Proyectos integrados de arquitectura, paisaje y urbanismo 2011

AA VV

Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2011, 232 págs. Idioma: castellano

ángel martínez garcía-posada Universidad de Sevilla



canciones de verano

La última entrega de la revista sevillana Separata, un número doble dedicado a Robert Motherwell, incluía un hermoso escrito del artista en el que explicaba el modo en que pintaba en los meses de verano que pasaba en Provincetown: lo hacía en un almacén sin divisiones, adecuado para sus cuadros de gran formato, con radiante luz estival, “una luz tan seductora para los pintores modernos como la geometría para los filósofos y músicos de la antigua Grecia”. A veces, tras haber trabajado todo el día, contemplaba el espacio entre su taller y la orilla, y soñaba hacerlo suyo como un gran estudio abierto al viento. En ocasiones, la fuerza de este en la marea alta hacía saltar la espuma sobre las paredes. Después de unos años intentó pintarla él mismo, entonces comprendió que no podía imitar la naturaleza, y pasó a recurrir a sus procesos: con un pincel chorreante golpeaba el dibujo con vigor, pero el soporte se deshacía, tuvo que encontrar uno resistente; después compró mangos de un metro para los pinceles, arremetía contra el plano con la energía de todo su cuerpo, formando un arco de casi dos metros, surgía así una imagen parecida a la espuma de verano. Motherwell escribía al final de su explicación casi un cuento: “los oriundos nunca llegan a aceptar del todo a los veraneantes, pero eso no nos impide respirar la luz y el aire del mar tan profundamente como cualquiera, hasta meterlo casi en la sangre e incluso en los ojos, la mente y la muñeca que pinta”. El incansable viajero Bruce Chatwin presentaba en Los trazos de la canción la historia ancestral de los aborígenes que cantaban territorios, convirtiendo sus canciones en mapas de su lugar en el mundo. Aquel libro, el esfuerzo de un eterno veraneante por comprender los códigos de aquellos oriundos, se iniciaba con un vibrante primer capítulo que podía leerse como otro relato sobre un paisaje y la superposición contemporánea del trazado de las líneas de una red.

En 1956 la Asociación de Arquitectos de Alberta, Canadá, invitó a Richard Neutra a impartir una serie de conferencias, entre nosotros publicadas por Nueva Visión dos años más tarde con el título Un nuevo Renacimiento humanístico en arquitectura. En uno de sus pasajes, “Ambiente artificial versus fisiología básica”, el autor –excelente escritor y conferenciante– postulaba que todo organismo se funde con el universo, toda porción orgánica está amoldada a un conglomerado que prevalece en todo el cosmos, cada entidad viviente está aferrada a un universo con raíces que se complican con la evolución hacia niveles superiores; el hombre es quien posee los vínculos más complejos, y a veces contradictorios. Más adelante, añadía: hay un paisaje real que se extiende desde las galaxias más lejanas hasta nuestra proximidad más cercana, nuestra propia piel, y a través de ella, penetra en nuestro ser más íntimo. Toda escenografía interior y exterior son el mismo paisaje, no existen fronteras, cualquier envolvente, la nuestra, o la de cualquier entidad, también una arquitectura, es una superficie de absorción y difusión de energía y materia, en ambas direcciones y en virtud de multiplicidad de fenómenos. Neutra justificaba así el concepto de un gran paisaje integral, escenario de estudio y acción del arquitecto.

Wallace Stevens, el poeta que escribió que “el alma está compuesta del mundo externo” compuso el poema Anécdo ta del cántaro, aludiendo a la continuidad que atrapa los lugares circundantes en las cosas: “Puse un cántaro en Tennessee / y era redondo, sobre una colina: / hizo que el tosco páramo / sitiara a la colina. / Tendido alrededor, y ya no impuro, / hasta allí subió el páramo. / Redondo estaba el cántaro en la tierra / y alto y con porte en el aire. / Tomo posesión por todas partes”. En su poema Epirrema Goethe explicaba de un modo semejante su actitud ante el estudio de la naturaleza en continuidad: “Al contemplar la Naturaleza / no perdáis nunca de vista / ni el conjunto ni el detalle / que en su vastedad magnífica / nada está dentro ni fuera; / y por rara maravilla / anverso y reverso son / en ella una cosa misma”. A su modo también Emily Dickinson lo celebraba al entonar “todo a un mismo tiempo barrido, ésta es la inmensidad”.

El rico compendio de lecciones organizado por la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Zaragoza que el verano de 2011 algunos estudiantes pudieron disfrutar y hoy saboreamos los afortunados lectores en la cuidada edición de Lampreave– reúne catorce sabios discursos abiertos que se sitúan en este espíritu de transversalidad y continuidad, y componen un provechoso canto polifónico de un modo de mirar e interpretar la realidad, propio del arquitecto, perenne veraneante, logrando transmitir que la nuestra es una forma de pensar y actuar más allá de lo inmediato y de lo concreto, abogando además por una formación sin más especialidad que la que nace de los comportamientos personales y de los propios fundamentos de la arquitectura y sus circunstancias, humanas, espaciales y temporales. El sintagma Proyecto Integradoque en plural encabezaba este curso de verano –hay algo simbólico en que este mensaje resonara más allá de la oficialidad del calendario académico– se diría un pleonasmo, como pudieran serlo otras construcciones, así arte experimental o poesía del sentimiento, o algunos de los subtítulos parciales de los distintos ponentes, “La arquitectura como integración”, de Víctor Pérez Escolano, o “La mirada oblicua. La arquitectura como hecho cultural” de Carmen Díez Medina (junto a ellos, en un valioso, e integrado, elenco, Iñaki Alday, Carlos Ávila, Iñaki Bergera, Pablo de la Cal, José María Ezquiaga, Luis Franco, Carlos Labarta, Javier Monclús, Xavier Monteys, Javier Pérez Herrera, Ricardo S. Lampreave y Basilio Tobías). Esta sucesión de páginas permitiría ir trazando conexiones arquitectónicas –como artísticas y poéticas, reales y metafóricas– entre obras e ideas, desde una lectura estratégica y contemporánea. La escarcha en los cristales que fotografiaba Alison Smithson en su laboratorio doméstico del Pabellón Solar –una sinfonía de las cuatro estaciones–, la naturaleza cuarteada de las texturas de Lewerentz o Pikionis, las vistas difuminadas o expandidas de los edificios retratados por Sugimoto, la posibilidad de otear más allá de las nubes como el espectador de Friedrich, y otras lúcidas figuras estacionales que los intervinientes fueron desgranando, son acertadas analogías, entre la melodía y el acompañamiento, para este modo de leer y escribir, escuchar y cantar, proyectar el mundo alrededor, a cualquier lado de nuestra piel.

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