Antiarquitectura y deconstrucción: El triunfo del nihilismo

NIKOS A. SALINGAROS
Madrid: Mairea, 2014, 312 págs.
Idioma: castellano

Aurelio Vallespín
Universidad de Zaragoza
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La publicación por primera vez en español de Antiarquitectura y deconstrucción: El triunfo del nihilismo, en una edición conjunta entre la editorial española Mairea y la argentina Diseño, es una muy buena noticia para los arquitectos de lengua castellana. En este libro el autor otorga a la arquitectura un humanismo del cual muchas veces los arquitectos nos olvidamos, no es un humanismo en el sentido renacentista, sino en un sentido más social, concretamente de aproximación de la sociedad a la arquitectura actual, como generadora de vida o de muerte.

Este enfoque de cómo la sociedad entiende la arquitectura y la habita viene motivado por el propio autor, Nikos A. Salingaros, que no es arquitecto sino profesor de matemáticas y física de la Universidad de Texas. El contacto del autor con la arquitectura tiene su origen en la amistad con el arquitecto Christopher Alexander, autor de la Naturaleza del orden.

Cuando las opiniones de arquitectura son emitidas por críticos ajenos a la profesión, y sobre todo cuando estos provienen del mundo de la ciencia, se amplía el enfoque y se aportan nuevos puntos de vista, que compensan sus posibles carencias técnicas. Estas incursiones muestran valentía, siendo dignas de aplauso en una disciplina donde los arquitectos hemos ejercido las funciones teóricas, prácticas y críticas.

Es un libro de lectura imprescindible para conocer lo que opina la sociedad de la arquitectura que se construye actualmente. Con estos preliminares, el libro parece tenerlo todo para convertirse en un punto de inflexión de la crítica de arquitectura. Pero en realidad estas críticas, como veremos, pecan de lo mismo que censura el autor, con un agravante, que él define su crítica como objetiva y la considera lógica (p.14). Un claro ejemplo de esta falta de objetividad lo encontramos en las críticas sobre el libro que se recogen al final del texto, todas ellas positivas. En un libro comercial, entiendo que solo se reflejen las positivas, pero en uno tan provocador como este, escrito para crear controversia, un filtro de este tipo carece de sentido.

El libro está compuesto por 16 artículos, aunque en algunas ocasiones se repiten las ideas fundamentales, por lo que, para adquirir una idea general será suficiente hacer referencia a tres de ellos:

Muerte, vida y Libeskind : sin duda este es el artículo más interesante, donde se introducen los conceptos de geometría de muerte y geometría de vida. En él se explica cómo éstas se relacionan con los procesos generadores de muerte y de vida, constatando, como parece lógico, que el hombre siente una mayor afinidad con los entornos creados con procesos generadores de vida. Este concepto matemático, aparentemente novedoso, resulta similar al concepto físico de entropía, que mide el grado de desorden de un sistema y su cantidad de energía. Concepto que también se relaciona con la vida y con la muerte: en un proceso se genera una mayor entropía al eliminar restricciones del sistema, lo que significa un alto grado de desorden, que se transforma en energía y se traduce en vida. Mientras que, por el contrario, un sistema en equilibrio, carece de energía y se encuentra muerto.

El artículo se centra en el Museo Judío de Berlín de Libeskind como edificio relacionado con la geometría de muerte, lo cual provoca sofoco y tensión al visitante. En un museo con esta temática, después de las atrocidades que han sufrido los judíos en Europa, no parece descabellado pretender generar estas sensaciones. Por lo que, al igual que opina Salingaros, me parece acertada la elección de esta geometría para el museo. El problema no es el continente sino el contenido del mismo, ya que las obras que alberga hacen referencia a la vida, resultando una contradicción que confunde a los observadores. Este desconcierto no es achacable al arquitecto sino al proyecto museográfico que suele ser posterior a la arquitectura.

Este ejemplo de arquitectura de la deconstrucción bien resuelto con geometría de muerte le sirve para generalizar y afirmar que toda arquitectura deconstructivista es arquitectura realizada sin humanidad (p.61) y, por oposición, que la arquitectura tradicional –donde según él se defienden sus leyes– es arquitectura de vida. La generalización desde mi punto de vista es errónea, máxime con el ejemplo que indica de arquitectura tradicional: los museos de John Russell Pope, arquitecto autor del Jefferson Memorial en Washington. Por otro lado, podemos encontrar ejemplos de arquitectura deconstructivista creada con procesos generadores de vida, como sucede con el puente sobre el Ebro de Zaha Hadid en Zaragoza, donde además de la geometría orgánica de las vainas, el hecho funcional de conexión ya es generador de vida.

Este hecho se agrava con los ejemplos, especialmente cuando explica que la arquitectura tradicional es la misma que defiende el Príncipe Carlos de Inglaterra (p.139).

Agresión a la educación arquitectónica: el “golpe de estado” de Viseu : Este artículo manifiesta que en las escuelas de arquitectura se lava el cerebro a los alumnos con ideas modernistas y deconstructivistas (p.130). Aunque lo expresa de forma exagerada, como indican las comillas del título, este gesto denota que el artículo esta tratado como una teoría conspiratoria, habla incluso de complot (p.137), con el problema que ello conlleva. Utiliza un lenguaje emocional, técnica común para reforzar el mensaje del adoctrinamiento del culto, que él crítica duramente de la deconstrucción (p.172). Se podría decir que Salingaros utiliza las mismas técnicas que reprocha.

Arqu i t e ctur a eclesiástica contemporánea y la “c i ud a d de Dios” de San Agustín : La definición de la ciudad de Dios como la ciudad de las relaciones frente a la ciudad del diablo donde no se establecen relaciones me parece una definición poética y puedo estar de acuerdo con ella. La discrepancia, como sucede a lo largo de buena parte del libro, viene cuando se citan ejemplos: en este caso se refiere a los centros medievales como ciudad de Dios, mientras que como la del diablo se refiere a los edificios minimalistas, donde los muros lisos impiden las conexiones sensoriales (p.149). Personalmente entiendo el minimalismo de forma totalmente diferente al autor, ya que se trata de un movimiento donde las relaciones sensoriales se trabajan al extremo. Para conseguirlo muchas veces es necesario anular sentidos dominantes, como la vista, a favor de otros menos habituales, como el tacto o el olfato. Esto en ningún caso dificulta las relaciones sensoriales sino que establece otras más sutiles, pero seguramente más vividas.

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