Industrialización VS Sostenibilidad

Es aún moneda corriente seguir considerando que uno de los principales males que aquejan al sector de la construcción es el bajo nivel de industrialización que presenta. Cómo, comparada con otros sectores productivos, la construcción de edificios se encuentra alejada de la productividad propia del modelo industrial, dependiendo aún en desmesura de la mano de obra y de procesos constructivos y materiales con bajo valor añadido y tecnológicamente atrasados.

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La necesidad de industrializar el sector es una exigencia repetida y constante como el camino seguro para conseguir niveles de calidad y de eficiencia comparables a los que asumen sectores –como el automovilístico o el de electrodomésticos– que siempre son de referencia. Un sector industrializado nos permitiría disponer del exigible equilibrio entre costes, plazos y calidades que reclama nuestra sociedad industrial.

La industrialización del sector de la construcción se ha presentado también como la receta que puede permitir hacer frente al reto de la sostenibilidad al que, pretendidamente, sólo la eficiencia de la industria puede dar respuesta. Una vieja aspiración –la industrialización del sector– se presenta así unida a una nueva exigencia social –la sostenibilidad– en una ecuación que debe servir para seguir apoyando su necesaria modernización.

La cuestión merece aprovecharse como excusa para abordar una reflexión sobre la relación entre industrialización y sostenibilidad y que, quizá, podamos encontrar al intentar una adecuada definición de ambos conceptos que supere las generalizaciones y obviedades sobre ellos con las que generalmente operamos. Ese es el objetivo de este artículo, con la intención declarada de generar un debate sobre ambos conceptos y su relación.

Industrialización

Los arquitectos exigimos desde siempre la industrialización del sector y colaboramos a ella a poco que el resto de los agentes se confabulen para tratar de introducirla. De hecho, el cambio tecnológico, la introducción de nuevos materiales con nuevas prestaciones y de nuevos procesos constructivos, es reconocido como una de las claves en el progreso de la arquitectura, en la definición de uno de los limitantes de las soluciones arquitectónicas cuya evolución genera la aparición de nuevas posibilidades, de nuevas formas, de nuevas maneras de afrontar y solucionar los problemas del habitar.

Porque somos hijos de un movimiento moderno que basó –o al menos trató de justificar– su revolución conceptual y formal en entender que la arquitectura debía resolver los problemas de la nueva sociedad industrial, y de hacerlo con los nuevos recursos que ésta ofrecía, con las formas nacidas del uso de los nuevos materiales, de los nuevos procesos, para diseñar el hábitat del nuevo hombre industrial. El acero, el vidrio, el hormigón armado, las telas impermeables, permitieron plantear la construcción de la nueva arquitectura y explorar el campo de sus posibilidades formales liberados de las trabas propias de los sistemas técnicos pre-industriales.

No obstante, y a pesar de las numerosas ocasiones en las que se produjo la necesaria conjunción de voluntades para lanzar propuestas perfectamente pertrechadas de recursos para alcanzar éxitos cuando menos parciales, la industrialización resultó descabalgada siempre por costes o –aún peor– por la producción de monstruos como la prefabricación de los años 60 y 70 del pasado siglo. ¿Por qué sucede?

¿Por qué no se han encontrado las vías hacia el éxito tras tantos intentos?

El discurso de la necesidad de industrialización se sobreentiende siempre que se produce en el ámbito de lo técnico, en encontrar la fórmula de organización adecuada con los elementos técnicos y de gestión precisos para producir los edificios de forma industrializada. Y que, cuando se halle, presentará la suficiente competitividad frente a las formas de producción habituales como para iniciar su sustitución como proceso productivo estándar de la arquitectura. De ahí la incesante búsqueda de nuevos prototipos, nuevas técnicas, nuevos procesos, nuevos modelos de gestión que, finalmente, han de permitir descubrir la panacea para abrir el sector a la industrialización.

Pero esa incesante búsqueda es en vano: las claves de la industrialización no están en lo técnico ni en la organización de los procesos de gestión de la producción. Lo técnico y la gestión forman parte de la ecuación, pero son factores dependientes de lo que realmente desencadena el fenómeno de la industrialización. Y para entenderlo, lo primero que cabría preguntarse –y no es una pregunta obvia– es qué es industrialización. Naturalmente, la prefabricación de los componentes de un edificio y su montaje en obra, el uso de maquinaria y de tecnologías sofisticadas en los procesos de obra, son ejemplos usados habitualmente para identificar la industrialización de la edificación pero ya sabemos que son imágenes y no respuestas a lo que es la industrialización del sector.

Entendemos habitualmente por industrializar el adoptar los procesos productivos propios de la industria, lo cual no es sino una obviedad. Cuando inquirimos qué es lo propio del proceso productivo de la industria se responde que la producción en serie, estandarizada, –lo que no es sino lo característico de su resultado y no del proceso– o que está organizada sobre bases científicas y apoyada en procesos técnicos mecanizados. Todos esos rasgos son trazas de los procesos industriales avanzados, pero no nos muestran su auténtica naturaleza ni nos permiten distinguir lo que es industrialización de aquello que no lo es, puesto que esos rasgos no siempre son condición ‘sine qua non’ de un proceso industrial ni describe la auténtica raíz que lo sustenta.

Lo característico de un proceso industrial, aquello que define su naturaleza, es que se trata de procesos productivos en los cuales ningún elemento del capital implicado en él permanece inactivo durante su desarrollo. Eso es, que todos los instrumentos, máquinas, infraestructuras, etc., que ha sido preciso fabricar, componer, ordenar y tener disponibles para efectuar las transformaciones propias del proceso productivo sobre las materias primas hasta transformarlas en los productos finales objeto del proceso, se encuentran ejerciendo su función en cualquier momento en el que el proceso productivo está en marcha.

Para explicar mejor el concepto y entender su diferencia con los procesos productivos artesanales, usaremos el mismo ejemplo que utilizó el economista norteamericano de origen rumano Nicholas Georgescu-Roegen en 19711 para definirlo en los términos que este artículo lo hace.

Imaginemos el taller tradicional de un carpintero. En él encontraremos los utensilios propios del oficio que le permiten transformar los tablones de madera que entran en su taller en las mesas, sillas, banquetas y otros muebles que salen de él. El banco, la sierra, la garlopa, el martillo, quizá el torno, y una serie limitada y concreta de instrumentos están disponibles para ser aplicados por el artesano en la creación de los muebles que produce. Si suponemos que en una jornada laboral el carpintero produce una mesa, a lo largo de ese período de tiempo el carpintero serrará los tablones, los perfilará, torneará quizás las patas, creará los encajes, montará y encolará y clavará las piezas e, incluso, es posible que lije y barnice las superficies finales.

El proceso de producción se caracteriza por el encadenamiento ordenado de una serie de operaciones sobre la materia prima –progresivamente transformada– hasta alcanzar el resultado final. En cada una de esas operaciones el carpintero usará uno o varios instrumentos concretos de los que dispone en su taller –que están ahí justamente para intervenir en la fase apropiada del proceso– pero mientras realiza cada operación, el resto de los instrumentos que no participan en ella se encuentran inactivos, colgados de la pared o en los cajones del banco. En realidad, durante la mayor parte del tiempo, los elementos del capital que configuran el taller del carpintero se encuentran inactivos. Incluso el capital que supone el propio conocimiento operativo del carpintero, que ha costado tiempo y esfuerzo –y a menudo dinero– adquirir, está inactivo la mayor parte del tiempo por cuanto sólo activa el conocimiento preciso para la actividad que está realizando en cada momento, estando ‘dormido’ el resto de saberes operativos que posee.

Supongamos ahora que un aumento de la demanda del mercado pone a nuestro carpintero en la tesitura de producir dos mesas al día en lugar de una.

Una opción es abrir un segundo taller con un segundo carpintero que produzca una segunda mesa diaria: iniciar un nuevo proceso en paralelo. Pero hay otra que consiste en integrar a un segundo operario en el taller y dividirse las operaciones de fabricación de la mesa de forma que éstas se produzcan en serie. Obviamente, la ventaja de esa segunda opción es que la inversión de capital necesario es mucho menor –quizá ninguna– y la productividad por unidad de capital invertido mucho mayor que en la otra opción, e incluso que en la situación anterior de producción de una mesa diaria. Además, el conocimiento operativo de los dos carpinteros puede ser complementario y, por tanto, requerir menos inversión en aprendizaje y más rendimiento también del capital formativo de los operarios.

Si sigue aumentando la demanda y la producción se ordena de la forma adecuada dando a cada operario la fracción pertinente de producción, llegará un momento en que todo el capital –en forma de herramientas e incluso de conocimientos– estará en funcionamiento en todo momento. Naturalmente, ello puede implicar la existencia de proporciones distintas de instrumentos a las existentes en el taller original –número relativo de garlopas, sierras o bancos, pero también de torneros o barnizadores– pero finalmente un nivel adecuado de demanda hará que no exista capital inactivo en ningún momento y que la productividad de cada unidad de capital sea máxima. El proceso, aun siendo manufacturero, estará industrializado y los beneficios de la división del trabajo preconizados por Adam Smith se estarán adquiriendo a cada nuevo paso dado en ese camino.

Obviamente, durante el tiempo en que el incremento de la demanda se ha producido, los procesos productivos se habrán ido ajustando, desagregándose de forma que los ‘tiempos muertos’ de los operarios y del capital sean los mínimos posibles y, con ello, incidiendo sobre la velocidad y ritmo de esos procesos, como en un ballet cuya complejidad podemos todos imaginar. Y ese ajuste es un motor de cambio técnico: redefinir los procesos, subdividirlos, ajustar sus tiempos a los ritmos de los procesos productivos más rígidos de la cadena para obtener el máximo aprovechamiento del capital es el motor del cambio técnico.

La industrialización es un proceso, no una meta. Consiste en obtener la máxima productividad de cada unidad de capital introducida en el proceso. Se inicia desde la artesanía, se alcanza –y es un horizonte irrenunciable– cuando todo el capital está activo siempre que el proceso productivo está en marcha, y continúa excitando el cambio tecnológico para obtener nuevas configuraciones de producción más eficientes en el uso del capital o abordar nuevos incrementos de demanda.

Así, la industrialización es un proceso de raíz económica. Generado por el aumento de la demanda y conducido por un criterio de optimización del capital invertido. El cambio técnico es una exigencia generada por ese proceso, no es genéricamente su activador: es una consecuencia y no una causa. La técnica es básicamente un recurso, una fuente de posibilidades de organización de la producción que se activa para encontrar la función de producción óptima para obtener más rendimiento del capital.

Por mucho que queramos industrializar la producción de mesas, nunca tendrá sentido hacerlo –y por tanto no se hará– si no hay la demanda de mesas suficiente que genere el proceso de industrialización: será económicamente ineficiente organizar una fábrica automatizada para producir dos mesas diarias cuando el taller de nuestro carpintero lo consigue con una inversión muy inferior. El proceso de la industrialización es hijo de la demanda, nunca de la capacidad o de la voluntad técnica.

Es más, es hijo de una demanda estable. Un sector con fuertes altibajos de demanda, sometido a ciclos de gran amplitud respecto a su valor medio, hace imposible –por falta de rentabilidad– la inversión de capital que correspondería a ese valor medio. La demanda de dos mesas hoy y una mesa mañana –y quizá de tres pasado mañana– no va a industrializar el taller de nuestro carpintero sino a generar un problema de mano de obra en perenne condición de lamentable inseguridad laboral.

Es por ello que nuestro sector productivo, el de la construcción, no ha alcanzado estadios de industrialización avanzados. Ligado a los vaivenes especulativos que permite en nuestro país la producción de suelo edificable, el sector responde al variable nivel de la demanda con la maximización de la inversión de capital posible. Y es bien cierto que lo hace, aunque nuestra manera de mirar no nos permita a menudo reconocerlo con la claridad meridiana con la que se nos manifiesta.

El mismo prurito técnico que nos hace lamentar la ausencia de una construcción industrializada, nos ataca cuando contemplamos la difusión y pervivencia de sistemas constructivos ineficientes para resolver nuestros edificios. El forjado reticular o la losa maciza es un ejemplo claro del uso generalizado de un elemento técnico de una eficiencia deplorable en la resolución de los techos de nuestros edificios, por cuanto trabaja sobre todo para soportar su propio peso, ya que la configuración geométrica de sus materiales y la disposición de su masa está muy lejos de optimizar su capacidad portante. Pero su ventaja es otra y no responde a su eficiencia estructural.

Antes de la crisis, en nuestro país prácticamente cualquier edificio se resolvía con forjados reticulares o losa, ya fuese un edificio de grandes dimensiones o un conjunto de viviendas unifamiliares en hilera. Ya tuviese luces considerables o considerablemente reducidas, con perímetros compactos y luces equilibradas o con perímetros complejos y de luces irregulares y llenas de bordes trabajando a torsión. Cualquier obra se podía –se puede– encontrar resuelta con este tipo de techo.

¿Por qué eso es así? ¿Por qué siempre ese sistema es el más económico a pesar de su ineficiencia, como lo son otros sistemas tan o más ineficientes para resolver otros elementos constructivos? Cuando pensamos en industrialización, nuestra mente imagina el proceso de construcción de un edificio como el objetivo de esa industrialización –lo que es obvio– y lo busca observando ese proceso, tratando de encontrar la eficiencia a lo largo de él. Pero con ello confunde la dirección de la mirada.

Todos los que hemos tenido una relación con la obra sabemos que ésta se organiza, en realidad, como una multipropiedad, eso es, que a lo largo del proceso de construcción del edificio –y siempre bajo la mirada del contratista principal– éste va siendo ocupado por diferentes subcontratistas que, uno tras otro, se van relevando en la propiedad de la obra: excavación, cimentaciones, estructuras, cerramientos exteriores, cerramientos interiores, los diferentes ramos de instalaciones y, finalmente, los diferentes acabados en su orden natural de techo a suelo (o no; pero esa es otra discusión).

El negocio consiste en que cada industrial –así son denominados a menudo los subcontratistas– da su precio y plazos en función de unas condiciones de salida de la obra –o sea de calidades aportadas– y de unas condiciones de entrada –calidades previas que debe tener la obra ya realizada– que tiene que perseguir y garantizar el contratista general. La obra no es pues un proceso productivo continuado, sino el engarce de numerosos procesos productivos organizados independientemente unos de otros como tales –buena parte del secreto del éxito es que no coincidan jamás dos industriales al mismo tiempo en la misma obra– que sólo conectan en unas condiciones de entrada y salida de cuyo rigor depende en buena medida la calidad del proceso y su rentabilidad.

Y es en la línea de cada uno de esos procesos productivos donde debemos buscar la lógica de los sistemas constructivos obtenidos de ellos, y no en una eficiencia técnica que sólo está limitada por las condiciones de salida, por la calidad de servicio exigida por el contratista a instancias del promotor, del arquitecto o de la normativa. Visto desde ahí, desde la lógica de un industrial estructurista que debe tener todo su capital y su gente en funcionamiento en todo momento, es cuando el forjado reticular o la losa resulta óptimo: se adapta a cualquier geometría, su potencia le sirve para resolver cualquier luz adaptando sólo el canto –lo que obliga a poca variedad de utillaje y conocimientos, o sea de capital– y permite simplificar las tareas esenciales a tres: encofrar con un tablero siempre plano, disponer entrevigados y armaduras prefabricados, y hormigonar: sólo tres equipos de especialistas que mantener en continua acción y que se mueven con el mismo capital y –eso es importante– actuando en diferentes obras: resolver todos los techos con el mismo sistema permite acrecentar la demanda e incrementar al máximo la rentabilidad del capital.

Lo mismo podemos decir del subcontratista de la excavación y entender la generalización de la maquinaria en esa fase de la obra, o la lógica de los sistemas que aseguran la independencia entre subcontratistas en la obra –como mostró la larga supervivencia de la regata en el tabique cerámico para evitar la convivencia del instalador con el albañil– así como leer la evolución de las técnicas usadas en cada uno de los procesos productivos de cada rama de industriales.

La homogeneización de las tareas en diferentes obras y la independencia del resto de los industriales es lo que permite definir la demanda a la que atiende cada subcontratista y donde se encuentra la capitalización del sector: seguir a un subcontratista saltando de obra en obra realizando siempre las mismas operaciones en cada una de ellas –y usando el capital ajustado a la demanda conjunta que suponen– dará la visión productiva adecuada de nuestro sector, no la secuencia de operaciones de distintos industriales dentro de una misma obra. Esa es la dirección en la que debemos leer su industrialización, lectura que está pendiente de un estudio razonado que aporte de una vez por todas la visión adecuada sobre la cuestión.

Lógicamente, el proceso de industrialización tiene sentido en un sistema productivo organizado por el capital, cuyo objetivo –como nos recuerdan los economistas políticos clásicos– es reproducirse a la mayor velocidad posible, para lo cual precisa de obtener la máxima rentabilidad en la producción de mercancías. En un modelo social organizado con otras prioridades –por ejemplo el reparto del trabajo, propio de las sociedades campesinas– la industrialización como proceso no tiene sentido. La industrialización como proceso es un instrumento válido sólo en un determinado modelo social.

Esta última observación parece incongruente con los aumentos de productividad del trabajo que implica el uso del capital, que parecen concederle a la industrialización el derecho a considerarse una herramienta autónoma, universal, beneficiosa por ella misma. Veremos como esa mayor productividad del trabajo, a partir de cierto punto no es a cambio de nada, no es gratuita. Descubriremos lo que la introducción de maquinaria –una vieja discusión de la economía clásica– supone para conseguir ese aumento de productividad y a lo que, aún hoy, tendemos mayoritariamente a permanecer ciegos.

Veremos como el control del coste, de la calidad y de los plazos –el objetivo que se halla tras el clamor por la introducción de la industrialización en la producción de edificios– requiere un ejercicio de consideración de costes, de percepción del tiempo y de definición de calidad muy restrictivos y, finalmente, socialmente inaceptables en cuanto se hacen evidentes esas restricciones.

Y es que la industrialización, como proceso, sólo puede producirse y mantenerse mediante un aumento continuado de la demanda. Y responder a ese aumento continuado de la demanda exige unas características del entorno que deben ser contrastadas con la exigencia de sostenibilidad. Una exigencia muy actual cuyo surgimiento, como veremos, no es ajeno al proceso de industrialización y a su globalización.

Sostenibilidad

El crecimiento continuado de la demanda que exige el proceso de industrialización –gobernado por la necesidad de reproducción del capital como el factor que controla el proceso productivo– precisa de una base material que lo subvencione, que lo haga posible, que lo mantenga.

Las sociedades pre-industriales eran sociedades orgánicas, eso es, que obtenían sus recursos mayoritariamente mediante la gestión del medio biosférico. La biosfera es capaz de transformar la energía solar en materiales que aportan utilidad para satisfacer las necesidades del hombre, como por ejemplo la madera y otras fibras vegetales de las cuales es posible obtener desde energía hasta materiales para usos muy diversos.

De hecho, cualquier cultura tradicional puede ser entendida como la transformación del medio orgánico circundante para obtener una productividad en materiales organizados –en utilidades– que permiten la reproducción de la sociedad que lo gestiona. La complejidad técnica de esa transformación y sus múltiples expresiones locales, así como del tejido social que las mantiene, es enorme y configura el inabarcable patrimonio tradicional de la Humanidad.

Pero la productividad social de la biosfera está determinada por tres factores limitantes. En primer lugar por la capacidad de la cultura explotadora del medio en el reconocimiento de la extracción de utilidad de los recursos ofrecidos por la biosfera: tanto más pobre es una cultura cuanto menos reconoce la gama de recursos ofrecida por el medio y mayor necesidad tiene de alterarlo –a base de trabajo– para producir aquéllos materiales sobre los cuales es capaz de reconocer utilidades socialmente aprovechables. Pero, en segundo lugar –y aunque la cultura fuese capaz de extraer el máximo partido de la productividad biosférica– ésta está limitada por su capacidad de aprovechar la luz solar y otras fuentes energéticas disponibles para conformar esos materiales: la evolución ha dado lugar a una enorme sofisticación en el aprovechamiento de los recursos locales, pero aún así su rendimiento es limitado.

Y, en tercer y definitivo lugar, porque la cantidad de radiación solar incidente sobre la biosfera –la fuente energética determinante– es asimismo limitada. Esos tres factores limitantes determinan la productividad de las sociedades tradicionales y, con ella, las posibilidades de industrializar sus procesos productivos.

Al ser la industrialización el resultado de un incremento de la demanda en un proceso productivo gobernado por el capital, la imposibilidad de un crecimiento continuado de la demanda por falta de base material del medio para responder a ella –como es el caso de las sociedades orgánicas– limita tanto la reproducción del capital como su natural desarrollo en forma de una industrialización continua. Como el mismo Adam Smith reconocía, cuando todas las tierras disponibles estaban trabajadas con la mejor técnica disponible, cuando todas las posibilidades comerciales y de intercambio con el exterior –una forma de maximizar la producción biosférica– se habían explotado, una región o nación ya no podía esperar una expansión de su capital ni una mejora de su productividad.

Una sociedad de base orgánica puede asumir un nivel de industrialización –entendido como la completa actividad del capital en el proceso productivo– muy elevado en algunas producciones concretas, aunque muy probablemente con formas de capital reducidas, pero no puede soportar la industrialización entendida como proceso –como continuada mejora de la productividad del capital– debido a la limitación en la gestión del medio orgánico para producir los recursos precisos para sostenerla.

La industrialización tuvo que esperar a que fuese posible transformar la energía contenida en los combustibles fósiles en trabajo útil para acceder a una fuente de recursos prácticamente inagotable: el mundo mineral. Naturalmente, el uso de recursos minerales era y es generalizado en las sociedades orgánicas, pero habitualmente lo es en cantidades reducidas y con procesos de transformación muy limitados más allá de la talla de piedras. Aparte de la cantería, la historia de la minería y la transformación de los metales en las sociedades de base orgánica –destinados a una gama productos muy concretos y sofisticados, básicamente armamento y objetos de lujo– es la historia de la deforestación de amplias zonas para obtener el combustible preciso para procesarlos.

Con el uso del carbón fue posible acceder a los enormes depósitos de hierro y de otros minerales, extraerlos y depurarlos para transformarlos en metales con la suficiente ley para proveer utilidades sociales hasta entonces satisfechas con el uso de recursos orgánicos. Incluso se transformó la gestión de la biosfera mediante el uso de fertilizantes obtenidos gracias a la nueva potencia disponible, y se aumentó extraordinariamente la productividad orgánica. Con ello se establecieron las bases necesarias para que el proceso de industrialización avanzase: una fuente de recursos que ya no estaba limitada por la capacidad de captación de la superficie terrestre, la productividad de la biosfera o la capacidad cultural de acceder a ella.

El cambio de una sociedad tradicional de base orgánica a una sociedad industrial de base mineral ha transformado el mundo en un proceso imparable llamado –apropiadamente– revolución industrial, que ha multiplicado paralelamente la población y el consumo per cápita hasta límites inimaginables para las sociedades tradicionales. Pero el cambio técnico que ha generado esta industrialización ahora globalizada se soporta en una transformación del medio cuya real dimensión no ha sido percibida hasta la actualidad.

El sistema técnico orgánico propio de las sociedades tradicionales debía mantener –como condición indispensable para su supervivencia– la productividad biosférica del territorio que explotaba. En cada ciclo productivo, el medio debía recuperar –o incluso, si era posible, aumentar– su capacidad de generar recursos, sin degradarse. Y el problema esencial era el mantenimiento de la fertilidad, lo que obligaba a devolver al suelo los nutrientes que el proceso de producción había extraído de él. De hecho, los residuos del consumo en las sociedades orgánicas deben ser devueltos –de una forma u otra– al medio para que éste sea capaz de renovar –con la ayuda de la energía solar– los recursos.

El funcionamiento mediante ciclos materiales cerrados –más o menos complejos– garantizaba la reproducción del sistema, de forma que la biosfera actuaba como sumidero de residuos –de materiales desorganizados– a partir de los cuales, y con la energía solar, reproducía los recursos –materiales organizados– en un ciclo productivo que debía repetirse indefinidamente. Así, en las sociedades tradicionales de base orgánica, el valor productivo de los residuos era determinante.

En cambio, en la sociedad industrial de base mineral la obtención de los recursos es absolutamente independiente de los residuos: el residuo no tiene ninguna función positiva sobre la productividad del sistema técnico, con lo que no tienen utilidad alguna ni, por tanto, valor. Los residuos de producción y consumo se convierten así en materiales que deben alejarse lo antes posible del medio productivo y social para evitar las molestias e ineficiencias que su acumulación produce.

Pero todo material que entra como recurso en el proceso productivo industrial acaba convertido en residuo, ya sea de producción o de consumo. Con ello, la industrialización como proceso acaba generando un metabolismo lineal –frente al modelo circular de los sistemas técnicos orgánicos– que la convierte en una máquina de bombear materiales desde la litosfera hacia el resto del planeta.

Así, los residuos gaseosos son expulsados por las chimeneas para ser diseminados por el viento en la atmósfera, los residuos solubles o susceptibles de ser arrastrados por el agua acaban en la hidrosfera y los sólidos se abandonan en la superficie o, en el mejor de los casos, se entierran.

Ese vertido continuado de residuos –consubstancial, pues, al modelo de producción industrial– no hace sino crecer a medida que crece la producción para satisfacer una demanda cuyo crecimiento, a su vez, alimenta el proceso de industrialización. El aumento de la demanda –la industrialización– aumenta el bombeo de recursos y, con él, el bombeo de residuos. Y mientras la litosfera continúa aún aportando los recursos precisos para alimentar la industrialización, hace tiempo que el problema de los residuos se ha ido haciendo evidente y global, hasta mostrarse como algo más importante que un subproducto molesto o un evitable efecto secundario. Una anécdota resulta clarificadora en este sentido, para elevar el problema del residuo al ámbito de categoría en el proceso industrial.

A mediados del siglo diecinueve, un prócer sudamericano se preguntaba atinadamente sobre el origen de la productividad industrial, cuando inquiría cómo era posible que los británicos se quedasen la lana de los rebaños locales –porque la pagaban mejor que nadie en los mercados de origen– se la llevasen a hilar y tejer a Inglaterra y, finalmente, aquí tuviesen que comprar los abrigos de lana británicos –de nuevo en los mercados locales– porque eran indiscutiblemente los más baratos. ¿Dónde está el truco? se preguntaba nuestro hombre.

Cualquier economista puede fácilmente responder a la pregunta argumentando que la mejor oferta británica se basaba en la mayor productividad del obrero británico frente al obrero local, lo que le permitía pagar mejor la lana y absorber los costes de su transporte a Inglaterra y del posterior envío de los abrigos fabricados. Productividad que se apoyaba en la industria británica, una industria basada en la maquinaria frente a la primitiva manufactura local.

Argumentación impecable y que aún hoy forma parte del discurso de la política económica de cualquier ámbito, que hace de la productividad la base de su competitividad, pero que no considera la raíz última de esa productividad. La industria británica obtenía la productividad de sus obreros merced a un sistema productivo avanzado basado en la maquinaria, maquinaria movida por los combustibles fósiles y por tanto –y en última instancia– por el bombeo sistemático de carbono desde la litosfera –en el carbón que alimenta la máquina– hacia la atmósfera –en forma del CO2 producto de la combustión, generando unos daños en forma de cambio climático de los que ahora somos conscientes pero que hace tiempo que se empezaron a producir. Ese bombeo de carbono tiene pues unos costes que no se incluían en el precio de los abrigos británicos, y que alguien ha pagado, está pagando y va a tener que seguir pagando en el futuro.

Esos costes no incluidos en el precio de los productos y que pagan terceros, se llaman externalidades en la jerga económica, y son la base real de la productividad del sistema técnico industrial.

Los daños causados por los residuos emitidos por los procesos industriales son cuantiosos y costosos, y nunca incluidos en los costes. El cambio climático, generado esencialmente por el uso de combustibles fósiles para alimentar los procesos industriales mecanizados de producción y consumo, es el más amenazador y el que va a provocar costes –y cambios sociales– más inmediatos, pero sólo es el primero de una larga serie que incluye la contaminación de las aguas, de los suelos, la destrucción de la biodiversidad, y también –y en un futuro no muy lejano lo valoraremos como la peor pérdida– la destrucción de los sistemas técnicos tradicionales y de su expresión sobre el territorio.

La competitividad del sistema industrial se basa en la destrucción sistemática del medio producida por el consumo de recursos a ritmos no renovables y por la obligada generación de residuos. Esa destrucción no es contabilizada económicamente y, por tanto, no se tiene en consideración en los costes de su producción. Con ello, los productos industriales trascienden pronto las iniciales –y reales– ventajas productivas que pueda suponer el aprovechamiento intensivo del capital, para apoyar su competitividad en la libre contaminación.

Frente a una producción orgánica obligada a recomponer las fuentes de sus recursos, externalizar los costes de esa recomposición supone una ventaja competitiva enorme que permitió –y permite– al sistema industrial imponerse frente a cualquier sistema técnico tradicional, en cualquier campo productivo y en cualquier lugar del planeta. Y la desaparición de los sistemas técnicos tradicionales de base orgánica frente al avance de la industrialización implica tanto el olvido de procesos técnicos sostenibilistas, como de las culturas que los sostienen y de la destrucción del territorio, a menudo transformado por el trabajo de generaciones enteras para aumentar su productividad orgánica.

Los costes reales de los productos industrializados distan mucho, pues, de ser los precios que se expresan en los mercados, y el control de costes que la industrialización aporta se basa en una consideración ventajista de esos costes. Hasta el punto que cabe sospechar que el avance tecnológico –el alabado mecanismo que permite la articulación de nuevas formas de organizar la producción para satisfacer la demanda– quizá en muchas ocasiones no sea sino poco más que un mecanismo generador de nuevas externalidades, aumentando la productividad del sistema a base de hacerlo más y más contaminador.

Industrializar un proceso puede no significar quizá más –a partir de cierto punto– que aumentar sus costes totales a cambio de reducir el coste reconocido y de externalizar el resto, aprovechando el descontrol social sobre esos costes.

Y no sólo el coste, sino que el control de los tiempos de producción que se pretende tener con el imperio de la industrialización está también dopado por la genérica emisión de residuos del proceso de industrialización. El metabolismo lineal propio de la producción industrial abre procesos cuyos resultados tienen efectos a muy largo plazo, tanto en la regeneración de los recursos como en la restauración de los procesos alterados por la emisión de residuos. El tiempo real de los procesos productivos industriales –el que considera todos sus efectos y no sólo el de la generación de sus productos útiles– es enorme y absolutamente fuera de cualquier control. Industrializar un proceso significa aumentar el tiempo de producción de sus efectos, aumentando paralelamente el descontrol sobre ellos.

De hecho, los procesos productivos industriales se entienden selectivamente, por cuanto se reconocen como productos de esos procesos tan sólo los resultados materiales sobre los cuales se asienta alguna utilidad socialmente aprovechable, mientras el resto de efectos no son reconocidos como tales –son ignorados– aún cuando son inherentes al propio proceso industrial y a la generación de sus productos útiles.

Igualmente, la calidad –el tercer elemento determinante cuyo control se pretende obtener con la industrialización– se define a través del reconocimiento como tal de las particularidades del proceso industrial.

Los sistemas productivos de base orgánica están –como los industriales– continuamente tensados por la demanda social de mayores utilidades, de aumentar su capacidad de satisfacer necesidades. Limitados por la capacidad productiva del medio, el aumento de la capacidad productiva de cada recurso obliga a explotar las particulares características que presenta la expresión local de cada uno de ellos, con lo que los sistemas técnicos tradicionales muestran –a muy diferentes escalas– configuraciones técnicas y formas de satisfacer necesidades sociales muy diferentes entre unas culturas y otras, diferencias generadoras de particularidades locales que a menudo son expresión de la misma capacidad adaptativa al medio orgánico que explotan.

La falta de homogeneidad en el planteamiento y la resolución de sus necesidades y en los productos que las satisfacen, la diversidad cultural propia de las sociedades tradicionales, en gran parte no es sino la consecuencia de la eficiencia en el aprovechamiento de unos recursos locales limitados.

En un sistema técnico industrial de base mineral –por el contrario– la homogeneidad en la forma de satisfacer las necesidades de un grupo social cada vez más amplio, no es sino una forma de aumentar la demanda y, con ello, de alimentar el proceso industrial. Aumento espacial de la demanda que se acuerda perfectamente –en el objetivo de mantener su crecimiento– con una disminución temporal basada en la obsolescencia del producto para renovarlo lo más rápidamente.

La calidad –eso es, la consecución de las características precisas demandada al producto final– debe plantearse entonces sobre la satisfacción de una necesidad continuadamente redefinida y aceptada a una escala territorial cada vez mayor.

El proceso de normalización –de definición y homogeneización de la calidad– es el instrumento clave en el proceso de implantación de la calidad industrial puesto que permite definir de forma excluyente las exigencias del mercado y hacerlo en ámbitos geográficos cada vez mayores.

Y un proceso industrial determinado será tanto mejor cuanto más ajuste sus productos a una calidad predeterminada. Este producir para la obtención de un ajuste a las necesidades que tiene que presentar el producto final –esa eficacia– se transforma en eficiencia cuando se justifica en el marco competitivo del mercado, que selecciona a los que producen esa calidad con el mínimo coste. Un coste que –ya sabemos– está ‘dopado’ por las externalidades del proceso industrial.

Una de las ‘virtudes’ reconocidas del sistema de producción industrial es su capacidad de innovación, eso es, de mejorar continuadamente las prestaciones de sus productos, de aumentar su calidad. Un aumento continuado de la calidad que, apoyado por una lectura socialmente positiva que la identifica con el progreso, se basa habitualmente en el aumento del consumo de recursos y generación de residuos para producirlo. Un aumento continuado de la calidad que ha sido usado habitualmente como sistema para eliminar la competencia de los sistemas productivos tradicionales o de los sistemas productivos industriales más antiguos, mediante el continuado aumento de prestaciones de los productos –a menudo prestaciones funcionalmente no objetivas, como sucede con la moda– lo que profundiza la demanda al hacer obsoletos los productos que satisfacen las antiguas calidades, alimentando así el proceso industrial.

Así, más allá de la ya comentada ocultación de los costes del proceso industrial, la eficiencia considerada implícita en la calidad industrial está también adulterada por entenderse la calidad como un elemento dinámico, en continua redefinición, y –con ello– consumidor compulsivo de recursos.

El ejemplo de los materiales tradicionales –preindustriales– de construcción es, en este sentido, determinante: los que han conseguido sobrevivir –la cerámica o la madera, por ejemplo– lo han hecho mediante procesos de homogeneización de sus calidades que se han basado, generalmente, en el uso de más recursos y la generación de más residuos para obtenerlas. Y los que no han sobrevivido –como la tierra– ha sido en definitiva por su incapacidad de sufrir un proceso de homogeneización industrial. La globalización suma mercados a través de la homogeneización, y las normas de calidad y estándares industriales deben interpretarse como los instrumentos de esa homogeneización.

El concepto de calidad industrial –homogeneizador y cambiante– no es sino un instrumento de la expansión de su modelo productivo, y radicalmente ineficiente a causa de la generación de obsolescencia y a su soporte en una contabilidad de costes que no considera los productos del proceso que no aportan utilidad.

 

Conclusión

El control de costes, tiempo y calidad que pretendemos para el sector no va a ser provisto por la industrialización, a menos que sigamos cerrando los ojos y aceptando los costes, plazos y calidad que genera el principal producto del modelo industrial: la afectación al medio ocasionada por sus residuos.

La demanda de sostenibilidad nos exige, en realidad, el replanteamiento de ese coste, plazo y calidad aportados por el modelo productivo industrial. El replanteamiento hacia un sistema técnico que no externalice sus costes, que tenga control de los tiempos de todos los procesos que desencadena, y que se soporte sobre una visión de la calidad que considere la eficiencia en el uso de recursos con vistas a su disponibilidad futura y, en consecuencia, al mantenimiento de la calidad del medio.

Dado que el sistema técnico industrial no reconoce –en su propia dinámica productiva– la necesidad de evitar la generación sistemática de residuos y la degradación del medio que eso conlleva, es preciso establecer una limitación social a esa lacra en tanto la contaminación se ha acabado convirtiendo en el eje principal que soporta sus ventajas. Y esa limitación social debe establecerse también sobre el sector de la edificación, entendido como el productor y mantenedor de la satisfacción de la necesidad social de habitabilidad. El sector de la edificación debe ser progresivamente limitado en su capacidad de generar residuos para proveer la habitabilidad socialmente necesaria.

Identificar, hacer públicos y reducir progresiva y sistemáticamente los impactos ambientales generados por los procesos técnicos implicados en la producción y mantenimiento de la habitabilidad socialmente necesaria, es la actividad que debe preocuparnos desde todos los estamentos implicados en el sector –empresas, profesionales, administración, investigadores, etc.– como el principal reto orientador de la evolución de su futuro.

En un entorno como el europeo, en el que –entre otras– ya están establecidas limitaciones a las emisiones de gases de efecto invernadero y se están cerrando las opciones para el uso indiscriminado del agua como vector de alejamiento y dispersión de residuos, el auténtico reto del sector es definir su competitividad en el marco de unas restricciones sistemáticas y progresivas a la contaminación.

Un reto que debe reconsiderar la misma definición de habitabilidad desde unas calidades que deben estar calibradas con los recursos y los impactos ambientales necesarios para proveerlas y, por tanto, reconsiderar con ellas toda la estructura de finalidades del sector, las normativas, las prescripciones técnicas, la formación de los técnicos, etc.

La sostenibilidad es un reto tan inmenso y decisivo como insoslayable. Un reto socialmente transformador con una componente técnica –cerrar los ciclos materiales en los procesos técnicos de obtención de satisfacción de las necesidades sociales– que está en la raíz del problema. De un reto abordado aún con instrumentos –conceptuales, operativos– de un pasado que se debe superar, por lo que cada uno de ellos debe ser evaluado y replanteado.

Como, por ejemplo, nuestro tradicional apoyo a la industrialización de la edificación. El inconsciente, perenne y –peor aún– innecesario clamor por la industrialización del sector con el que iniciábamos este texto, que no va desgraciadamente en la línea de la sostenibilidad sino –como se ha tratado de demostrar– justamente en el camino inverso. Los arquitectos debemos finalmente desvelarnos de esa ceguera –y de muchas otras– y entender cuáles son los verdaderos retos a los que debemos enfrentarnos.

A lbert Cuchí arquitecto (ETSAB, 1983) y profesor titular de universidad del Departamento de Construcciones Arquitectónicas I en la Escuela de Arquitectura del Vallès de la Universidad Politécnica de Cataluña UPC, se dirige a la investigación en las relaciones entre la arquitectura y la exigencia de sostenibilidad, tanto en la generación de esta nueva visión sobre el campo de trabajo del arquitecto como en la generación de instrumentos que permitan aplicarla. Es coordinador del Máster Universitario de Intervención Sostenible en el Medio Construido de la UPC, y es profesor en el Máster Universitario Arquitectura, Energía y Medio Ambiente, así como en el Máster Universitario en Ciencias y Tecnología de la Sostenibilidad, ambos de la UPC. Es miembro de la agrupación ‘Arquitectura i Sostenibilitat’ del Colegio de Arquitectos de Cataluña, y miembro fundador de GBC España (Capítulol español del World Green Building Council), y también del Grupo de Trabajo para la Rehabilitación GTR.

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