Conversación con Gilles Clément

Llegamos al lugar de la cita donde Gilles Clément nos recibe con una amplia sonrisa y nos estrecha la mano de forma afectuosa. Su apariencia rompe con los moldes de un supuesto pope del paisajismo internacional: cazadora negra de cuero (que deja traslucir su pasión por las motos, con las que ha recorrido el mundo entero), mochila en la que alberga sus lecturas y escritos, pelo cano ordenadamente despeinado que nos traslada una imagen de genio despreocupado...

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Hablar con Gilles Clément es siempre un placer. Es cálido y cercano, habitualmente más preocupado por conocer la realidad del lugar que visita que de imponer su visión sobre las cosas.

De palabra pausada y envolvente, habla un español con un cierto acento hispanoamericano, fruto de su experiencia vital por aquellas tierras, y te sorprende con sus giros franco-españoles que, salidos de sus labios, podrían convertirse en nuevos términos que acuñar en el lenguaje del paisaje internacional.

Le hemos citado para que nos hable de su visión particular del jardín y el paisaje. Una visión que ha roto moldes en muchos ámbitos y que, como tal, tiene sus entusiastas y detractores. Una visión transformadora pero que se basa en la observación de todo cuanto le rodea. Una visión, en definitiva, innovadora con la que desarrollar no solo un modelo conceptual sino propuestas concretas de intervención.

En su bagaje profesional ha trabajado desde las líneas más conceptuales y teóricas hasta el diseño y mantenimiento de zonas verdes en todas las escalas. Y tras ello sigue empleando más el concepto “jardín” frente al del “paisaje”.

Sí, es cierto que me defino antes como jardinero que como paisajista. Ambos colaboran con los arquitectos, pero un paisajista puede hacer un paisaje trabajando con materiales que pueden ser, por ejemplo, hormigón o plástico, sin que haya ninguna planta ni ningún ser vivo en su intervención. Pero en el caso de un jardinero esto no es posible: el jardinero trabaja siempre con seres vivos, con las plantas, con animales, a veces, y sobre todo, con el tiempo.

Lo más importante para nosotros es lo que se desarrolla durante los años a partir del momento en el que el jardín se ha realizado. Cuando un arquitecto finaliza su trabajo (un edificio, por ejemplo) su labor se ha acabado. Cuando un paisajista finaliza su trabajo, empieza propiamente el jardín, y no se sabe cuando acaba, porque el trabajo del jardín y del jardinero no termina nunca.

Una vez que se termina un edificio, si no hay nadie para cuidarlo, el edificio se va a la ruina. Pero en el caso de un jardín, si no hay nadie para cuidarlo, si no existe un jardinero, el jardín se convierte en una selva. Si no hacemos nada, por ejemplo, de un baldío, éste se transforma en una selva. Bueno, en Aragón quizá no, aunque siempre hay especies que sobreviven creando un paisaje natural. Por eso digo que si no hacemos nada, los paisajistas somos útiles para el mundo porque los árboles dan oxígeno y eso lo compartimos: se mejora la calidad del aire y se genera un beneficio para todos. No hay muchas profesiones en las que sin hacer nada se sea tan útil para todo el mundo.

El jardín para mí es una cosa muy importante. Empecé mi trabajo con mi propio jardín, que es para mí un espacio de experimentación, un laboratorio. Pero luego tuve la oportunidad de hacer parques, espacios públicos en ciudades, jardines, etc.

Paisaje para mí es todo lo que se desarrolla por debajo de la mirada o del resto de los sentidos. Una cosa subjetiva, vinculada a la cultura de cada uno, es algo completamente personal. Sin embargo Medioambiente es la mirada objetiva de las cosas, aspectos medibles: por ejemplo la acidez del suelo, los decibelios del ruido...

El Jardín está hecho de estos dos conceptos: subjetivos y objetivos. Un jardín es un sueño, es una cosa ideal, que se desarrolla dentro de un recinto que sirve para protegerlo y en cuyo centro se configura lo mejor del mismo. Por ejemplo, en el jardín arabo-andaluz aparecen los cuatro ríos del paraíso, donde el agua se localiza en el centro y organiza los distintos espacios. Estas civilizaciones se han desarrollado en zonas donde el agua es escasa y supone un tesoro. En el jardín romántico se apuesta por una dramatización de la naturaleza y se crea un belvedere, un punto alto, un observatorio, desde donde se dice lo que tenemos que ver. Pero existe una diferencia entre lo que se vive en este espacio y lo que se ve desde él.

Pero hoy ¿qué es lo más importante?, ¿qué es lo que tenemos que proteger? La ecología se desarrolló a principios del siglo XX, y ha ejercido una notable influencia. El desarrollo urbano incontrolado es terrible, y no es posible un desarrollo de este tipo de manera infinita.

El agua circula alrededor del planeta, y se encuentra en los animales y las plantas. Y tiene que ser de alta calidad para el futuro si no, no podemos vivir. Somos dependientes de todo eso y además dependemos de una diversidad. Todo lo que comemos, bebemos, viene de esta diversidad sobre el terreno.

Por eso hoy en día ¿qué hacemos si tenemos que hacer un jardín?, ¿qué vamos a escribir?, ¿qué vamos a decir?, ¿qué colocamos en el centro del jardín?, ¿cuál sería el mensaje a transmitir?, ¿sería un mensaje como antes, con el planteamiento clásico, con una construcción en el centro que nos cree una perspectiva, como manera para representar el poder?, ¿o sería una visión romántica? Yo creo que nada de eso.

Pienso que habría que concebir un espacio para la vida, pero ¿cómo dibujamos eso?

Es un asunto difícil porque estamos acostumbrados a hacer un dibujo para un espacio, por ejemplo un parque, sobre una mesa, con papeles y lápices, y dibujamos una forma, pero ¿por qué esa forma determinada?, ¿qué quiere decir? Es un problema.

Puede que no haya ningún dibujo ni concepción formal para explicar algo que corresponda a nuestro tiempo y probablemente sea un dibujo distintito que debe adecuarse a cada terreno, a cada clima, a cada suelo, a la gente que vive allí...

Eso yo lo experimenté en mi propio jardín. Yo quería proteger la vida y la diversidad. Para ello tuve que olvidar lo que había aprendido, porque lo que me habían enseñado era a matar, solamente matar: ir “contra” los insectos, “contra” las plantas, “contra” los topos...

Yo empecé a trabajar muy joven y durante cinco años lo hice en jardines para clientes particulares. El modelo cultural de entonces era tener el jardín perfecto, en el que los montoncitos de tierra que generan los topos eran inaceptables. Aprendí a matar topos, con venenos terribles, que mataron algunos perros también, porque era estricnina.

Un día fui a ver a un cliente, y en su cocina había una ventana abierta sobre el jardín, y vi que él tenía una escopeta y me dijo: a las siete de la mañana, a las doce y a las cinco viene el topo. Y él disparaba desde la ventana de la cocina, era una cosa terrible. Eso cambió completamente mi punto de vista.

La otra anécdota crucial fue que me hice un corte en la frente y la herida se infectó por el veneno que utilizaba para matar animales, y estuve dos días enfermo. Y me pregunté: ¿cómo es posible que para mantener el jardín haya que matar todo? ¡Incluso al jardinero!

S u jardín es su terreno de experimentación y parecen haber brotado de él no solo un conjunto de plantas interesantes sino una apasionante reflexión sobre la teoría del paisaje y su implementación en las zonas verdes, sobre todo en lo referido al Jardín en Movimiento.

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Así es. En ese jardín hay dos zonas con dos mantenimientos diferentes: en determinadas zonas se hace un mantenimiento de manera muy minuciosa (un espacio reducido), y en el resto se deja que se produzca un desarrollo natural, donde la naturaleza brota con su propia energía, apareciendo una mezcla de especies autóctonas y exóticas. Yo digo que si hay una compatibilidad biológica entre las floras autóctona y exótica, hay una compatibilidad ecológica también y que la mezcla planetaria de esas especies que vienen de fuera y las locales, pertenece al mecanismo de la evolución. Un mecanismo que se da mucho antes de que el hombre apareciera sobre el planeta, aunque hoy en día se produzca con una mayor rapidez.

Al principio vi que en el terreno crecían un montón de plantas que yo ni había imaginado que existían en este lugar. Estas plantas brotaban de semillas que estaban antes en el terreno y que aguardaban el momento oportuno para crecer. Hay en definitiva una biodiversidad que no se ve. Existe un banco de semillas latentes que no podemos apreciar pero que, cuando se dan las condiciones adecuadas de temperatura, luz y humedad, aprovechan para desarrollarse y crecer.

El jardinero tradicionalmente funcionaba por sustracción: el mantenimiento obligaba a sacar del terreno las plantas que no se querían allí. Pero en mi jardín las plantas aparecen y se dejan. La imagen cambia constantemente y por eso se llama Jardín en movimiento, un jardín en el que hay plantas que están y otras plantas, viajeras, que van a venir.

Los árboles no son especies pioneras y tienen otro modelo de desarrollo diferente. Por ejemplo en mi jardín se cayó un manzano. El árbol no murió, empezó a rebrotar y salió una rama hacia arriba, y la dejé crecer.

Hay mucha gente que piensa que los árboles no tienen un programa de envejecimiento, y sobreviven, y si mueren lo hacen por una enfermedad, o por una tormenta. Los árboles pueden sobrevivir, por eso como jardineros, si hay una rama enferma, no es necesario matar el árbol, tan solo podarla. Cada rama tiene un comportamiento diferente. La manera de ver las cosas en el jardín hoy es completamente distinta.

El Jardín en movimiento viene de la observación de una especie invasora que apareció en mi jardín: Heracleum mantegazzianum. Un planta que todo el mundo odia, porque se desarrolla mucho y también porque quema la piel. Pero a mí me encanta. Esta planta es muy interesante porque sobrevive por la semilla que los animales trasladan de un lado a otro.

Yo sabía que estas semillas habían venido a mi jardín desde fuera y crecieron en un lugar de paso, y ¿qué iba a hacer?, ¿sacarla o dejarla? Yo elegí conservarla y cambiar el camino, y seguir siempre así. El jardinero debe seguir las energías del jardín, incluso el movimiento físico de estas plantas, y por eso se denomina el Jardín en movimiento.

Hay un conjunto de plantas arvenses que están desapareciendo porque en los cultivos se aplican herbicidas para eliminarlas. Estas plantas se desarrollan en cuanto se remueve el terreno. En mi jardín, el topo remueve la tierra, y por eso pueden crecer las semillas que no podrían crecer en un césped denso y mantenido artificialmente. Es una diversidad que se mantiene gracias al topo, porque remueve la tierra, y debemos agradecérselo a él. Además, todo eso es gratuito. De tal manera que en mi jardín se combina un mantenimiento doble: artificial y natural. Y cambia siempre de un año a otro.

Sin embargo usted va más allá de los límites su propio espacio ajardinado, entendiendo que el conjunto del planeta actúa como un gran jardín.

En efecto, porque el pájaro, la libélula, el viento, se lleva las semillas a otros sitios y las plantas aparecen en el jardín de al lado de tal manera que se puede pensar que el jardín es todo el mundo. Por eso yo digo que hay la posibilidad de entender la tierra viéndola como un jardín.

Tres son las razones por las que se puede ver así:

La tierra considerada como un jardín: el Jardín planetario, porque está antropizada, cubierta y controlada por el hombre. Incluso en los lugares inaccesibles, tenemos vista satélite de las zonas.

La mezcla planetaria se encuentra por todos los lugares del mundo: plantas que vienen de un continente se meten en otro, bien porque lo hacen los animales desde el inicio de los tiempos, bien porque lo realiza en hombre, sobre todo desde el siglo XIX.

La definición propia de la palabra jardín: un recinto. Porque todo eso se desarrolla en un espacio, la biosfera que tiene unos límites, de tal manera que los límites del jardín se corresponden con el espesor de la capa que llamamos biosfera.

Por eso lo llamo yo Jardín planetario y por ello podemos entender que todos los habitantes de la tierra somos jardineros, sin saberlo, pero lo somos. Todo lo que hacemos tiene consecuencia sobre el aire, el agua, el suelo, los sustratos que permiten la vida...

Visitando en una ocasión la isla de La Reunión, la vista de su costa me permitió apreciar que, entre los dos niveles de agua que veía (nubes y mar), se podía intuir el agua que no se ve (humedad ambiental de la capa aire). Pues bien, nosotros vivimos en esta capa de agua que se recicla continuamente: eso es el Jardín planetario.

Para mí la libélula es un símbolo del Jardín planetario, vive como una larva carnívora en el fondo del agua, luego cambia su última muda a nivel del agua y finalmente va desde el agua que se ve, al agua que no se ve, en el aire.

La diversidad proviene originalmente de un aislamiento geográfico. Si vemos un mapa de la tierra, vemos muchos puntos que son islas, que son las condiciones perfectas del aislamiento. Las plantas y los animales se desarrollan en unas condiciones tan aisladas, que proviniendo de orígenes comunes, las especies (animales o vegetales) van evolucionando en cada isla de manera independiente de forma que terminan siendo especies diferentes.

Actualmente la diversidad está descendiendo. Por una parte porque la globalización y antropización del planeta hace que los mecanismos de aislamientos sean cada vez menores y por tanto la especiación por este tipo de estrategia disminuya. Pero la razón más importante de la pérdida de biodiversidad es la desaparición de hábitats, es decir de los ecosistemas donde viven determinadas especies.

Y eso se debe a que estamos siempre ampliando las ciudades (muchas veces sobre terrenos fértiles), haciendo carreteras, aeropuertos. Todo de una manera torpe. Eso sí que son causas importantes de la desaparición de especies en todo el mundo. Eso y la contaminación.

La mezcla de especies es algo que pertenece a un mecanismo evolutivo. Es cierto que de vez en cuando algunas especies desaparecen. Las especies exóticas pueden estar desplazando algunas especies autóctonas. Y porque no. Nosotros tenemos robles en nuestro país y vinieron de España. El roble es un árbol mítico, sagrado. Pero no existían antes en Francia. Fue un pájaro el que lo trajo desde la península ibérica hasta el norte y gracias a eso nosotros tenemos bosques de robles sagrados.

A lgunos ejemplos de dicha visión planetaria son los que aplica en sus proyectos de los jardines del Domaine du Rayol y del Quai de Branly. Háblenos de ellos.

El Jardin du Domaine du Rayol, es un espacio relacionado con el bioma mediterráneo. Las plantas pueden viajar y desarrollarse pero para ello necesitan de un clima similar al de sus zonas de origen (una planta tropical se puede desarrollar en otra zona del planeta con clima tropical: ésto es un bioma). El bioma mediterráneo fue, por tanto, el tema del Jardin du Domaine du Rayol.

En uno de mis trabajos realicé un dibujo con un continente teórico que comprende los diferentes biomas. El bioma mediterráneo es relativamente pequeño pero posee una gran biodiversidad.

El Jardin du Domaine du Rayol se encuentra en la costa azul de Francia, cerca de Saint Tropez, en lo que fue una propiedad privada. Desde hace más de 20 años trabajo en este terreno que compró el Conservatorio del Litoral. Tiene 25 hectáreas de las cuales 7 son de jardín.

En él he creado paisajes que se refieren, cada uno de ellos, a una región del mundo donde hay este clima (Chile, África del Sur-Ciudad del Cabo, Suroeste de Australia...). El terreno es un poco complicado y en él se muestran diferentes plantas como algunas de las Islas Canarias, Eucaliptus de Australia, plantas de África del Sur, Nueva Zelanda...

Viajando por todos estos países para buscar plantas que incorporar a estos jardines, me di cuenta de que todas estas plantas viven con la dinámica del fuego. Esto lo descubrí en África del Sur. Cuando hay fuego nadie se encarga de apagarlo, hay fuego y ya está, porque es muy difícil luchar contra el fuego, y además es útil para toda la flora que no puede sobrevivir si no hay fuego.

Hay un choque térmico que hace que las semillas latentes, que pueden estar así años y años, germinen una vez se produce este choque térmico. Hay otras que necesitan un choque químico, generado por el humo, para germinar.

Para hacer germinar determinadas especies, en el Jardindu Domaine du Rayol los jardineros ponen las semillas en la sartén, sin cocerlas para no matarlas. Solo un instante para producir un choque térmico y después las siembran. Otras especies las meten en bolsas de plástico con humo antes de sembrarlas. Estas técnicas son perfectas para que puedan germinar y crecer.

Eso es considerar el fuego, es decir una cosa terrible, que nos da miedo, que no sabemos qué hacer sino huir, como una herramienta del Jardín planetario. Tuvimos dificultades para convencer a la gente del Conservatorio del Litoral porque se podía sospechar que, con estas técnicas, los jardineros nos estuviéramos convirtiendo en unos pirómanos.

Hay plantas que no florecen si no ha habido cenizas tras un fuego, por el ejemplo el Lirio del fuego. Otras son pirófitas pasivas, como algunas plantas que permiten que se queme la parte exterior para proteger la zona interna que es capaz de rebrotar una vez pasado el incendio.

El jardín del Museo del Quai de Branly en París es otro ejemplo en la investigación del Jardín planetario, pero en este caso se refiere a la diversidad cultural y no a la diversidad biológica

Cuando tuve que hacer el proyecto, leyendo los mitos que habían escrito los especialistas sobre estas culturas de poblaciones sobre todo budistas, me di cuenta de que había un símbolo que siempre existía: era la tortuga. Es un símbolo planetario. Yo no lo había imaginado.

Por ejemplo, en el mundo asiático, antes de venir el Islam y el Indo-Budismo, había una idea de que la tortuga llevaba el mundo encima. En África, en determinadas poblaciones, hay sillas donde se sientan a los reos y tienen forma de tortuga. En América del Sur hay unos indios que construyen sus campos con forma de tortuga y la cola va en la dirección del río y en América del Norte los indios Hurones hablan mucho de la tortuga.

Entonces yo la utilicé como un símbolo para dibujar el patio del museo, refiriéndome con ella a la diversidad cultural. He dicho al principio que en realidad no hay posibilidad de hacer un dibujo, una representación formal que plasme el concepto de Jardín en movimiento y de Jardín planetario: hay que dibujar en la naturaleza con las herramientas del jardinero. Pero en el jardín del Museo del Quai de Branly elegí la forma ovalada de la tortuga, y se ve por todos los lados el dibujo que se ha hecho con estas formas ovales (en la terraza del edificio, en el patio inferior, en piedras dispersas por el jardín...).

El paisaje de este jardín es un paisaje no occidental, se refiere más a la sabana con árboles. Paisaje a la vez natural, pero en realidad sofisticado, aunque de mantenimiento muy fácil.

Además de estos dos proyectos estoy trabajando en otro de carácter simbólico que se refiere a la guerra, en concreto a la Primera Guerra Mundial. Visitando la zona del norte de Francia, hay cementerios por todos los lados, es terrible. Pero viene mucha gente de todos los continentes para ver estos escenarios donde murieron sus familiares.

Yo escogí un lado del lago que hay junto al museo. Es un símbolo, un proyecto muy pequeñito. Consiste en crear cinco isletas, con plantas referidas a los cinco continentes, y una sexta isla a la que no se puede acceder porque no hay camino. Las especies utilizadas pertenecen al bioma templado (porque es el bioma del lugar del proyecto) y provienen de los cinco continentes, aunque se plantan mezcladas.

La gente que viene al museo, utiliza el barco, compra o no compra una planta de su país (ya que hay un vivero en esta zona) y las planta en las isletas. Como el espacio es reducido, he decidido que una vez se encuentren plantados todos los espacios de las isletas, la operación continuará en las zonas de las orillas del lago.

La idea que se quiere transmitir es que las personas vinieron aquí para luchar, para matarse. Ahora, las especies se plantan para convivir.

O tra de sus líneas de reflexión y trabajo es el denominado Tercer paisaje. ¿A qué se refiere cuando plantea este concepto?

T e rcer paisaje es el lugar donde se refugia la diversidad que no puede instalarse en otras partes porque el hombre está interviniendo constantemente, impidiendo que se desarrollen. Muy a menudo son baldíos, o terrenos abandonados durante tanto tiempo que se convierten en bosques o selvas, o lugares donde el hombre nunca accedió y todo eso protege la diversidad.

No podemos seguir considerando los baldíos solamente como el abandono del poder del hombre sobre esos espacios. Son lugares con un tesoro genético que aseguran el futuro y que se produce sobre todo en las interfaces (sombrasol, bosque-pradera, agua-tierra...).

Hoy se observa en Europa como la mecanización hace que se trabajen las zonas topográficamente más sencillas y se abandonen las complejas. Antes, incluso en esas zonas había gente que se encarga de explotar las pendientes difíciles con animales (cabras, ovejas, vacas...). De esta manera en las zonas llanas han ido despareciendo los setos, los árboles. Sin embargo en las zonas de topografía compleja hoy hay más biomasa que cien años atrás.

De vez en cuando estas zonas de pendiente parte coinciden con espacios sacralizados, como las laderas de Japón. Y en Buenos Aires, por ejemplo, en el Río de la Plata, se planificó una zona de expansión de la ciudad pero con la crisis no construyeron nada, y se convirtió en una reserva ecológica de la ciudad de Buenos Aires. Un Tercer paisaje.

En Francia, teníamos un proyecto en el eje de la Défense, pero cambiaron de idea y ahora piensan hacer un campo de rugby enorme.

Hace tiempo las personas que se encargan del planeamiento de las ciudades (Montpellier, Bordeaux, Lyon...), nos pidieron unos estudios sobre el tema del Tercer paisaje.

Existen publicaciones del Manifiesto del Tercer paisaje en varios idiomas (en español también) y en francés se puede consultar libremente ( copyleft) en mi web. En esta publicación explico cómo un político puede utilizar este concepto para imaginar un urbanismo diferente. ¿Hacemos algo o no con los espacios que son considerados como abandonados, como residuales?

Hemos propuestos tres tipos de intervenciones:

En espacios frente a una escuela o lugares similares vamos a imaginar un proyecto para la gente.

En otros que son demasiado pequeños, vamos a hacer un mantenimiento tipo Jardín en movimiento.

Finalmente, en otros no vamos a hacer nada. Es importante no hacer nada. Es un refugio de biodiversidad y eso es un tesoro que no existe en otra parte de la ciudad, por lo que los vamos a proteger. Es necesario que existan ese tipo de lugares porque pertenecen de manera urgente al desarrollo de la ciudad del futuro.

Hicimos un mapa de la Isla de Lanzarote con este tema con proyectos que nunca se hicieron. También hicimos una exposición en el Centro de Arquitectura de Montreal con objetos y plantas para mostrar la biodiversidad.

Uno de los proyectos que habla del Tercer paisaje es el parque Henry Matisse en la ciudad de Lille, un parque de ocho hectáreas. Sobre la cumbre de una colina se ha realizado un montículo de paredes de hormigón. Hace más de 15 años que lo hice y era un problema para la ciudad porque la gente no le gustaba, les parecía un baldío. Decían: “hemos pagado por esto y vivimos en una ciudad donde las cosas nos cuestan mucho”. No había pedagogía para explicar que en realidad era importante un espacio como éste. Ahora sí, se ha explicado y ya está.

Otro proyecto es el del Belvèdere des Lichens, son unas plataformas de madera en un entorno natural desde donde se divisa un paisaje que antes estaba todo cultivado por el hombre. Hoy es un terreno completamente abandonado.

Hemos editado un libro que explica la diversidad del paisaje que se percibe desde el mirador y otro que habla de la diversidad de los líquenes. Esa diversidad es muy importante porque un liquen puede ser un indicador biológico (bioindicador), que permite saber lo que pasa, por ejemplo, con la calidad del aire. Eso es algo vinculado a la cuestión del genio natural, que es lo que explica la diversidad.

En todos sus proyectos el vegetal asume el papel de protagonista principal, aún cuando las plantas utilizadas sean percibidas por el resto de la población como simple maleza. Me vienen a la cabeza proyectos como el de Saint Nazaire o el Jardín de las Ortigas.

El proyecto de Saint Nazaire es un jardín realizado en una antigua base de submarinos en que se construyó al final de la segunda guerra mundial. No se terminó del todo y hay zonas con una cubierta de vigas que dejan huecos y otra donde solo aparecen los muros.

Se dividió el proyecto en tres partes, uno con árboles en las salas de bombas que estaban construidas con unas vigas para que en el caso de bombardeo estallaran en el techo y no dañaran los submarinos que se encontraban debajo.

Las copas de los árboles salen entre las vigas del techo. Es un espacio muy artificial y los árboles se encuentran plantados en contenedores con un sistema de riego por goteo.

En otro de los jardines las plantas empiezan a crecer sobre un suelo de hormigón deteriorado de poco espesor (menos de 10 cm) y hay más de 45 especies diferentes que crecen sin ningún de tipo de ayuda (Jardin des Orpins et des Graminées) y se puede contemplar desde lo alto, pasando por las pasarelas. Es un jardín que no precisa casi mantenimiento y es un parque público hoy.

El último jardín es un lugar en el que no hemos hecho nada, que se llama el Jardín de las Etiquetas (Jardin des Étiquettes). El objetivo principal es la observación que llevamos a cabo con los estudiantes, de las plantas que vienen por sí solas a instalarse en este jardín y les ponemos su nombre en etiquetas. Ahora tiene 2 años. Lo importante para estos estudiantes es entender lo que pasa, cuáles son esas plantas pioneras. No existe el concepto de “malas hierbas”, hay plantas y ya está, y cada una de ellas sirve para preparar el terreno a las que van a venir a continuación. Nos sirve para comprender las dinámicas de fabricación de paisajes.

El Jardín de las Ortigas surge por mi interés en el uso de ciertas plantas que pertenecen al Bien Común. Por ejemplo, la ortiga. Las ortigas se convirtieron en un problema político en Francia donde se prohibió la venta del purín obtenido de esta planta, que determinadas personas comercializaban. El proyecto buscaba recuperar la idea de Bien Común. Por tanto el jardín de las ortigas fue el primer jardín político. Se trataba de reivindicar que las ortigas existen. Debido a la presión de las multinacionales, el purín de esta planta se encuentra en la lista de productos prohibidos por Europa. Nosotros tenemos un mercado, y damos una botellita a cada uno de los visitantes, como actitud de no aceptación, de no renunciar al Bien Común por una ley injusta. Y hemos hecho un muestrario de las diferentes especies de ortigas existentes en el mundo, para enseñar a la gente.

Con todo lo expuesto nos demuestra que es usted un gran observador de la naturaleza y que intenta descubrir sus claves y procesos para trabajar con ellos y potenciarlos en sus proyectos.

No solo soy yo. Además de aprovechar la energía de la naturaleza, ahora los laboratorios y los ingenieros están interesados en entender lo que pasa entre plantas y animales, entre plantas y plantas, entre los animales y nosotros, y qué tipo de comunicación existe entre todos ellos. Con seguridad, existe comunicación entre las plantas, aunque no la conozcamos bien. Por ejemplo, existen plantas que crean una superficie a su alrededor en la que no crece ninguna gramínea. Es porque la planta genera un veneno que impide el desarrollo en su entorno de otras especies.

Nosotros, que estamos continuamente queriendo eliminar la maleza, ¿podríamos utilizar esto? No lo hemos pensado. No habíamos imaginado que se pudiera emplear este recurso. Ahora en el INRA (Institut National de Recherche Agronomique) están empezando a trabajar sobre estos temas. Hasta ahora habíamos ido contra la naturaleza. A partir de ahora podemos empezar a ir con la naturaleza.

También se ha observado que existe una curiosa relación que se establece entre algunas especies de árboles. Si vemos las ramas de dos árboles vistas desde el suelo, éstas no se superponen, se respetan, y hay luz entre ellas. Los científicos han estudiado este fenómeno y lo han denominado la “fisura de timidez”. Hay una discusión sobre qué es lo que pasa, hay algo que ocurre entre las dos ramas, entre las hojas, pero no se sabe exactamente el qué. Hay muchas comunicaciones que no se ven. No sabemos nada. Hay que estudiarlo mucho más, para que se pueda imaginar una manera de hacer el jardín con y no contra la naturaleza. Porque es muy costoso y peligroso ir “contra”. Es completamente diferente ir “con” la naturaleza. Además, es gratis.

Tenemos que empezar a poner el alma en el genio natural, a pesar de que con nuestra actitud tengamos que enfrentarnos a aquellos que se oponen a ello por meras cuestiones de beneficio económico.

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