¿Ciudad o suburbio? Reflexiones sobre construir en la periferia

E n el texto que a continuación se publica, Vittorio Magnago Lampugnani desarrolla una reflexión acerca de la necesidad de reconsiderar la disciplina del Urbanismo y sobre la construcción en la periferia de las ciudades. El texto se completa en la segunda parte con uno de los últimos proyectos del arquitecto e historiador de la arquitectura italiano, el barrio de Richti en Wallisellen, en la periferia de Zürich. Este proyecto, cuyas imágenes ilustran el texto, se presenta como paradigma de su discurso teórico sobre la ciudad actual y las opciones del proyecto contemporáneo.

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Frente a la periferia, o mejor dicho, al espacio suburbano, la cultura arquitectónica contemporánea adopta actitudes distintas y opuestas, que se pueden sintetizar esencialmente en dos posturas. Algunos lo interpretan como un no-lugar, al que se le niega todo tipo de cualidades, sociales o arquitectónicas e, incluso, la posibilidad de que algún día las pudiera adquirir. Otros, sin embargo, consideran el espacio suburbano como una forma vinculada a la ciudad actual, tan inevitable como en su día lo fue la ciudad histórica, una forma indudablemente nueva y tal vez sorprendente, pero en ningún modo privada de vitalidad y hasta de fascinación. Esta última visión positiva se anticipó al interés que el arte figurativo mostró más tarde por las periferias, no sólo entendidas como campo de observación social sino también arquitectónica. Uno de los primeros en prestar atención al tema fue el pintor realista Edward Hopper, que quedó fascinado por la arquitectura de los suburbios y las infraestructuras viarias que a partir de los años veinte caracterizaron las áreas suburbanas de los Estados Unidos. Tony Smith, representante del Minimal Art de finales de los años cincuenta, reconoció en los paisajes de infraestructuras viarias e industriales surgidos a lo largo de las autopistas la posibilidad de producir vivencias espaciales de verdad contemporáneas. El Pop Art absorbió finalmente el imaginario comercial de los suburbios y lo empleó en su producción artística. Otros artistas como Fischli y Weiss aparecieron con puntos de vista e interpretaciones siempre nuevos y, además, aportaron a las periferias pequeñoburguesas más desoladoras un soplo de respetabilidad cultural.

A pesar de la divergencia de posturas, tanto los arquitectos que desaprueban la periferia como los que la aceptan se muestran especialmente cautelosos hacia el objeto que suscita en ellos, respectivamente, rechazo o atracción, especialmente en lo que se refiere a la planificación y al proyecto. Para los primeros, no hay absolutamente nada que se pueda hacer, mientras que, para segundos, las cosas, tal y como están, están casi en orden. La realidad es que en el espacio suburbano se construye diligentemente pero, casi sin excepción, de forma puntual; prácticamente no se elaboran visiones conjuntas, ni en la teoría ni en la práctica.

El otro lado de la ciudad

El fenómeno de lo suburbano surgió a la vez que el urbano: ya en la antigüedad, un área con límites difusos indicaba la transición de la ciudad al paisaje circundante. Estas áreas, que durante siglos fueron residencia de los que además de un palacio en la ciudad podían permitirse también una villa en las afueras, se convirtieron en la mitad del siglo XIX en alternativa a la metrópolis contaminada, degradada e antihigiénica, susceptibles también de acoger a categorías sociales con ingresos medios y bajos. Si es cierto que, por un lado, el movimiento de la ciudad jardín de Ebenezer Howard jugó un papel pionero, también lo es que lo que Howard intentaba era reconducir este fenómeno de las periferias, que estaba ganando cada vez más terreno, mejorando los aspectos urbanísticos y sociales. No es casualidad que Raymond Unwin, destacada y respetada figura del Garden City Movement, se declarara, en su libro T own Planning in Practice de 1909, en contra de la ocupación arbitraria y casual de paisajes –hasta entonces no construidos– mediante casas que, levantadas unas junto a otras, no demostraban ninguna preocupación por atender a las necesidades comunes de sus habitantes. Incluso la Carta de Atenas de 1933, que por otro lado defendía con entusiasmo el progreso, hacía responsable del caos existente en las ciudades contemporáneas al crecimiento urbano incontrolado y desordenado de la edad de la máquina, atacando sobre todo a los asentamientos suburbanos.

Sin embargo, la sociedad de masas del siglo XX impuso cada vez más la vivienda unifamiliar con jardín como miniatura y sucedáneo del castillo aristocrático y, además, casi siempre sin ningún tipo de escrúpulo urbanístico. Los primeros suburbs, como el Hampstead Garden Suburb de Barry Parker y Raymond Unwin cerca de Londres, o el Riverside de Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux cerca de Chicago o el Coral Gables de George Merrick cerca de Miami, eran exclusivos, pero también inconfundibles y, tanto desde el punto del paisaje como del espacio urbano, de altísima calidad. Las intervenciones posteriores fueron sin embargo más bien monótonas y estereotipadas; independientemente de que fueran lujosas, asequibles o baratas. Como resultado de la interacción de fuerzas políticas, sociológicas, tecnocráticas y de economía de mercado, las ciudades estallaron, generando un gran número de asentamientos periféricos cada vez más fragmentados que ya no crecían desde el centro densificado, sino que lo cercaban mediante estructuras en su mayoría laberínticas y dispersas. Hoy en día en Europa aproximadamente dos tercios de la población vive en este tipo de asentamientos.

Tanto el fenómeno en sí como las estructuras que lo materializaron han recibido distintos nombres, en sucesivos intentos de comprenderlos, al menos teórica y conceptualmente: dispersión suburbana, suburbanización y, últimamente, sobre todo urban sprawl. El término fue acuñado ya en 1937 cuando Earl Draper, un colaborador de la Tennessee Valley Authority, utilizó en el texto de una conferencia sobre la transformación de las formas de asentamiento de las ciudades americanas el atributo “sprawling”. Su uso se consolidó tanto en la literatura científica como en la prensa, siendo después complementado en 1955 por Auguste Spectorsky con el término “exurbanity”, que hacía referencia a aquellas zonas que se encuentran entre la ciudad, los suburbios y el campo. Pero es precisamente esta forma de “exurban sprawl” la que actualmente se está propagando con más rapidez y la que parece estar afianzándose como el peor tipo de periferia, aunque, en realidad, ya no puede ser considerada como tal. Si tenemos en cuenta la extensión, la velocidad de crecimiento y la falta de planificación de estos desarrollos, los problemas tenían que surgir antes o después: problemas de tipo social, técnico, económico, ecológico y de espacio urbano. Estos últimos ya los detectó en 1960 el urbanista y teórico del diseño urbano Kevin Lynch quien, en su influyente libro The Image of the City, buscaba signos de identidad y en las aglomeraciones norteamericanas. Según su teoría, en el territorio moderno, en el que los edificios surgen unos junto a otros sin jerarquías, unos nuevos principios de forma deberían dar lugar a una nueva densidad de experiencias.

Repensando la disciplina del urbanismo

Por lo general, la mayoría de las teorías urbanísticas actualmente en boga comparten la convicción de que no hay forma de frenar la rapidísima expansión y la difusa fragmentación de nuestras ciudades. Si algo no se puede evitar, hay que aceptarlo y, además, puede ser interpretado positivamente.

¿Es la vertiginosa urbanización de nuestros paisajes de verdad aceptable? ¿Es necesaria e irremediable? Así se podría entender desde un punto de vista político, sociológico o económico; desde la perspectiva de la ecología, seguro que no. Hay que economizar los recursos de nuestra tierra, y entre nuestros recursos más valiosos está el paisaje. No podemos seguir poniendo a disposición cada vez más terreno edificable en las periferias de nuestras ciudades, anhelando con nuestras casas unifamiliares dispersas una naturaleza que irremediablemente destruimos, ni podemos continuar generando al mismo tiempo periferias que no son ni urbanas ni rurales. Tenemos que acercar nuestras posturas. En este sentido, no sólo motivos ecológicos desaconsejan una urbanización desenfrenada. Desde el punto de vista económico, ésta representa también una inversión equivocada, ya que genera unos costes casi incontrolables, siendo los infraestructurales que la post urbanización origina solo la punta del iceberg. Sociológicamente, contribuye a la destrucción del sentido común, ya que anula el espacio expresivo que es fundamento irrenunciable de toda sociedad solidaria, tolerante, integradora y optimista. Políticamente, no es menos contraproducente, por un motivo parecido: porque mina, erosiona y, a fin de cuentas, acaba negando la ciudad compactamente articulada como lugar de la res publica.

Pero el argumento decisivo en contra de la urbanización difusa y a favor de la ciudad compactamente articulada –obstinadamente declarada muerta, obstinadamente amada y preferida– es, sin embargo, de naturaleza demográfica. En Europa, Norteamérica y Japón el crecimiento de la población se ha estancado, por no decir que decrece. Desde el punto de vista urbanístico, de lo que se habla allí es de gestión innovadora de lo existente, no de expansión. Según investigaciones científicas recientes, tampoco en el resto de países la explosión demográfica, que llevó a cuadruplicar el número de habitantes de la tierra en el siglo XX, se prolongará por mucho más tiempo. Ya actualmente el crecimiento demográfico se está ralentizando, y se calcula que a mediados de nuestro siglo la población mundial dejará de crecer, se estabilizará; y en el tercer cuarto del siglo probablemente decrecerá. Es decir: también las ciudades, que actualmente se extienden tan rápidamente que parecen perder coherencia, se estabilizarán, a lo mejor incluso reducirán su tamaño.

Al cambio de paradigma demográfico tiene que seguir el urbanístico, el segundo ha de acompañar al primero, previendo los cambios y anticipándose a ellos mediante los proyectos. Para eso el urbanismo no solo ha de desarrollar nuevas competencias, sino también deberá recuperar otras frívolamente olvidadas. Ante todo, tendrá que recordar cuál fue su cometido original: la ordenación humana, funcional, sostenible, estética y culturalmente exigente de nuestro medio ambiente. Y tendrá que recordar también que no podrá llevar a cabo esta misión, si la planificación y el proyecto no avanzan (de nuevo) conjuntamente: por un lado, recabando de forma objetiva datos relevantes para el medio ambiente, estudiando su conexión y traduciéndolos en estrategias de actuación; y, por otro, aplicando de forma subjetiva estas estrategias mediante programas culturales y estéticos a una forma física claramente definida.

Historia de la ciudad y ciencia crítica

Los urbanistas deberán actuar como diseñadores y proyectistas, pero antes de ello como investigadores y científicos. El urbanismo no es tanto el resultado de una idea genial cuanto el paciente construir sobre fundamentos que en parte existen y en parte han de crearse desde cero. No es fruto de la casualidad que estemos ante una disciplina en la que los manuales han siempre proliferado: desde los tratados de la Antigüedad hasta los del Renacimiento, desde los del Barroco y el Clasicismo hasta los manuales del siglo XIX y de principios del siglo XX. La intención de todos ellos, más que establecer un canon era recopilar y codificar los conocimientos para que pudieran ser accesibles. El urbanismo es, en primer lugar –y aun siendo siempre y necesariamente creativo–, una ciencia. Pero una ciencia sin axiomas, que persigue, además del acto creativo, un trabajo metódico.

Para llevar a cabo este trabajo, la disciplina urbanística tendrá que recuperar su propia tradición. Esta mirada retrospectiva no contradice la innovación que reclaman las nuevas circunstancias, bien al contrario: lo radical y fundadamente nuevo solo puede derivar de una memoria con profundas raíces.

La deuda con la historia debe saldarse, en primer lugar, de forma metódica. Precisamente ahora que el urbanismo se prepara teórica y prácticamente para los cambios que anuncian una nueva época y que afectan a la ciudad y al campo mediante la revolución demográfica –y no en último lugar mediante la telemática– el urbanismo debe examinar su propio pasado en busca de teorías que hayan asimilado sistemáticamente cambios análogos: modelos arquitectónicos de ciudad generados en base a esas teorías que hayan demostrado su valor, o bien instrumentos de planificación que hayan puesto en práctica eficazmente esos modelos.

La historia de la arquitectura de la ciudad es, por lo tanto, una memoria de estrategias que deben ser analizadas para poderse adaptar a las exigencias actuales. Pero la historia del urbanismo es aún mucho más que eso: es también un instrumento de la crítica productiva. Y lo es por el hecho de que ésta, a través de las imágenes de la ciudad, penetra en las teorías urbanas sobre las que estas imágenes se basan, ofreciendo la llave para relacionarlas y, con ello, también la clave para valorar con fundamento los proyectos urbanos contemporáneos. En otras palabras: la crítica productiva permite tomar decisiones proyectuales que van más allá de las tendencias subjetivas dictadas por el gusto y de preferencias exclusivamente estéticas.

De esta manera, la actual arquitectura de la ciudad (de la construida, pero también de la sólo pensada y dibujada) es potencialmente ambas cosas: material de construcción y, al mismo tiempo, manual de instrucciones que permite emplear dicho material críticamente. El estudio de las ciudades del mundo ofrece una especie de tesauro de elementos –carreteras, plazas, parques, muelles en las riberas de los ríos y explanadas– variado en sus innumerables (y a menudo maravillosas) manifestaciones. Elementos que parecen estar esperando sólo a que los midan, los estudien y los reinventen. A su vez, el estudio de estos elementos proporciona los parámetros necesarios para valorar las nuevas propuestas, analizándolas en relación con las premisas de las que derivan y con las consecuencias que han originado. Dicho de otro modo: ayudan a proyectar con un grado mayor de reflexión.

El barrio de Richti como parte de la ciudad

El solar de 72.000 m2 donde a petición de la propiedad y del ayuntamiento se construye el nuevo barrio de Richti se encuentra al borde de la urbanización de Wallisellen que, en comparación con este, presenta una morfología urbana de menor escala. El solar limita al Norte con la estación, con sus vías, y también con el anillo de circunvalación, el Richtiring; al Sur, con el centro comercial Glatt y con la Neue Winterthurer Strasse que se desarrolla en dos niveles; al Oeste con la Industriestrasse, la Richtistrasse y la urbanización de Integra; y al Este con el viaducto del Glattalbahn. Un poco más al sur discurre la autopista. El entorno más cercano está conformado por una zona industrial deslavazada, urbanizaciones, más vías de tráfico, campos, barbechos, un pequeño bosque... Se trata, por lo tanto, de un ejemplo de lo que se le denomina periferia, urban sprawl o, mejor dicho, espacio suburbano. ¿Cómo había que edificar esta área circundada de vías de tráfico en un vecindario tan heterogéneo como éste? Su historia, vinculada a la industria, casi no sugería puntos de referencia; como tampoco como los ofrecía el contexto fragmentado. El programa –viviendas, oficinas, pequeñas empresas y un hotel– era manifiestamente urbano. Por este motivo optamos por un tipo de edificación urbana.

A favor de esta decisión estaba la voluntad, compartida por la municipalidad y la propiedad, de aumentar la densidad. Wallisellen es un lugar dinámico, situado a las puertas de Zúrich, no lejos del aeropuerto: su urbanización es tan inevitable como impresionante. De lo que se trata es de organizar esta área mediante estructuras atractivas desde el punto de vista urbanístico: el barrio Richti podía y debía ofrecer un primer modelo.

Plaza, calle, bloque

Se imponía la decisión de elegir una estructura urbana con una plaza central, una calle principal y varias calles secundarias. Este sistema, casi arquetípico, de espacios públicos define siete superficies edificables distintas. A pesar de estar constituido por elementos ortogonales, se deforma de tal manera que consigue imbricarse con el entorno eliminando costuras y, sobre todo, conecta la estación con el centro comercial. En la superficie que se encuentra situada frente al centro comercial Glatt se dispuso una torre; en las demás se han construido bloques cerrados en torno a patios interiores abiertos, todos ellos diseñados como zonas verdes.

Este diseño urbano se presentaba como el más apropiado, ya que prometía crear un oasis protegido en un contexto ruidoso y contaminado. La plaza y las calles, pero sobre todo los patios, están resguardados por las edificaciones y ofrecen un espacio de gran calidad para la estancia. A su vez, la calidad de estos espacios públicos revierte en los edificios, que se abren a ellos por medio de grandes ventanas, corredores, balcones y terrazas. De este modo comprobamos cómo, todavía en un mundo urbano cada vez más ajetreado, pueden crearse islas de sosiego, protección e intimidad.

Pero la estrategia de edificar recurriendo a la manzana cerrada aún da para más. Ésta genera, al separar nítidamente el espacio público del privado –sin excluir las zonas de tránsito o las áreas libres– un carácter claramente urbano, ya que concentra y define el espacio público, frente a evocaciones idílicas casi de naturaleza rural. Y permite, además, que los edificios responsables de esta separación y contraposición jueguen un papel no solo en lo público sino también en lo privado, tanto en los aspectos más urbanos como en los más idílicos.

Por otro lado, la edificación en forma de manzana cerrada permite alcanzar una densidad alta, de gran calidad espacial y climática. Ésta puede asumir distintas formas, con bloques grandes, pequeños, cubiertos, abiertos, regulares e irregulares: es, por lo tanto, extremadamente flexible y adaptable. Puede acoger distintos usos y diferentes capas sociales, a las que ofrece un hogar atractivo y urbano, siendo en consecuencia apropiada para conformar barrios funcional y socialmente heterogéneos y vivos. No es casualidad que la morfología de manzana cerrada haya jugado en la historia de la ciudad un papel tan continuado como importante.

Un nuevo barrio de manzanas cerradas

En el solar de Richti hemos retomado mediante la planificación urbanística esta tradición flexible, pero también exigente. Sobre el antiguo solar industrial no solo había que definir las edificaciones, sino también las calles. La conexión entre las estaciones de Wallisellen y Glattalbahn se convierte en la calle principal del nuevo barrio: la Richtiarkade. Prácticamente en su punto medio se abre la Richtiplatz, corazón del nuevo barrio y nuevo nexo con el centro comercial Glatt. Desde la plaza triangular parten hacia sur dos calles cortas: una que lleva a la entrada principal del centro comercial y otra que conecta con la rotonda de la Industriestrasse. Hacia el norte nace el Escherweg que enlaza con el Richtiring y, desplazado en paralelo, surge el Favreweg. Al oeste de la Richtiplatz, la Konradstrasse une la Richtiarkade con la Industriestrasse.

Todas las nuevas calles del barrio son rectas, pero debido a que, casi sin excepción, sus puntos de origen y fin hacen referencia al contexto, la trama geométrica a que dan lugar es oblicua. El espacio edificable que queda entre ellas presenta, por tanto, directrices también oblicuas. A excepción del solar que queda libre justo enfrente del centro comercial Glatt, que se destina a acoger una torre, el resto de los solares son lo suficientemente grandes como para construir bloques cerrados.

De esta forma, el barrio de Richti no consiste en unos edificios entre los que se delinean calles y plazas. Bien al contrario: nace del trazado de las calles y plazas entre las que los edificios surgen. El espacio público no es, pues, un espacio residual, sino el elemento que genera todo el barrio. Como tal, ha sido proyectado hasta su más mínimo detalle.

Las calles

Las calles existentes que dan acceso al barrio han sido rediseñadas y mejoradas. El trazado con varios carriles de la Neue Winterthurer Strasse y de su viaducto interconecta con un paisaje artificial de césped, setos, arbustos y, puntualmente, árboles; especialmente allí donde dicho trazado actúa como articulación entre el barrio de Richti y el centro comercial Glatt, el diseño se adapta a esta situación, lo que invita a atravesar a pie la zona. La Industriestrasse se conforma como vía de alta capacidad, pero en ambos lados aparece bordeada por grandes arces. La Richtistrasse y el Richtiring se plantean como verdaderos bulevares urbanos, con anchas aceras, carriles para bicicletas, una doble alineación de arces e, intercaladas entre los árboles, plazas de aparcamiento para visitantes.

De entre las calles que se construyen nuevas en el barrio de Richti sólo la Richtiarkade ha sido ideada para el tráfico rodado. Tiene una anchura de 15 m, a los cuales se añaden 4 m más de espacio porticado, que garantiza a los peatones protección en los días de lluvia y un agradable fresco en los meses de verano. Dicho pórtico se encuentra tan sólo a un lado de la calle, lo que le otorga un carácter asimétrico; en el lado opuesto, una hilera de robles define el límite de la calle con aparcamientos intercalados. La calzada, en comparación estrecha, está asfaltada; la ancha acera se pavimenta con pequeños adoquines de granito de color gris claro. Las tiendas y las cafeterías que acoge el pórtico convierten la calle en un bulevar urbano donde poder pasear. En coherencia con todo ello, también las fachadas de las casas que flanquean esta calle son marcadamente urbanas, sin pronunciados retranqueos o voladizos, y sin balcones. El pórtico se ilumina mediante luminarias suspendidas, mientras que en la calle se colocan farolas.

La Konradstrasse, el Escherweg y el Favreweg tienen una función radicalmente distinta, un carácter diferente y, por consiguiente, han sido diseñados de distinto modo. Se trata de calles residenciales por las que solo los residentes pueden circular y, delante de su vivienda, cargar y descargar. Por este motivo estas tres calles, sin excepción, están adoquinadas con piedra, con el fin de demostrar su pertenencia al mundo del peatón (y no al del automóvil) y de alcanzar una considerable calidad como espacio de estancia. Dicha calidad residencial se eleva mediante la presencia de los jardines que se han dispuesto delante de los bloques, y que no sólo sirven para proteger las viviendas de la planta baja de las vistas directas, sino que conceden también a la calle un carácter amable y acogedor. Un muro bajo de hormigón delimita los jardines delanteros y ofrece a la vez la posibilidad de sentarse. Farolas de media altura, dispuestas a ambos lados de forma alternada, ofrecen una iluminación matizada y agradable.

Las plazas

El corazón espacial y social del barrio es la Richtiplatz. Ésta ordena la Richtiarkade e introduce un acento urbanístico en el conjunto. Debido a que se puede utilizar para organizar mercados, exposiciones y otros eventos, está en su mayor parte libre. La plaza está adoquinada en sus bordes con los mismos bloques de granito gris claro que conceden a las calles residenciales su especial carácter; éstos se emplean también en la acera de la Richtiarkade. Delante del acceso principal de la torre el pavimento adoquinado se extiende, dando lugar a un acceso representativo. En el centro de la plaza se deja libre un extenso triángulo que presenta una superficie de arenilla. Su punto de atracción es una fuente de diseño sencillo, de travertino: es decorativa y, en días calurosos, ofrece fresco y diversión al mismo tiempo. Unos pocos nogales de gran tamaño dan sombra; unos bancos invitan a detenerse. Cuando hace buen tiempo, las cafeterías y los restaurantes pueden sacar mesas y sillas en las plantas bajas de los edificios situados en la plaza. También de esta forma la Richtiplatz producirá una importante contribución a la integración del barrio en la vida del municipio de Wallisellen.

En un lugar apartado de la Richtiplatz, al Este de la torre, se encuentra el Giardino segreto. Rodeado por un seto bajo, constituye, más allá del ajetreo de la plaza, una isla del asilamiento y de paz. Su diseño es sumamente sencillo: un camino pavimentado con grava, árboles bajos y arbustos. En verano se colocan aquí mesas y sillas que se sirven desde el restaurante en frente.

Aunque sea sin duda la plaza más importante, la Richtiplatz no es la única del barrio. En el Noroeste, en el cruce entre la Richtistrasse y el Richtiring, y en la salida del paso subterráneo de la ferrovía, que se revaloriza, toma forma una plaza de tamaño mediano también triangular: acceso al barrio y primera posibilidad de permanencia. También en la esquina sudeste, allí donde la Richtiarkade y el Richtiring confluyen en la parda de la Glattalbahn, se produce un ensanchamiento a modo de plaza. Un jardín, diseñado de forma acorde a este entorno concreto, constituye el espacio exterior del centro dedicado a hotel y seminario que se sitúa junto a él.

Todos los elementos de diseño urbano que conforman el espacio público han sido proyectados con economía y congruencia, los materiales son sencillos y sólidos. El mobiliario urbano es discreto y está reducido al mínimo.

Los bloques

A excepción de la torre, todos los edificios del barrio de Richti son bloques cerrados. Estos delimitan las calles y plazas y definen hacia el exterior el espacio público. En su interior se abren hacia los patios, que con una sola excepción no han sido edificados ni están cubiertos. Los edificios están destinados a oficinas o viviendas, aunque en la Richtiarakde y en la Richtiplatz se prevén cafeterías, restaurantes, tiendas y otros pequeños comercios en planta baja. A estos se añaden puntualmente estudios y ateliers.

Los edificios de oficinas, exceptuando la torre, son de cinco plantas, aunque la planta baja, que dispone de acceso directo desde el patio, en principio está prevista para usos comunes (cafetería, salas de reuniones). La profundidad de la crujía varía entre 18 y 22 m, lo que permite tanto la división en despachos individuales, como la disposición de oficinas combinadas o un único espacio libre. También es posible compaginar distintos tipos de oficinas, incluso en el mismo edificio. Las plantas sótano están ocupadas, sobre todo, por aparcamientos subterráneos y distribución de mercancías. Las azoteas se utilizan como terrazas ajardinadas.

Los edificios de vivienda también tienen cinco plantas; en cada una de ellas se desarrollan dos viviendas. Las viviendas de planta baja (entresuelo) disponen de acceso directo al jardín; las de las plantas superiores cuentan con amplias terrazas que, en su mayoría, se asoman al espacio verde comunitario. Los espacios bajo cubierta, como ocurre en los edificios de oficinas, se utilizan como azotea y están conectados a los áticos. La profundidad de la crujía permite proyectar viviendas de doble orientación con una extraordinaria iluminación natural. En la planta sótano se han colocado los lavabos, los trasteros y el parking subterráneo.

En función de la variedad de usos y de la morfología de cada bloque, cada edificio tiene su propio carácter, habiendo sido diseñados por distintos arquitectos. Esta circunstancia genera esa variedad que hace tan atractivas, amables y habitables nuestras ciudades históricas. Al mismo tiempo, los edificios mantienen entre ellos un dialogo no solo urbanístico sino también arquitectónico. Los unos hacen referencia a los otros, se responden y se toman en consideración mutuamente. Todos ellos comparten la adhesión a una individualidad moderada que se subordina a una idea comunitaria.

Los patios

De los seis patios del barrio de Richti, el situado al sureste se ha cubierto con el fin de crear un espacio comercial en el lugar más favorable del barrio desde el punto de vista del tráfico; los cinco restantes se encuentran a nivel del suelo y están ajardinados. En clara oposición con las geometrías de líneas rectas de los edificios, el diseño de los patios es orgánico, se caracteriza por un trazado de círculos y curvas suaves. Los patios de las manzanas limitan con los jardines privados asignados a los pisos de la planta baja; sus superficies centrales, de mayor tamaño, se destinan a uso común. Están cubiertos de césped, cuentan con árboles y arbustos, y en las zonas más soleadas disponen, cada uno de ellos, de un parque de juegos infantil y de un lugar central de encuentro y de estancia. Caminos curvos de marga hacen accesible estas superficies verdes situadas en el centro de los patios desde los accesos que conectan con las calles. Además hay rincones para sentarse, pérgolas e incluso un pequeño estanque. De este modo, los patios, al estar conectados unos con otros, se convierten, gracias a su permeabilidad, en un parque para barrio que, si bien está fragmentado, constituye al mismo tiempo una unidad. Introduce, en cuanto nueva interpretación del jardín inglés, una porción de naturaleza domesticada en el barrio, creando así una atractiva área de recreo.

El espacio vital

A pesar de que el barrio de Richti pertenece a Wallisellen y forma parte de él, se presenta al mismo tiempo como un organismo urbano autónomo y singular. Es una ciudad en la ciudad; pero no una urbanización cerrada a modo de gated communitiy, sino un barrio especial, en la mejor tradición de la ciudad europea.

Su peculiaridad no radica sólo en la nueva dimensión urbana que el barrio de Richti introduce en Wallisellen, sino también –y sobre todo– en la heterogénea uniformidad que lo caracteriza y en el ambiente cordial y auténtico que irradia. La unidad se debe tanto al concepto del plan urbanístico, como a la cohesión que existe entre los edificios de vivienda: junto a una serena adecuación al entorno, se reconoce una noble discreción, una utilidad estéticamente elaborada. El proyecto renuncia a la imitación nostálgica, pero también a la modernidad obstinada. Su objetivo estético es la serenidad, la calma, su fin es crear un escenario discreto para la vida urbana y para la vida en comunidad.

Los patios, las calles, las plazas irradian sencillez, solidez y hasta un lujo mesurado. No es ese tipo de lujo que busca distinguirse mediante una decoración sobrepuesta, sino el que deriva de una solidez cualitativa. La calidad artesanal de los edificios, en los que la moderna tecnología al más alto nivel se conjuga con el diseño de acreditados detalles, contribuye a conseguir este objetivo. Es así como se alcanzan cualidades como el confort y el valor intrínseco. En el barrio de Richti no hay espectáculo, pero tampoco domina la racionalidad calculadora: su esencia radica en esa discreta sofisticación que hace que la arquitectura perdure, que envejezca bien, que pase a formar parte de la identidad de sus habitantes.

E n este proyecto, han participado los siguientes estudios de arquitectura: Baukontor Architekten, Zürich; SAM Architekten, Zürich; Wiel Arets Architects, Zürich und Amsterdam; Max Dudler Architekten, Zürich und Berlin; Diener & Diener Architekten, Basel; Joos & Mathys Architekten, Zürich .

 

 

Vittorio Magnago Lampugnani nace en Roma en 1951. Estudió arquitectura en Roma y Stuttgart, doctorándose en 1977. Ha impartido clases en Harvard, Frankfurt am Main y Pamplona. Desde 1994 es profesor de Historia y Diseño Urbano en la Escuela Politécnica Federal (ETH) de Zürich, donde dirige, desde 2010 el Instituto de Historia y Teoría de la Arquitectura (GTA). Entre los proyectos más importantes de su estudio de arquitectura de Milán, destacan: bloque de oficinas 109, Berlín (1991-1996); grupo de viviendas en Maria Lankowitz, cerca de Graz (1995-1999); plaza de entrada a la fábrica de Audi en Ingolstadt (1999-2000); diseño urbano del Campus Novartis en St.Johann, Basilea, (2001 y siguientes); master plan del Campus Novartis en East Hanover (2002 y siguientes); estación de metro Mergellina, Nápoles (2004-2011); regeneración de las riberas del Danubio, Regensburg (2004 y siguientes); master plan del área de Richti, Wallisellen, incluyendo el proyecto de los espacios abiertos y de un bloque de viviendas con equipamiento comercial (2007 y siguientes). Cuenta con numerosos textos académicos y exposiciones de arquitectura.

ISSN versión impresa: 2341-0531 / ISSN versión digital: 2387-0346. Copyright © 2016 ZARCH. Todos los derechos reservados