#3 Enigmas de la Innovación

¿Qué hay de nuevo? ¿Qué es lo realmente innovador y lo que no lo es tanto? ¿Cómo apostar por la innovación sin excederse, sin pensar en lo nuevo por lo nuevo? ¿Cómo acudir a la tradición sin caer en posturas historicistas o, simplemente, reaccionarias?

Que todo el mundo apueste por la innovación no es ninguna novedad. Desde las empresas a las universidades, pasando por el mundo de la medicina, de la tecnología, de las finanzas, de la gastronomía, de la moda, de la arquitectura, del urbanismo…,  desde todas las especialidades y disciplinas se reclama hoy la innovación casi como única salida posible para nuestras sociedades, economías y culturas en proceso de cambio acelerado.

Como otros muchos conceptos, el de la innovación se ha ido banalizando progresivamente, a la vez que la necesidad de innovar raramente se cuestiona. ¿Innovar por innovar? La cuestión no es reconocer, de nuevo, la necesidad de la innovación, sino para qué, cómo, con qué coste, con  qué alcance. Se supone que la innovación siempre es beneficiosa. Sin embargo, algunos dudan de los efectos de ciertas formas de innovación, de sus métodos de difusión, de la su adopción más o menos literal en contextos diferentes.

Si atendemos al mundo financiero de las finanzas, mejor, no son pocos los que cuestionan algunas de las innovaciones que protagonizan los movimientos del capitalismo internacional. Por ejemplo Joseph E. Stigliz, cuando se refiere a las nefastas innovaciones introducidas por el sector justo antes del colapso de Lehman Brothers: “Las instituciones financieras habían atraído a las mejores y más brillantes mentes del mundo, por lo que no se habría esperado nada menos. Pero se hizo evidente que la mayor parte de dicha innovación implicaba idear mejores formas para estafar a los demás, manipular a los mercados sin ser descubierto y explotar el poder de mercado”. La contribución social neta de toda esta "innovación" fue negativa. Sin embargo, parece evidente que otro tipo de innovaciones pueden calificarse indudablemente de como avances: progresos tecnológicos, médicos, o de otro tipo, que producen una efectiva mejora de la calidad de vida generalizada.

A pesar de las dificultades para establecer analogías entre el mundo de la economía y el de la arquitectura o el urbanismo, parece indiscutible que también en nuestro campo se plantean cuestiones análogas. Así, frente a lecturas historiográficas de corte estructuralista o, en el otro polo, centradas en la aportación de los mejores arquitectos y expertos, también existen otras que tratan de analizar y cuestionar los planteamientos innovadores en determinados momentos históricos, junto a sus consecuencias, sus costes y sus beneficios.

En sus fundamentales revisiones historiográficas, Kenneth Frampton ha destacado las aportaciones funcionales, tecnológicas y formales del Movimiento Moderno. Pero también resulta crítico con el mismo cuando apunta a la excesiva fascinación por la tecnología, como cuando se refiere al impacto enorme y poco controlado del automóvil en la configuración y el paisaje urbano de nuestras ciudades. Y también cuando reconoce que la lectura de los historiadores ha sido "imperialista y eurocéntrica", mientras en la otra mitad del mundo la introducción de determinados elementos innovadores se ha producido y sigue haciéndolo con formas diferentes. Lo cual no significa que algunas de esas arquitecturas y formas urbanas no puedan ser modélicas, y más aun precisamente en un momento de crisis de determinados modelos occidentales.

En Absorbing Modernity: 1914-2014, Rem Koolhaas reflexiona sobre las respuestas de cada país a las “fuerzas de la modernidad” durante los últimos cien años. También aquí proclama su distanciamiento frente al protagonismo de los arquitectos de renombre, situando en el centro del debate la cultura de la construcción y la cultura urbanística. En la reinterpretación del urbanismo moderno, “frente a las grandes narrativas” (de Lewis Mumford a Peter Hall), algunos han apostado también por relatos basados en “pequeñas historias” y por los procesos de innovación y difusión de las ideas que están en la base de estrategias, planes y proyectos urbanos (Stephen Ward). Otros recuerdan que tan peligrosos como los que carecen de visión histórica pueden ser los urbanistas con una visión unilateral de la historia de la ciudad (Michael Hebbert). Lo cual, evidentemente, también puede aplicarse a los arquitectos en relación a la historia de la arquitectura.

Innovación y tradición son palabras clave casi en cualquier disciplina, también en arquitectura y en urbanismo. Una renovada mirada al proyecto moderno debería profundizar tanto en los componentes de eventual vigencia como en los obsoletos. La modernidad arquitectónica y urbanística se basaba en innovaciones radicales relativas a la vivienda y a las formas urbanas. Por ejemplo, la supresión y renuncia a la actualización de la calle con la imposición de las formas abiertas a partir de los años treinta. La pérdida de calidad y la desolación de gran parte del espacio público en de nuestras ciudades no parece únicamente el corolario del declive de la sociabilidad: alguna responsabilidad tendrán aquellas apuestas tan radicales e innovadoras. Por otro lado, la renuncia a la innovación meditada y el refugio en historicismos “a lo Krier” no son probablemente ajenos a la dificultad de encontrar nuevas formas de habitar contemporáneas.

En definitiva, resulta fundamental volver a reconsiderar los beneficios y los costes, los aciertos y los errores, los avances y los excesos de la innovación. Porque, a estas alturas, ya no resultan convincentes los relatos únicos… Sobre todo, los endogámicos, es decir, los que sólo interesan a los arquitectos y a algunos pocos más.

Javier Monclús Fraga

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