban valor a lo que los habitantes están acostumbrados a usar utilitariamente, a veces sin valorar suficientemente, incluyendo los instrumentos agrícolas y los objetos de la vida cotidiana; y, por supuesto, la misma vivienda, cuya arquitectura empezó a ser una y otra vez examinada y representada.

Frente a la creación y apropiación del patrimonio por los visitantes exteriores, convertidos en turistas a partir de cierto momento, pudieron aparecer asimismo movimientos para una valoración más auténtica y popular, tratando de reintroducir la mirada del habitante del lugar, y de conservar prácticas populares por el valor que tienen para el presente y para el futuro.

Diversos especialistas pudieron tener influencia en ese proceso, a través de estudios realizados desde la Universidad o desde asociaciones culturales de las ciudades. Especial importancia tuvo el énfasis en la importancia del medio local, y las publicaciones para el estudio de dicho medio, con la realización de trabajos de campo y de encuestas sobre el terreno.

El conocimiento del medio local se convirtió en un objetivo académico y para un público amplio. Puede ser significativo que una publicación como la Petit guide du voyageur actif, de Pierre Deffontaines, publicada inicialmente en 1938 y concebida para guiar a los boy-scouts en su conocimiento de localidades, tuviera un éxito enorme, que hizo necesario realizar nuevas ediciones. Paralelamente se multiplicaron las guías para el estudio del medio local, producidas, en particular, por geógrafos.

Desde los años 1920 y 30, la reivindicación del mundo campesino y de sus productos culturales y materiales, de la vida rural, de la vivienda y de la cultura campesina sería impulsada por geógrafos, antropólogos, folcloristas, e intelectuales vinculados a movimientos regionalistas, que se entregaron a la recogida de tradiciones, y a la creación de revistas locales y regionales. Prestaron atención a las costumbres y creencias que se mantenían vivas, desde los bailes a las ideas y a las prácticas sociales y artesanales. Se trataba sobre todo de rescatar y salvar. Pero ese impulso dio lugar a la creación de especialistas interesados en dichas tradiciones, a la organización de exposiciones, a la creación de museos públicos y privados. Fueron muchos los que después de la Segunda Guerra Mundial se fueron creando en pueblos y pequeñas ciudades de regiones rurales, y también en otras mayores, y que se convirtieron en testimonios de la atención creciente que se iba prestando a cuestiones hasta entonces no consideradas: museos locales del traje, de los productos de la vid o el olivo, de los instrumentos agrícolas, de la ganadería, del juguete, de las jarcias o del esparto. La cronología de las creaciones de dichos museos en distintos países, refleja bien la incorporación de nuevas preocupaciones y temas de interés.

De esta manera, con dichos estudios y aproximaciones, la cultura y las prácticas rurales se fueron valorando crecientemente, hasta convertirse en patrimonio. Con ello, el patrimonio nacional se transformó también en patrimonio local, lo que se traduciría en la creación de nuevas instituciones y museos locales, desde la década de 60.

En esta línea de interés por los espacios locales y por las actividades populares, y específicamente rurales, no extraña la atención que se prestó específicamente a las prácticas agrarias, desde el barbecho y la ganadería, a la arboricultura, a las formas de aprovechamiento del agua y los regadíos. El paisaje agrario, la geografía de las estructuras y distribución de los campos y los asentamientos humanos, pasaron a ser objeto de atención por los geógrafos, que supieron interpretar los efectos de prácticas agrícolas en la aparición de campos abiertos (open fields), campos cerrados ( bocage) y otros. Los grandes tipos de estructuras agrarias y de paisajes constituyeron un tema esencial de trabajo geográfico, una reflexión que dio lugar también a una ecología del paisaje, a partir de la obra del geógrafo Carl Troll.

El paisaje que hoy se ve es un momento de una larga evolución de miles de años, y que continuará en el futuro. Una evolución más rica de lo que a veces se cree al hablar de paisajes tradicionales y hacerlos sinónimos de permanencia y fijeza. La noción de paisaje tradicional da a veces –se ha escrito– “una falsa impresión de estabilidad; no consigue exponer las complejas historias y no consigue mostrar el lado oscuro de las historias de los paisajes. Muchos paisajes poseen turbulentas, no digamos traumáticas, historias”. Los estudios de historia del paisaje agrario, desde los realizados por Marc Bloch a los de Emilio Sereni, han insistido en el mismo hecho. El último autor, en su más célebre obra en la que examina miles de años de evolución del paisaje agrario italiano, advierte contra los “peligros de toda tendencia a una hipostización de las formas del paisaje agrario que ponga demasiado exclusivamente el acento sobre su consistencia y resistencia geográfica, más que sobre el proceso de su elaboración histórica viva y perenne”. El reconocimiento de fases de crecimiento y de estancamiento, de periodos de cambios lentos y graduales y otros de transformaciones relativamente rápidas, son datos plenamente aceptados en las historias del paisaje agrario, como en las del urbano. Al igual que se reconoce que toda esa compleja historia se refleja asimismo en el paisaje resultante de una evolución frecuentemente milenaria. La cual puede ser destruida hoy con intervenciones apresuradas y de una gran magnitud debido a los medios técnicos disponibles.

La UNESCO ha pasado a calificar algunos espacios de valor agrícola como Patrimonio de la Humanidad, por sus valores históricos como muestras vivas de los orígenes de la agricultura, o por su significado cultural actual.

En España la variedad de los paisajes agrarios ha sido objeto de estudio. Se ha prestado atención a los regadíos tradicionales, por sus valores paisajísticos y patrimoniales, y al patrimonio relacionado con los paisajes del agua, que se extiende a los sistemas de riego y a todos los elementos relacionados con su funcionamiento: acequias, azudes, acueductos, zanjas y túneles para la captación de agua (quanats, foggaras...), partidores, sifones, balsas, bancales... Los regadíos históricos se consideraron paisajes culturales de especial interés, por el hecho de que son también paisajes sostenibles, y se ha llamado la atención sobre la destrucción que están sufriendo los regadíos tradicionales, y la pérdida que eso constituye no solo desde el punto de vista económico sino también patrimonial.

Se ha concedido atención a los sistemas fluviales integrados, que incluyen los cursos de agua y los espacios próximos, y a las estructuras del paisaje agrario a diferentes escalas, desde las del bancal a la del conjunto de terrazgo. Se han reconocido paisajes históricos con valor patrimonial en los regadíos españoles, centrando la atención en una veintena de sistemas como ejemplos del patrimonio hidráulico, con manifestaciones diversas de carácter arquitectónico, etnológico, documental, jurídico y toponímico. Cada uno de dichos sistemas ha sido objeto de un análisis histórico y funcional muy cuidadoso y se han hecho propuestas sobre su valor patrimonial y cultural, que es en algún caso totalmente excepcional (por ejemplo la existencia en el río Segura de la mayor concentración de ruedas fluviales de Europa).

El patrimonio agrícola y agropecuario es muy amplio y rico; y se extiende a prácticas, tradiciones y oficios de gran valor. La aplicación de la calificación de bienes de interés cultural, y de patrimonio etnológico a la arquitectura popular, y a los restos de la actividad económica del pasado, se extendió a casas de campo, cortijos, cortijadas, haciendas, molinos hidráulicos y de viento, norias, aljibes, muros de piedra seca, construcciones agropecuarias, almazaras, hornos, sistemas de distribución hidráulica, bodegas, lagares, azucareras, secaderos de tabaco, pozos para almacenar hielo y nieve etc.. Especial atención se ha prestado al rico patrimonio agroindustrial de la vid, de un gran refinamiento cultural y técnico, y que ahora requiere una protección como un legado histórico de gran importancia.

También se ha prestado especial atención a los regadíos de montaña, a las prácticas de secano, con el barbecho y las alternativas de cultivo, a los espacios ganaderos y sus prácticas, incluyendo la transhumancia, y al conjunto de los paisajes agrarios de España, con sus tipologías y evoluciones.

La valoración del medio rural se ha extendido igualmente a la arboricultura y al bosque, que, como hemos visto también se aprecian y se consideran patrimonio, dentro de las áreas naturales. Esa valoración se extiende a los árboles, desde los olivos centenarios a los alcornoques, cuyo aprovechamiento va unido a saberes tradicionales; en el caso de los alcornoques, vinculados a la explotación económica del corcho, se ha debatido la difícil patrimonialización de este recurso económico forestal, con problemas de conservación, y riesgos de degradación.

Como la transformación de los paisajes agrarios está siendo a veces muy acelerada, se han reiterado las llamadas de atención sobre la degradación y la pérdida de valor que eso supone. También se han puesto en marcha instrumentos para la preservación del paisaje, con mecanismos de participación pública en la planificación e intervención paisajística. El patrimonio rural ha pasado a considerarse también ahora como un posible factor de desarrollo endógeno. Y se presta atención a todo el amplio conjunto de funciones que desempeña, desde las paisajísticas a recreativas, así como a los problemas de gestión de las mismas.

A partir de 1992 la UNESCO, al poner énfasis en los paisajes culturales, abría el camino hacia una mayor consideración de los paisajes agrarios. Eso fue reforzado por la creciente inquietud ante la degradación ambiental, la aparición de movimientos para la conservación de la naturaleza en interacción con las prácticas humanas, la preocupación por los paisajes culturales, y el valor de los paisajes naturales y agrarios para el recreo y el esparcimiento. A escala internacional se ha destacado el proyecto Sistemas Ingeniosos del Patrimonio Agrícola Mundial (Sipam), iniciado en 2002 por la FAO, y que valora los sistemas tradicionales, y los proyectos para la creación de la categoría de Patrimonio Agrícola Mundial, a añadir a la Lista de Patrimonio Mundial de Unesco.

Patrimonio minero, litoral, marítimo y fluvial

La valoración patrimonial se ha extendido asimismo a otros espacios relacionados con la actividad económica; un reconocimiento que se inició con el patrimonio industrial y se ha extendido también a la actividad minera, así como a la relacionada con las áreas marítimas y fluviales.

En los últimos años en muchos países europeos, americanos y de otros continentes se han calificado espacios extractivos con vistas a proteger y valorar el patrimonio minero existente, por su valor histórico y por su posible aprovechamiento turístico.

La UNESCO ha otorgado ya el título de Patrimonio de la Humanidad a diversos espacios mineros de especial significad; como las minas neolíticas de silex de Spiennes, en Mons, Bélgica. En el caso de España existe una larga historia minera que se remonta a la prehistoria y la antigüedad. Desde las minas de silex de Cornellá, y las explotaciones tartésicas, cartaginesas, romanas hasta todas las de la Edad Moderna y Contemporánea. Se han creado parques mineros, museos mineros, que tienen gran número de visitantes, centros de interpretación, asociaciones de defensa. Se ha tratado de evitar la destrucción de los restos históricos que permanecen.

Se insiste en la importancia de considerar el patrimonio minero de manera amplia e integrada, y no solo en sus elementos aislados característicos, como los castilletes y otros elementos que ya están protegidos. Se han hecho estudios sobre el patrimonio minero en diferentes regiones, extendiendo la valoración al conjunto del territorio como patrimonio, con vistas al aprovechamiento turístico. En esta dirección ha habido documentos importantes, como la Carta de El Bierzo para la Conservación del Patrimonio Industrial Minero en España aprobada en 2008, que ha tenido una gran trascendencia para la protección y recuperación del mismo.

En algunos casos, el interés por la vivienda tradicional ha permitido apreciar y revalorizar poblados mineros afectados por situaciones de crisis. Así, en el Plan de revitalización urbana de la ciudad minera de Lota, en Chile. Los proyectos de reordenación urbana del conjunto de Lota Alto y la recuperación de los pabellones de vivienda, han tenido un gran impacto tanto en Chile como en otros países americanos, por su incidencia para desarrollar formas de turismo patrimonial en relación con la minería.

Otras muestras de la actividad económica que han pasado a tener la consideración patrimonial son las de carácter marítimo, fluvial y pesquero, objeto también de fuerte atención recientemente.

Se han considerado las dimensiones patrimoniales de la actividad náutica, desde la pesca a las instalaciones portuarias. En relación con ello se insiste en la urgencia de prestar atención a los espacios portuarios históricos, el transporte marítimo flotante, la arquitectura portuaria, el patrimonio edilicio y su funcionalidad, los equipamientos pesqueros, las industrias conserveras, los arsenales históricos, astilleros navales, carpintería de ribera, o las salinas; finalmente, todo el poblamiento y los paisajes del litoral.

La defensa del patrimonio industrial y de la actividad económica, en lo que se refiere a cuestiones relacionadas con el mar, debe extenderse también al patrimonio fluvial y lacustre, a las actividades que en ellas se desarrollan desde una perspectiva integrada y transversal.

Se ha insistido asimismo que la historia de muchos pueblos y ciudades está vinculada al mar y a los ríos, desde la pesca artesanal a los procesos de innovación tecnológica y los inventos que han supuesto hitos en la historia mundial, así como al desarrollo del transporte. Todo lo cual ha podido dar lugar a formas específicas de entender la vida. Se valoran los paisajes que estas actividades han generado y el mismo patrimonio material e inmaterial relacionada con todo ello, que representan testimonios del desarrollo de la humanidad.

El paisaje y el patrimonio cultural

Con todos estos desarrollos ha ido creciendo el interés por los diferentes medios geográficos y por sus paisajes, y la protección del patrimonio se ha extendido al conjunto del territorio y a todo el paisaje natural y humanizado. El paisaje cultural, como resultado de la interacción de la acción humana sobre el medio natural, atrae hoy un gran interés y es estudiado por especialistas individuales y por organismos creados para ello.

Los paisajes culturales empezaron a ser considerados por los geógrafos, que a principios del siglo XX definieron su disciplina como la ciencia del paisaje, y a éste precisamente como el resultado de la interacción entre el hombre y el medio natural. El resultado de la acción humana sobre el medio da lugar a paisajes culturales, lo que se realiza en el marco de prácticas que se han configurado en el seno de las comunidades. Además de la memoria histórica que ofrecen sobre el trabajo de los grupos sociales, los paisajes poseen también valores estéticos reconocibles, y tiene otros valores: contribuyen a la preservación del medio ambiente y a mantener la biodiversidad, y poseen funciones culturales, de ocio y recreo. Este enfoque se vincula también a un fuerte desarrollo de la geografía cultural, que estudia la transformación del paisaje natural en paisaje humanizado por la acción del hombre

La ciencia del paisaje se ha ido configurando también desde otras perspectivas disciplinarias. Por ejemplo desde la biogeografía, en sus estudios sobre el paisaje natural o limitadamente transformado por el hombre. No se presta atención a los paisajes muy transformados por el hombre como la ciudad compacta. Aunque no sería difícil buscar y encontrar geotopos y geofacies en la ciudad, de manera similar a como se hallan en el espacio biogeográfico.

La extensión del paisaje a todo el territorio vendría apoyada por la raíz Land de la expresión Landscape y Landschaft, que remite a la tierra y al terreno. El paisaje se relaciona para mucha gente con lo agrario y natural; y frecuentemente se reduce a espacios de especial importancia y valores estéticos. Hay quien no concibe que la ciudad tenga paisaje, una concepción recientemente cuestionada, como veremos.

El concepto de paisaje cultural fue definido por la UNESCO en 1999, como hemos dicho. El artículo 1 de la Convención de 1999 lo definía como “las obras conjuntas del hombre y la naturaleza”, que “ilustran la evolución de la sociedad y de los asentamientos humanos a lo largo de los años, bajo la influencia de las limitaciones y/o las ventajas que presenta la estructura del entorno natural y fuerzas sociales, económicas y culturales sucesivas, externas e internas”. A partir de ese momento los paisajes culturales se convierten en parte esencial del patrimonio de la Humanidad, y se señala la necesidad de salvaguardar y proteger los existentes.

Los estudios sobre el paisaje cultural han proliferado en los últimos años. Sobre todo, desde la geografía, una disciplina que en algún momento se autodefinió como la ciencia del paisaje terrestre, y que hoy tras presta amplia atención al mismo. También la arquitectura, que ha ido incorporando asimismo la atención a los paisajes culturales en sus enseñanzas y congresos.

La mirada al paisaje

Se ha destacado la importancia de la mirada del observador en la percepción y valoración del paisaje. Estudios geográficos ya antiguos han puesto de manifiesto de forma clara que las tradiciones culturales afectan de forma importante a los paisajes que se observan, se valoran y se seleccionan. Es seguro que europeos y norteamericanos perciben el paisaje de forma diferente, a pesar de su proximidad cultural. Los estereotipos se configuran y se aceptan, están mediatizados por las ideas previas que se tienen antes de contemplarlos, el nivel cultural personal y las ideas e imágenes del grupo a que se pertenece.

El paisaje es una construcción física humana, ha sido producido por el hombre actuando durante milenios sobre el medio natural primitivo. Pero es también una construcción mental, en cierta manera no existe hasta que se le mira, y en realidad siempre se construye por el observador. Como escribió el filósofo Santayana “para contemplar un paisaje es preciso componerlo”; y se compone, en cada caso, con los objetivos, la personalidad y la cultura del observador; pero también con la cultura y los gustos generales que son compartidos por la colectividad a la que se pertenece.

Hay paisajes que se construyen al mirar el espacio geográfico con nuevas ideas. Como sucedió con el paisaje de la Meseta castellana, construido por los escritores de la Generación del 98, en un espacio que hasta entonces era poco apreciado estéticamente, pero al que ellos incorporaron el sentimiento de la historia que se había desarrollado sobre esas tierras. También son muy influyentes las imágenes elaboradas por la literatura. Se hacen hoy esfuerzos por parte de autores diversos para reunir información y realizar análisis acerca del paisaje de la naturaleza y de la ciudad en la literatura, desde la novela a la poesía. Visiones a veces sorprendentes; en lo que se refiere a los espacios rurales por la mitificación que en ocasiones se hace de la vida tradicional; y en lo que se refiere a las ciudades, por lo negativas, subjetivas y nostálgicas, y donde se refleja escasamente la riqueza y el dinamismo de la ciudad, la innovación, la creatividad, el ascenso social de los inmigrantes, o la cultura, de la que a veces los mismos literatos forman parte y enriquecen.

El desarrollo del arte de la jardinería, y en concreto la concepción del jardín inglés, influyó en las concepciones sobre el paisaje. El sentimiento de lo sublime, el valor de la naturaleza, el aprecio por las ruinas, el sentimiento romántico hacia el paisaje, muchas ideas se experimentaron y se relacionan con esa concepción.

Las representaciones del paisaje seleccionan vistas, puntos de vista. El territorio se percibe por los campesinos de forma utilitaria. Frecuentemente, como hemos dicho, son los que vienen de afuera, los visitantes quienes lo perciben por distinto y peculiar. El paisaje, en efecto, se construye al desplazarse y ver otros territorios, a partir de la extrañeza por lo nuevo y de la búsqueda de las semejanzas y diferencias con los territorios conocidos. También lo miran con designio los geólogos, naturalistas, geógrafos, ingenieros, botánicos, antropólogos, arquitectos, todos los cuales echan una mirada más intencionada que la de los simples viajeros.

A partir del Renacimiento el paisaje fue cada vez más representado en la pintura y en el dibujo, como fondo de las escenas. Luego iría ganando protagonismo en el siglo XVII y XVIII, cuando los pintores incorporaron ampliamente el paisaje en sus lienzos.

Las vedute de ciudades italianas aparecieron en el siglo XV, y alcanzaron pronto una precisión sorprendente que culminaría en la vista de Venecia de Jacopo de’Barbari de 1500, y durante el XVI y el Seiscientos en los planos de ciudades con la “topographi a accuratissime delineata”, impresionantes por la exactitud de la topografía y el paisaje de la ciudad en su conjunto y de sectores determinados. Luego se consolidaron en el siglo XVIII, en la obra de pintores como Gaspar Van Wittel, Giovanni Canaletto, Bernardo Bellotto o Francesco Guardi, producidas a veces para los visitantes del Grand Tour, y que en ocasiones son tan ideales que, al contrario de las vedut e esatte, desplazan los monumentos y pintan vistas compuestas.

El uso de instrumentos ópticos, como el telescopio o la cámara obscura para la observación del paisaje influiría en su percepción; algunos pintores holandeses la utilizaron ya desde el siglo XVII, y es posible que desde antes, y fue luego crecientemente usada en el XVIII por los ve dutistas italianos, por viajeros y naturalistas; en su viaje por Andalucía entre 1804 y 1809 Simón de Rojas Clemente iba con una, fijando la visión con precisión, y completándola con ilustraciones tomadas del natural.

El paisaje ‘a vista de pájaro’, desde arriba, se empezó a percibir y a construir por quienes hacían las primeras vistas de ciudades (por ejemplo, la citada de Jacopo de’Barbari de Venecia de 1500) utilizan-

do planos precisos y subiendo a torres e imaginando la totalidad. Luego con imágenes desde los globos en el siglo XVIII y en el XIX. En este siglo se acometieron ambiciosas empresas de representación de ciudades, como la obra L’Espagne à vol d’oiseau, realizada por Alfred Guesdon y editada en París en 1855, con la serie de litografías con vistas en perspectiva aérea, cuya confección plantea todavía dudas, pero para las que probablemente utilizó tomas fotográficas a partir de globos cautivos. Finalmente se observó y representó el paisaje desde el avión, construyendo una geografía aérea; el geógrafo Pierre Deffontaines y el sociólogo Paul-Henry Chombard de Lauwe, impulsaron un descubrimiento aéreo del mundo, desde el convencimiento de que el avión significaba una nueva forma de ver la Tierra.

También fue nueva la imagen del paisaje que facilitó el desarrollo de la fotografía, con una cada vez más refinada representación. Los fotógrafos no solo reflejan la realidad, también la construyen. La aparición del turismo introduciría una nueva mirada en los paisajes. Las fotografías de los primeros viajeros y de los organizadores de viajes se convierten frecuentemente en imágenes estereotipadas que hay que ver en la realidad; el paisaje se mira desde la construcción que hace el turista viajero, que viene con sus prejuicios, como hacía el viajero inglés del siglo XVIII. Lo que dicen los relatos previos, y las guías de viaje, que informan sobre lo que es preciso mirar, afecta a la mirada. Y esa mirada del turista puede acabar, a su vez, por afectar a la de los propios habitantes de un territorio.

A veces al mirar un paisaje se echa intencionadamente una visión sesgada y parcial, como hemos visto que podían realizar asimismo las historias de ciudades, cuando se quiere enlazar con periodos del pasado, para dejar entre paréntesis toda la historia intermedia. En algunas épocas y países era importante el pasado romano, si se podía encontrar y esgrimir. Especialmente lo ha sido en Italia, y de ahí la obsesión mussoliniana por las ruinas antiguas de Roma; y también subalternamente en Francia, España, y otros países del antiguo imperio de comienzos de nuestra era. Ese pasado romano ha podido servir asimismo para justificar la dominación de otros territorios antes europeos; especialmente en el Norte de África donde la colonización francesa activó la excavación de ciudades romanas con ese fin, como se ha puesto de manifiesto con referencia a la de Volubilis.

Medidas para la patrimonialización del paisaje

A partir de las dos últimas décadas del siglo XX se han ido adoptando progresivamente medidas internacionales para la protección del paisaje. El Consejo de Europa ha establecido criterios cada vez más amplios y precisos en diferentes convenios En Europa, la Convención del Benelux sobre Conservación de la Naturaleza y Protección del Paisaje estableció ya en 1982 objetivos sobre el paisaje, lo que se afirmaría luego en los años 1990, con la preocupación por la diversidad biológica, reflejada en la Estrategia Paneuropea para la Diversidad Biológica y del Paisaje (1997).

El paisaje mediterráneo fue objeto de una especial atención a partir de 1992, cuando se aprobó la Carta del Paisaje Mediterráneo, o Carta de Sevilla, que fue reconocida por el Consejo de Europa. Dio lugar posteriormente al Convenio Europeo del Paisaje, aprobado en Florencia en 2000, ratificado ya por la mayor parte de los 47 países que se integran en el Consejo de Europa, en el marco de una campaña sobre “Europa, un patrimonio común”. Se considera paisaje “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población y cuyo carácter sea resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos” (art. 1); abarca, por tanto “áreas naturales, rurales y urbanas”, comprendidas las “zonas terrestre, marítima y las aguas interiores” (art. 2).

El Convenio de Florencia ha sido fundamental para las políticas de paisaje en el continente; pero su puesta en marcha ha suscitado también numerosos problemas, en relación con las metodologías para zonificar, jerarquizar y organizar las propuestas de defensa de las unidades paisajísticas a proteger. Reconoce que todo territorio proyecta un paisaje, tanto las áreas naturales como las rurales, las urbanas y las periurbanas, y otorga un valor patrimonial, estético e identitario a todos los paisajes, recomendando la adopción de medidas normativas para su protección. En muchos de los países firmantes del Convenio de Florencia se están produciendo cambios en la legislación y en la planificación para cumplir los objetivos del acuerdo, y pasar desde la protección a la gestión y ordenación del paisaje.

En un mundo en continuas y aceleradas transformaciones, estos paisajes o territorios preservados tienen un gran valor: espacios para el recuerdo, el significado histórico o simbólico; son, de hecho, ‘islas de memoria’, como se les ha calificado.

Pero tienen también otros valores e implicaciones. En Octubre de 2010, al celebrarse el décimo aniversario del Convenio de Florencia, se valoró positivamente aquel acuerdo sobre la salvaguardia y protección del patrimonio, y se relacionó su puesta en práctica con los esfuerzos por la participación de la ciudadanía en la mejora de la calidad de vida colectiva, considerando que “el compromiso con la valoración y la protección del patrimonio y con la creación paisajística constituyen, sin duda, aspectos esenciales”. Se insiste en que se trata de crear una nueva cultura del territorio, para “la construcción de sociedades más cohesionadas y más humanas, capaces de utilizar los recursos de manera consciente y duradera”. Sin duda, la preocupación inicial que estimuló el paso a la protección del paisaje tiene que ver con las pérdidas en el patrimonio natural y en la biodiversidad a escala mundial y, específicamente europea, y la preocupación por contribuir a la regeneración de los paisajes degradados. Eso justifica que ahora no solo interesen los paisajes de especial belleza y singularidad, sino todos, los rurales como los urbanos, los construidos por la acción humana como los naturales, los excepcionales que poseen un valor universal (y se califican en una lista especifica) como los cotidianos y, finalmente, todos los existentes, que deben ser protegidos, gestionados y ordenados. Ha sucedido con los paisajes de forma similar a como sucedió con los edificios, que en un primer momento se valoraban como monumentos aislados y luego el aprecio se extendió al conjunto que los rodea, incluyendo los edificios modestos; así en los paisajes, primero se valoraron los excepcionales y luego también el entorno y los cotidianos.

La afirmación de que ‘todo el territorio es paisaje’ es un corolario necesario de esta perspectiva. La diversidad del paisaje es un valor considerable, y las políticas puestas en marcha deben contribuir a asegurar dicha diversidad y su calidad, como aspectos esenciales del desarrollo sostenible basado en un equilibrio armónico. El objetivo es, también aquí, preservar la diversidad de los paisajes heredados y asegurar su transmisión a las generaciones venideras.

España suscribió el Convenio Europeo del Paisaje junto a otros Estados, y fue ratificado por Cortes Generales (el 6 de noviembre de 2007). En este país, además, algunas Comunidades Autónomas han podido elaborar regulaciones propias sobre el paisaje. Algunas de ellas, ribereñas del Mediterráneo, han podido colaborar entre sí y con otras de diferentes países, para la puesta en marcha de políticas públicas coordinadas sobre la defensa del paisaje de este ámbito espacial, a partir de la posición común de que “el paisaje de alta calidad es un factor clave para la competitividad y la sostenibilidad de las áreas urbanas mediterráneas”, y realizan un importante esfuerzo para promover buenas prácticas paisajísticas, de gran interés. Al mismo tiempo, en el conjunto del territorio español, las políticas de ordenación territorial han ido incorporando también de alguna manera competencias que afectan al paisaje.

A partir de toda esa evolución, el concepto de paisaje cultural ha sido aceptado por la UNESCO para definir el patrimonio mundial creado por el hombre. En 2006 un total de 55 sitios habían sido añadidos bajo esta categoría.

La preocupación por el paisaje se ha traducido, lo hemos visto, en el interés por el territorio y el paisaje industrial, minero, agrario y rural en general; respecto a éste, como hemos visto, la observación permite descubrir un orden espacial, resultado del trabajo humano con objetivos precisos de cultivo y ordenación, y con unos valores y prácticas culturales unidas a una capacidad técnica determinada. También se destacan hoy espacios específicos como la montaña o el litoral, paisajes regionales, y paisajes urbanos.

La montaña se convierte en una ‘marca’ y los paisaje de ella en un patrimonio. Frente a la crisis que afecta a estos espacios de montaña, las actividades rurales y ganaderas en crisis buscan una salida a la misma poniendo énfasis en la calidad de los productos, en el turismo rural, y en los paisajes, especialmente en patrimonio natural que pueden promocionarse con eslóganes que hacen referencia al paraíso natural.

El paisaje urbano es de una gran complejidad, por la densidad de ocupación y la multiplicidad de funciones. Ha sido esencial la definición del paisaje en el Convenio Europeo de Florencia de 2000, que explícitamente señala que se aplica a todo el territorio, incluyendo los urbanos y degradados. La ciudad hoy, en su la extensión generalizada, tiene partes muy contrastadas, morfología y paisajes diferenciados.

En algunos casos se han tratado de tomar medidas para el acondicionamiento paisajístico, en los en-

tornos periurbanos en general, y en los accesos a ciudades, y pequeñas poblaciones.

Existe también un amplio movimiento a favor de una dimensión paisajística de los conjuntos arqueológicos de tipo diverso, de periodos protohistóricos e históricos, lo que se ha reflejado en estudios y movimientos para la defensa de sus entornos. Se ha prestado atención al impacto paisajístico de dichos conjuntos, desde los dólmenes y otros elementos de carácter prehistórico y protohistórico, a los conjuntos de arqueología antigua, medieval, musulmana y cristiana.

Todo ello ha dado lugar a la configuración de un nuevo campo del conocimiento, como es la arqueología del paisaje, con una amplia dimensión territorial. La cual lleva a una preocupación por las medidas de protección en el planeamiento urbanístico y territorial (como los planes generales de ordenación urbana, planes regionales), y a las medidas de protección, gestión y ordenación, con propuestas para la creación de parques culturales en torno a los monumentos arqueológicos, y a directrices concretas para la ‘descontaminación visual’ del entorno paisajístico de ellos.

Durante estos años la legislación existente había limitado la protección esencialmente al monumento arqueológico considerado, a su emplazamiento concreto, y estaba poco atenta al entorno en el que se sitúa. Hoy ha habido cambios también en este aspecto, ya que se ha pasado del espacio singular al territorio en que se inserta, insistiendo en la importancia de tener en cuenta el contexto territorial y paisajístico en que se levanta.

Especial interés tiene el movimiento hacia la valoración de restos megalíticos prehistóricos (como el de Stonehenge, los dólmenes de Antequera), y los debates a partir de ello sobre el significado de los emplazamientos, y el sentido de ver y ser vistos en relación con ellos.

Se ha insistido, por ejemplo, en la importancia del ‘legado’ que suponen los elementos arqueológicos de carácter megalítico, que tienen “un valor patrimonial intrínseco”, y a la vez enriquecen el paisaje regional. Además de ser considerados como ‘esculturas en el paisaje”, se estima que una de las enseñanzas que destacan en ellos es que “las sociedades del pasado fueron capaces de construir monumentos de una singular complejidad, menos avanzados tecnológicamente que los actuales pero de especial riqueza visual y simbólica”. Y se obtienen conclusiones sobre la necesidad de realizar una “monumentalización de nuevo cuño” de la generalidad del patrimonio arqueológico en sus relaciones con el paisaje circundante.

Se han realizado también propuestas concretas para el estudio y la clasificación del paisaje en diferentes países. Debe citarse en ese sentido el Atlas de los Paisajes de España, elaborado por el Ministerio del Medio Ambiente. A escala regional, en España, el Observatorio del Paisaje en Cataluña, ha elaborado un Catálogo de los Paisajes de Cataluña, correspondientes a los ámbitos de aplicación de planes urbanísticos parciales. Y el Centro de Estudios de Paisaje y Territorio, de Andalucía, ha elaborado el Mapa de los Paisajes de Andalucía, y ha realizado estudios sobre el paisaje en relación con la ordenación del territorio, el urbanismo, el patrimonio, el medio ambiente, la agricultura; así como sobre teoría y método del paisaje, y políticas de paisaje. Existen, además, diversas propuestas concretas y debates metodológicos en Europa, que no es ahora la ocasión de analizar.

Hoy se reconoce la influencia que tiene en la percepción del paisaje la movilidad del observador, y los desplazamientos laborales, sociales y recreativos. El paisaje ha podido ser mirado a pie, a caballo, en diligencia, en tren, en automóvil, en bicicleta. El paisaje desde el automóvil fue un tema de gran éxito entre los arquitectos, a partir de las obras de algunos autores.

Se han hecho, por ello, estudios sobre la percepción del paisaje al circular por carreteras, en los entornos urbanos y en la montaña. Esto explica que se haya pensado también en realizar estudios y catalogaciones del paisaje según se avanza por ‘carreteras paisajísticas’, concepto que tiene ya una cierta antigüedad, puesto que se utilizó en Estados Unidos en relación con las medidas de protección del paisaje (scenic ways, green ways, skyline ways, scenic roads...). Más recientemente, a partir de los diferentes convenios internacionales de protección paisajística, el concepto se ha revitalizado, y ha tenido numerosas aplicaciones prácticas. También se han elaborado manuales metodológicos sobre la carretera en el paisaje, debatiendo criterios para su planificación y proyectación, de manera que las carreteras se integren en el mismo; y se han hecho estudios concretos sobre recorridos y selección de carreteras paisajísticas.

A partir de estas experiencias, se han realizado en Andalucía valiosos estudios para crear una red de carreteras paisajísticas, que facilita visualizar y percibir variados paisajes regionales. Ello ha permitido elaborar, a partir de criterios diversos, un catálogo de las más importantes que pueden reconocerse en esa región española: un total de 46 tramos de carreteras con 1.666 kilómetros, que poseen un gran valor patrimonial y educativo. Se considera que estas rutas pueden constituir un buen factor de desarrollo territorial y rural. Al mismo tiempo, se ha explorado el paisaje en relación con el ferrocarril.

Se extiende la constatación de que los paisajes cambian rápidamente y que los que se forman hoy son a veces menos ricos y más banales que los que habían sido legados por la historia. De ahí la necesidad de políticas paisajísticas y de formas de gestión y ordenación del paisaje.

Un problema importante es el que se plantea con la instalación de elementos técnicos en el paisaje. Desde torres de líneas eléctricas de alta y muy alta tensión, hasta aerogeneradores y plantas fotovoltaicas. También sobre ello se han realizado estudios específicos de gran interés.

Se ha llegado incluso a proponer la puesta en valor de los paisajes perturbados. Por ejemplo, paisajes post-mineros, resultado de la explotación minera, valorando territorios degradados y encontrando belleza en los ejemplos de esa degradación por ejemplo, las escombreras. En esos espacios se pueden identificar paisajes diferenciados: lagos, presas y estanques, patrimonio industrial, paisajes de la energía, paisajes de poblamiento (poblados mineros..); e incluso paisajes que adquieren valor artístico a partir de la mirada estética sobre los residuos, convirtiéndolos en una especie de lan d art. Se trata de hacer atractivas áreas rechazadas y repulsivas. Paisajes desolados donde la misma desolación continúa al acabar la explotación económica, y que con esta nueva mirada pueden convertirse en atractivos estéticamente.

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